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José Mourinho se ha propuesto no defraudarnos hasta que desaparezca por el ‘finger’ que lo trasladará, para siempre, a su deseado exilio dorado en Inglaterra.

Dice que hay gente que le odia. ¡A él, que ha sembrado la paz y la concordia desde que pisó suelo español! Un castizo se lo diría bien clarito y silabeando: habló de putas la tacones.

El entrenador portugués logró una vez más, en la rueda de prensa posterior a la eliminación del Madrid de la Champions, convertir el fracaso de un proyecto profesional colectivo en una cuestión personal, en la ‘vendetta’ de cuatro periodistas desaprensivos contra un ser angelical.

Antes, siempre había el típico periodista avezado que lo interpretaba como una estrategia para quitarles presión a sus hombres. Ahora, visto que el portugués no ha tenido empacho en descargar en sus pupilos la responsabilidad de los malos resultados, se han quedado sin este socorrido argumento.

Vayamos diciendo las cosas por su nombre. A las virtudes que adornan a Don José, hay que sumarles ahora las de ventajista y desagradecido.

Ventajista por su obsesión por arrimar siempre el ascua a su sardina, por extraer petróleo de cualquier situación por adversa que le resulte. ¿Que pierdes la Champions por tercer año consecutivo? Siempre puedes destacar que has llegado a semifinales y que, al no ganar, no has tenido que pagar ni una prima. Espeluznante razonamiento. Es como pedirle a un parado que se alegre por no pagar el IRPF.

¿Y qué me dicen de los desamparados ‘mourinhistas’? Dijo el portugués que él prefiere estar donde le quieran. Menudo disgusto para sus fanáticos seguidores: el líder de la secta de los davidianos, antes de inmolarse, no dedica ni media palabra de agradecimiento a sus abnegados davidianos.

Al menos a los barcelonistas nos dijo que nos llevaría siempre en el corazón. Y así ha sido.

Publicado en El Mundo Deportivo (4-5-2013)

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