Me sorprendió el alud de indignación cuando lo del anuncio de pitada al himno español en la final de la Copa del Rey en un país que suele emplearse a fondo en esta práctica en los partidos internacionales. Hace ya muchos mundiales que éste es un tema comentado en mi casa: ¿por qué una parte importante de la afición española tiene la fea costumbre de silbar mientras suena el himno del adversario?

Esto no ocurre en otros deportes ni ocurre en el extranjero, porque un himno nacional tiene un carácter de representación simbólica que abarca muchas más esferas que la deportiva y muchas más generaciones que la actual. Silbar el himno chino es silbar el himno de los chinos de ahora, de sus padres y de sus abuelos. De los que van al fútbol y de los que cultivan arroz o trabajan en las fábricas. Y si hacen el esfuerzo de sumar a los individuos afectados, verán que es una faltada tridimensional.

Pero no se puede silbar ni al himno de Liechtenstein, aunque represente a cuatro. Creo que para el bien de todos, y ya que queremos despolitizar al máximo el deporte, los mundiales de fútbol deberían descargarse de parafernalia patriótica que no aporta nada al fútbol y solamente enturbia el ambiente. Porque nadie se limita a defender sus colores: siempre hay quien encuentra mejor manera de animar despreciando al adversario, y ahí entramos ya en la agresión nacionalista.

No hay nada más estrictamente futbolero que una competición de clubes, donde los chovinismos nacionales pasan a un tercer plano –salvo en equipos que se arrogan la representación nacional con profusión de banderas rojigualdas, como el Real Madrid.

Yo escribí en este blog que no silbaría el himno español por respeto a todos los españoles que no son como Esperanza Aguirre, que son la mayoría. Y sé que muchos de los que lo hicieron fue en respuesta a la demostración de imperialismo inquisitivo de la presidenta de Madrid. Otros, en protesta por el veto español a la selección nacional catalana. Unos cuantos por rebeldía independentista, y el resto por antiespañolismo. Sentimiento, este último, que en mi opinión perjudica más a quien lo profesa que a la propia España. Pero eso es harina de otro costal.

Esta es la radiografía aproximada de los que silbaron contra España en el Calderón. Pero siempre me pregunto qué motiva a un aficionado de la selección a silbar a un himno extranjero como si fuera el himno de un club de fútbol. No es lo mismo, señores. Al club de fútbol pertenece quien quiere, a una nación quien le toca, sea futbolero o sea vendedor de alfombras viejas.

En la Eurocopa, conténganse y céntrense en aplaudir a su propio himno, quien quiera. Y no proclamen al mundo su ignorancia y falta de respeto, que está España como para ir enseñando las vergüenzas.

 

 

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