En la capital nadie habla de un cambio de ciclo en el Real Madrid. Lógico, algo que no ha empezado difícilmente puede terminar. O dicho de otra manera, incluso si se le apareciese a Mourinho la virgen de Fátima con la camiseta de Juanito y ganasen la Champions, si se marcha en junio no creo que en los libros de historia su paso por el club vaya a quedar inscrito, como se suele decir, con letras de oro.

Si el Barça está dando síntomas de agotamiento físico y mental, lo mismo le ocurre a un Madrid que vive del arrastre prodigioso de Cristiano Ronaldo. El número 7 es el conejito que lleva la pila alcalina, el que sigue dándole al tambor cuando el resto no puede ya ni levantar las orejas.

Cristiano sí será recordado, porque es un jugador portentoso, de los que marcan la personalidad del equipo. ¿Quién recuerda a los entrenadores que tuvo Di Stefano? Por suerte para el Madrid, Mourinho pasará como uno más. Sus tretas de sala de prensa y de aparcamiento y sus agresiones dactilares quedarán pronto en el olvido.

Del cambio de ciclo del que sí se habla en Madrid, y mucho, es el del Barça, incluso tras el aterrizaje forzoso en Dortmund. Yo les doy la razón en parte: en Barcelona hemos vivido durante casi una década un ciclo arrollador, brillante, embriagador, sobre todo en su segunda mitad. Esto es más del doble de un ciclo deportivo de los largos. Y para seguir disfrutando, aunque no sea con la misma intensidad, habrá que tomar decisiones medulares, diga lo que diga Bartomeu.

Lo que ya tenemos seguro es que Pep y sus hombres van a entrar de cabeza en los libros de historia. Pero si no queremos empezar a vivir ya de nuestros laureles, habrá que trabajar para cambiar y afrontar la crisis no como un final sino como una oportunidad para renacer.

Tenemos mucho de qué sentirnos orgullosos. Pero la cuestión es: ¿queremos seguir generando motivos de orgullo, o nos dedicamos desde ahora a la mera autocontemplación?

Publicado en El Mundo Deportivo (27-04-2013)

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