cercas

Como catalán que vive desde hace trece años en Madrid podría dedicar horas y horas a analizar la vomitona argumental de los medios capitalinos que tanto dicen defender la unidad de la patria mientras la torpedean inconscientemente a base de exabruptos y mentiras de grueso calibre.

O también podría reproducir aquí los argumentos que escucho en la oficina, en la cafetería o en las reuniones de padres, un día tras otro, y que reflejan la lejanía existente entre Madrid y Barcelona, el insalvable foso de incomprensión que separa a España de Catalunya.

Pero para tener una visión de conjunto del mar es preferible no fijarse solamente en los espumarajos de los rompientes. Hay que mirar al horizonte. Nunca podremos asimilar del todo lo que es el mar, pero tener una visión de conjunto es un buen comienzo. Con España a mi me pasa lo mismo.

Podría engañarme pensando que con escuchar a Jiménez Losantos o ver a Alfonso Merlos en 13Tv ya es posible hacerse una idea de lo que hay más allá –o acá- del Ebro. O, como haría un militante del PSC, podría también conformarme con las opiniones tranquilizadoras de Iñaki Gabilondo. Pero a mi lo que más me ayuda a entender esa realidad es leer a gente cercana a la que respeto, y mucho, como Javier Cercas.

En un artículo aparecido en El País el 15 de septiembre, Cercas argumenta que en democracia no existe el derecho a decidir: “yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme”. Y añade: “es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”. Y concluye: “se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría”.

¿Engaño? Vamos a hablar a calzón quitado, que es la mejor forma de hacernos entender. Como tú sabes, Javier, el derecho a decidir es una forma pedagógica de referirse al derecho a la autodeterminación, que tiene abundantes referentes en las relaciones internacionales a lo largo de la historia y en toda la geografía. Negar o ignorar ese derecho es pasar por encima de buena parte de los acontecimientos que han forjado la actual configuración mundial. Sin el derecho a la autodeterminación no se entiende el continente americano, el africano, la reunificación alemana, el desmembramiento de la antigua URSS y la aparición de todos los nuevos estados en Europa en el siglo XX. ¿Es más engañoso reconocer este derecho o pretender esconderlo, minimizarlo, camuflarlo?

En España la soberanía, según la constitución, reside en el pueblo español. Y según la Biblia, los hombres debemos vivir según la ley de Dios. Respetando lo que dicen los textos sagrados, y sin pretender cambiarlos, los no creyentes -e incluso los creyentes- tenemos derecho a vivir según las normas que dicten nuestra conciencia y el código penal (si no queremos acabar fumando un puro al lado de Bárcenas). No hay texto sagrado para el hombre libre. Ni Constitución verdadera e inamovible para un pueblo libre.
La soberanía es un concepto que se forja a partir de la voluntad de los pueblos, no en su contra. Las soberanías impuestas no son una expresión de la democracia, sino todo lo contrario. Y está claro que entre España y Catalunya hay, hoy en día, un conflicto de soberanías. La mayoría de los catalanes tenemos una identidad nacional que España nos niega. Y la mayoría rechazamos la identidad nacional que España nos atribuye. ¿Esto hay que resolverlo a golpetazos de constitución? ¿o de biblia?

Si PSOE y PP hubieran tenido otra actitud respecto a Catalunya, la reforma constitucional hubiera sido posible. De hecho, igual no hubiera ni sido necesaria, porque cabríamos todos en este país si la interpretación de la Constitución hubiera sido más flexible. El problema no es el texto, es la interpretación que los dos partidos mayoritarios han hecho de él. Por no hablar de la interpretación que hará un presidente del Tribunal Constitucional abiertamente catalanófobo. ¿Cómo se puede jugar con una baraja tan marcada sin sentirse timado?

¿Y la única respuesta que nos llega de esa España que dice representar nuestra soberanía es que no podemos ni votar para saber cuántos estamos a favor y cuántos en contra de replantearnos nuestro marco de convivencia? No necesitamos el concurso de España para saber que somos lo que somos y no precisamos de su permiso para acabar siendo lo que seremos. Y ese es un principio universal: a una mayoría social en marcha no la detiene ningún texto sagrado.

Ahora se nos está diciendo que tanto recurrir a la mayoría demuestra un pensamiento único, una concepción totalitaria de la sociedad. Cuando no éramos mayoría éramos unos iluminados sectarios, y ahora somos unos nazis. ¿Cuáles son los argumentos que pueda entender España? ¿De qué manera hay que plantearle la discrepancia a la sociedad española? Lo hemos hecho de todas las formas posibles –salvo la violenta- y no hemos dado con la buena. Quizás al aglutinarnos alrededor del derecho a decidir (para ti, Javier, ese engaño, esa argucia) descubramos la fuerza que tenemos y que nadie nos prestará sus piernas para que empecemos a caminar. Tendremos que usar las nuestras.

Con todo el cariño y admiración, Javier. Seguiré leyéndote.

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