Archivos para el mes de: septiembre, 2013

gonzalez

No hemos puesto suficientemente en valor las recientes palabras de Felipe González en el sentido de que “la independencia de Catalunya es imposible” y su petición que “se deje de galopar hacia un imposible para evitar una fractura económica y social de la que nos costará recuperarnos más de cuarenta años”.

Es una gran noticia para los soberanistas que alguien que ha presidido este país durante catorce años y que pilotó su puesta a punto democrática después de medio siglo de tinieblas tenga como único argumento para desmontar el derecho a decidir que “la independencia es imposible”.

González no hizo ni el esfuerzo de intentar convencernos con propuestas, con una alternativa atractiva. Se aferró al único argumento que puede desestabilizarnos: inducirnos a pensar que nuestro objetivo es imposible, sembrar la duda en nuestro ánimo, hacer tambalear nuestra autoconfianza.

Esta es, pues, la famosa tercera vía: provocar dudas, miedo, incertidumbre. Un hombre de Estado como Felipe González sabe que a estas alturas del partido ya no hay formulación posible que pueda satisfacer a ambas partes. El debate territorial es ya un órdago a la grande: ¿serán capaces los catalanes de llegar hasta el final? ¿creemos realmente los catalanes que somos capaces de conseguirlo?

La respuesta a estas preguntas no la tiene nadie. Y quien pretenda tenerla nos está engañando. Yo lo que tengo es fe en la gente de mi país y en nuestra forma de ser. Más que el “seny”, al que siempre apelan nuestros tradicionales adversarios, yo me quedo con la “perseverança”, esa capacidad de avanzar en acuerdos escuchando al adversario, aplicando el sentido común, pero sin perder de vista el objetivo clave, que a lo largo de nuestra historia ha sido la pura supervivencia como pueblo.

Cuando algunos, desde la meseta, nos acusan de totalitarios, de excluyentes y de fanáticos lo único que hacen es proyectar en nosotros su verdadera forma de ser. Los que con más fiereza nos tachan de enemigos de la libertad son los hijos y los nietos sociológicos de las clases dirigentes del franquismo. Quienes más lecciones de tolerancia pretenden darnos son Intereconomía, cadena inspirada por el ultranacionalismo español más rancio, 13tv y la Cope, que pertenecen a la Iglesia católica de Rouco Varela, un ejemplo de virtud democrática, y El Mundo de Pedro Jota, azote de todo el arco parlamentario que osa no hacer genuflexiones a su paso. Estos son nuestros profesores de la sensibilidad democrática y del carácter integrador. ¡Ah! Me dejaba al rey, que acusaba a Tv3 de “sacar a la gente a la calle con engaños”, mientras se aferraba al trono ante el vendaval por haber engañado a sus súbditos y a su familia.

Así es que sin dejarnos influenciar por las argucias dialécticas de Felipe ni por las andanadas engañosas de la carcundia, la sociedad civil catalana sigue firme en su convicción de que está pidiendo lo que le corresponde en derecho. Y yo creo en esta convicción. Porque, entre otras cosas, es una convicción de mi gente, no de los políticos. Por primera vez en nuestra historia, el debate territorial pasa por una demanda colectiva y social, no por la capacidad de negociación de un señor llamado Jordi Pujol, Pasqual Maragall o José Montilla. Antes, nuestras demandas eran interpretadas, transaccionadas y moldeadas a placer en una charla de sofá en algún salón de la Moncloa. Ahora, Artur Mas dialogará, pero con el mandato claro y diáfano de la calle. Las líneas rojas las trazaremos nosotros, no él. Ni ellos.
Ahora ya sabemos que lo que pedimos es justo. Y también sabemos que estamos poniendo al descubierto la ausencia de argumentos de toda la clase política española ante la evidencia de nuestros argumentos razonados. Ya sólo falta que sepamos y nos creamos por fin que lo que pedimos, además de justo, es posible.

Yo lo creo.

cercas

Como catalán que vive desde hace trece años en Madrid podría dedicar horas y horas a analizar la vomitona argumental de los medios capitalinos que tanto dicen defender la unidad de la patria mientras la torpedean inconscientemente a base de exabruptos y mentiras de grueso calibre.

O también podría reproducir aquí los argumentos que escucho en la oficina, en la cafetería o en las reuniones de padres, un día tras otro, y que reflejan la lejanía existente entre Madrid y Barcelona, el insalvable foso de incomprensión que separa a España de Catalunya.

Pero para tener una visión de conjunto del mar es preferible no fijarse solamente en los espumarajos de los rompientes. Hay que mirar al horizonte. Nunca podremos asimilar del todo lo que es el mar, pero tener una visión de conjunto es un buen comienzo. Con España a mi me pasa lo mismo.

Podría engañarme pensando que con escuchar a Jiménez Losantos o ver a Alfonso Merlos en 13Tv ya es posible hacerse una idea de lo que hay más allá –o acá- del Ebro. O, como haría un militante del PSC, podría también conformarme con las opiniones tranquilizadoras de Iñaki Gabilondo. Pero a mi lo que más me ayuda a entender esa realidad es leer a gente cercana a la que respeto, y mucho, como Javier Cercas.

En un artículo aparecido en El País el 15 de septiembre, Cercas argumenta que en democracia no existe el derecho a decidir: “yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme”. Y añade: “es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”. Y concluye: “se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría”.

