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Quien no ha sido capaz de gestionar sus derrotas difícilmente lo hará con sus victorias. Es mucho más exigente la contención verbal y el respeto al rival cuando uno gana que algo tan habitual para un deportista como saber sobreponerse al amargo sabor de la derrota. Perder es algo intrínseco a la práctica deportiva. Ganar es una excepción, y por lo tanto exige más altura de miras.

Es normal la oleada de euforia que arrastra al madridismo estos días. Por las calles de la capital hay personas que caminan sin tocar el suelo y semblantes extasiados que darían envidia a la mismísima Santa Teresa de Jesús. Hay que comprenderlo: vienen de pasar por el túnel más largo y oscuro de la historia del club desde las apolilladas victorias de la quinta de Di Stéfano.

Y curiosamente no ha sido una travesía del desierto por sus pobres resultados. Al contrario. El Real Madrid ha tenido uno de sus equipos más competitivos de las últimas décadas. Pero como la mala del cuento de Blancanieves, cada vez que le preguntaba al espejo quien era la más guapa del reino se llevaba un disgustazo tremendo.

El Madrid ha sido como un niño mimado cuando le nace un hermano pequeño. No es que se haya quedado sin trono. Más bien se ha precipitado desde él al vacío, y no ha tocado fondo hasta que -aparentemente- ha encontrado la fórmula para desactivar el lenguaje Barça.

Imagínense que en los últimos tiempos las secciones de deportes de Televisión Española, Antena 3, Telecinco e incluso -sí, sí, créanme- ¡La Sexta! han llegado a abrir alguna vez con noticias del Barça. Algo impensable hace cinco años, y seguramente incomprensible a los ojos del etnocentrismo autista del madridismo.

El Madrid toma aliento después de llevar durante años el ceñido traje de segundón. Demasiado tiempo para un club y una afición cuya ¿única? razón de existir es la victoria.

Y que no nos hagan comulgar con ruedas de molino: que nos hayan ganado algún partido últimamente no significa que hayan borrado de un plumazo el trabajo de una generación de futbolistas que han escrito -y pueden seguir escribiendo- un capítulo entero de la historia del fútbol.

Que desparramen su triunfalismo mientras puedan. Cuanta más euforia exhiban, más pondrán de manifiesto el peso histórico que ha tenido y tiene la revolución blaugrana.

¿Ahora se queda?

Igual les parezco demasiado puntilloso, pero… ¿es normal que la prensa madridista publique día tras día informaciones contradictorias sobre el futuro de Mourinho en función del último resultado del equipo? Me atrevería a decir que la sensación de “ya sabemos ganar al Barça” pesará más que la Décima en el ánimo de los madridistas cuando se manifiesten a favor o en contra de la continuidad de Mou. Una prueba más de su gregarismo con respecto al Barça.

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