gonzalez

No hemos puesto suficientemente en valor las recientes palabras de Felipe González en el sentido de que “la independencia de Catalunya es imposible” y su petición que “se deje de galopar hacia un imposible para evitar una fractura económica y social de la que nos costará recuperarnos más de cuarenta años”.

Es una gran noticia para los soberanistas que alguien que ha presidido este país durante catorce años y que pilotó su puesta a punto democrática después de medio siglo de tinieblas tenga como único argumento para desmontar el derecho a decidir que “la independencia es imposible”.

González no hizo ni el esfuerzo de intentar convencernos con propuestas, con una alternativa atractiva. Se aferró al único argumento que puede desestabilizarnos: inducirnos a pensar que nuestro objetivo es imposible, sembrar la duda en nuestro ánimo, hacer tambalear nuestra autoconfianza.

Esta es, pues, la famosa tercera vía: provocar dudas, miedo, incertidumbre. Un hombre de Estado como Felipe González sabe que a estas alturas del partido ya no hay formulación posible que pueda satisfacer a ambas partes. El debate territorial es ya un órdago a la grande: ¿serán capaces los catalanes de llegar hasta el final? ¿creemos realmente los catalanes que somos capaces de conseguirlo?

La respuesta a estas preguntas no la tiene nadie. Y quien pretenda tenerla nos está engañando. Yo lo que tengo es fe en la gente de mi país y en nuestra forma de ser. Más que el “seny”, al que siempre apelan nuestros tradicionales adversarios, yo me quedo con la “perseverança”, esa capacidad de avanzar en acuerdos escuchando al adversario, aplicando el sentido común, pero sin perder de vista el objetivo clave, que a lo largo de nuestra historia ha sido la pura supervivencia como pueblo.

Cuando algunos, desde la meseta, nos acusan de totalitarios, de excluyentes y de fanáticos lo único que hacen es proyectar en nosotros su verdadera forma de ser. Los que con más fiereza nos tachan de enemigos de la libertad son los hijos y los nietos sociológicos de las clases dirigentes del franquismo. Quienes más lecciones de tolerancia pretenden darnos son Intereconomía, cadena inspirada por el ultranacionalismo español más rancio, 13tv y la Cope, que pertenecen a la Iglesia católica de Rouco Varela, un ejemplo de virtud democrática, y El Mundo de Pedro Jota, azote de todo el arco parlamentario que osa no hacer genuflexiones a su paso. Estos son nuestros profesores de la sensibilidad democrática y del carácter integrador. ¡Ah! Me dejaba al rey, que acusaba a Tv3 de “sacar a la gente a la calle con engaños”, mientras se aferraba al trono ante el vendaval por haber engañado a sus súbditos y a su familia.

Así es que sin dejarnos influenciar por las argucias dialécticas de Felipe ni por las andanadas engañosas de la carcundia, la sociedad civil catalana sigue firme en su convicción de que está pidiendo lo que le corresponde en derecho. Y yo creo en esta convicción. Porque, entre otras cosas, es una convicción de mi gente, no de los políticos. Por primera vez en nuestra historia, el debate territorial pasa por una demanda colectiva y social, no por la capacidad de negociación de un señor llamado Jordi Pujol, Pasqual Maragall o José Montilla. Antes, nuestras demandas eran interpretadas, transaccionadas y moldeadas a placer en una charla de sofá en algún salón de la Moncloa. Ahora, Artur Mas dialogará, pero con el mandato claro y diáfano de la calle. Las líneas rojas las trazaremos nosotros, no él. Ni ellos.
Ahora ya sabemos que lo que pedimos es justo. Y también sabemos que estamos poniendo al descubierto la ausencia de argumentos de toda la clase política española ante la evidencia de nuestros argumentos razonados. Ya sólo falta que sepamos y nos creamos por fin que lo que pedimos, además de justo, es posible.

Yo lo creo.

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