“Metemos riñones, señores, ¡y vamos a llevarla como ella se merece!”. La consigna la lanza al cielo de Málaga uno de los 240 esforzados hombres que llevan a sus hombros el trono de María Santísima de la Amargura Coronada enfocando la calle Mármoles, el tramo final de su recorrido, en la madrugá del Jueves Santo. Las piernas pesan, el hombro escuece y los pies ya ni existen bajo la presión de más de cuatro toneladas de peso.

Lo que sí resiste y crece a cada paso es la coordinación solidaria entre el nutrido grupo de hombres que hará posible, un año más, que La Zamarrilla regrese a su cofradía después de recorrer toda la ciudad, aclamada con emoción por sus conciudadanos.

Después del encierro de la Virgen y del Cristo de los Milagros, a las seis de la madrugada, algunos de los porteadores reponen fuerzas -y líquidos- en el bar El Cofrade, del popular barrio de la Trinidad. El tema, entre cańas de cerveza y bocadillos de manteca colorá, no puede ser otro que el fútbol: “al Málaga le gusta jugar el balón. El día que ganamos al Madrid ni la vieron. Pellegrini nos ha dado victorias. Pero por encima de todo, el tipo de juego que nos hace disfrutar”. Un discurso que reconozco al instante y que me hace pensar que el gusto por el deporte regido por el talento artístico, el esfuerzo creativo y la coordinación solidaria anida en la condición humana, y solo requiere de un reactivo adecuado para poder germinar.

Pellegrini fue el reactivo para el Málaga, Guardiola y Tito para el Barça. Ellos han sabido conjuntar un equipo humano y darles no únicamente una finalidad funcional. No solamente los han adoctrinado con una serie de técnicas y tácticas para llevar el balón al fondo de la portería contraria. Pellegrini, Guardiola y Tito saben dotar al conjunto de un alma colectiva, una especie de ente superior que mejora la suma de las partes, y que a la vez conecta con lo más hondo de la afición. Vencen y convencen. Y de paso conmueven.

Creo que lo que mueve las cuatro toneladas del trono de María Santísima de la Amargura no es la suma de la fuerza de sus 240 porteadores. Cuando los hombres deciden asociarse para un fin, el milagro no es sumar las individualidades. Es comprobar que existe una transfusión de energía de la parte al todo y del todo a la parte capaz de remover y aunar conciencias. Ocurre entre los hombres del trono y en los equipos de fútbol. Al final, como decía el cofrade zamarrillero, se trata de meter riñones y de llevar adelante un proyecto común “como se merece”, no de cualquier manera.

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