¿Engaño? Vamos a hablar a calzón quitado, que es la mejor forma de hacernos entender. Como tú sabes, Javier, el derecho a decidir es una forma pedagógica de referirse al derecho a la autodeterminación, que tiene abundantes referentes en las relaciones internacionales a lo largo de la historia y en toda la geografía. Negar o ignorar ese derecho es pasar por encima de buena parte de los acontecimientos que han forjado la actual configuración mundial. Sin el derecho a la autodeterminación no se entiende el continente americano, el africano, la reunificación alemana, el desmembramiento de la antigua URSS y la aparición de todos los nuevos estados en Europa en el siglo XX. ¿Es más engañoso reconocer este derecho o pretender esconderlo, minimizarlo, camuflarlo?

En España la soberanía, según la constitución, reside en el pueblo español. Y según la Biblia, los hombres debemos vivir según la ley de Dios. Respetando lo que dicen los textos sagrados, y sin pretender cambiarlos, los no creyentes -e incluso los creyentes- tenemos derecho a vivir según las normas que dicten nuestra conciencia y el código penal (si no queremos acabar fumando un puro al lado de Bárcenas). No hay texto sagrado para el hombre libre. Ni Constitución verdadera e inamovible para un pueblo libre.
La soberanía es un concepto que se forja a partir de la voluntad de los pueblos, no en su contra. Las soberanías impuestas no son una expresión de la democracia, sino todo lo contrario. Y está claro que entre España y Catalunya hay, hoy en día, un conflicto de soberanías. La mayoría de los catalanes tenemos una identidad nacional que España nos niega. Y la mayoría rechazamos la identidad nacional que España nos atribuye. ¿Esto hay que resolverlo a golpetazos de constitución? ¿o de biblia?

Si PSOE y PP hubieran tenido otra actitud respecto a Catalunya, la reforma constitucional hubiera sido posible. De hecho, igual no hubiera ni sido necesaria, porque cabríamos todos en este país si la interpretación de la Constitución hubiera sido más flexible. El problema no es el texto, es la interpretación que los dos partidos mayoritarios han hecho de él. Por no hablar de la interpretación que hará un presidente del Tribunal Constitucional abiertamente catalanófobo. ¿Cómo se puede jugar con una baraja tan marcada sin sentirse timado?

¿Y la única respuesta que nos llega de esa España que dice representar nuestra soberanía es que no podemos ni votar para saber cuántos estamos a favor y cuántos en contra de replantearnos nuestro marco de convivencia? No necesitamos el concurso de España para saber que somos lo que somos y no precisamos de su permiso para acabar siendo lo que seremos. Y ese es un principio universal: a una mayoría social en marcha no la detiene ningún texto sagrado.

Ahora se nos está diciendo que tanto recurrir a la mayoría demuestra un pensamiento único, una concepción totalitaria de la sociedad. Cuando no éramos mayoría éramos unos iluminados sectarios, y ahora somos unos nazis. ¿Cuáles son los argumentos que pueda entender España? ¿De qué manera hay que plantearle la discrepancia a la sociedad española? Lo hemos hecho de todas las formas posibles –salvo la violenta- y no hemos dado con la buena. Quizás al aglutinarnos alrededor del derecho a decidir (para ti, Javier, ese engaño, esa argucia) descubramos la fuerza que tenemos y que nadie nos prestará sus piernas para que empecemos a caminar. Tendremos que usar las nuestras.

Con todo el cariño y admiración, Javier. Seguiré leyéndote.

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Hoy he escuchado en tu boca el eco de la voz de tantos y tantos amigos en Madrid que ven venir, como yo, lo que desde hace años se acerca de forma inexorable: la partición de la actual España. Tu razonamiento es el que me hacen en mil bares de copas, terrazas y restaurantes todos aquellos que, al compartir sus inquietudes conmigo, ven que esta vez la cosa va en serio y que la suerte está echada.

Iñaki Gabilondo no quiere que España pierda a Catalunya, y tiene una receta para impedirlo. Una receta que, al final, ha comprendido que ningún partido español es capaz de poner en funcionamiento. Simplemente porque no lo quiere la mayoría.

Hay un Madrid que nos quiere. Hay una España que nos acepta tal cual somos, que estaría dispuesta a lo que fuera para que nos quedásemos. Que realmente entiende que un país es una suma de realidades en la que cada cual aporta su personalidad, su diferencia, y recibe a cambio los beneficios de pertenecer a un gran grupo.

Existe la España de Iñaki Gabilondo. Una España que escucha, que razona, que entiende y que celebra la diferencia. ¿Dónde estaríamos hoy con una mayoría de españoles así? Hoy no estaríamos manifestándonos, simplemente porque no sufriríamos ninguno de los ahogos que hoy nos empujan a irnos.

Ni una Constitución asfixiante, ni un tribunal constitucional implacable, ni un sistema de normalización lingüística en permanente discusión, ni una prohibición de votar en referéndum lo que queremos ser de mayores. Simplemente, hubiéramos podido decidir democráticamente qué forma de encaje nos convenía y nos satisfacía para seguir participando del proyecto común español. Sin coacciones, sin ultimatums, sin reproches constantes.

Pero hasta Iñaki es consciente, hoy, de que esto ya no es posible. Que el encaje era más utópico que la independencia. España no está preparada para aceptarnos tanto como lo estamos nosotros para irnos. Hemos corrido más nosotros que ellos. Nos hemos esforzado más nosotros que ellos. Una vez más.

Sólo decir a mis amigos y a la gente como tú, Iñaki, que seguiremos estando ahí, que no nos vamos a ninguna parte. Que seguiréis teniendo las puertas de Catalunya abiertas de par en par como abierto ha sido siempre vuestro corazón.

Hasta siempre, Iñaki.