Archivos para el mes de: octubre, 2013

rubalcaba

A ver si nos aclaramos: el problema no es que el corsé apriete, sino el querer llevar corsé. Alfredo Pérez Rubalcaba se ha sacado de la chistera una propuesta de reforma constitucional “para acercar a España a un modelo federal”. ¿Qué significa esto? ¿Un estado de las autonomías evolucionado en el que la financiación de Catalunya vuelva a quedar diluida en un sistema de régimen común? ¿Un modelo de Estado que seguirá permitiendo al gobierno central legislar a placer en cuestiones reservadas a las autonomías o los estados federados, como la educación? Un modelo de estado que seguirá sin distinguir los territorios históricos de las demarcaciones puramente administrativas? Esto no es una propuesta política, esto es el timo de tocomocho. La misma miseria de siempre pero adornada con un lacito de colores.

No sigamos desenfocando la cuestión, señores. El problema al que se enfrenta España no es la Constitución, porque como dice Miquel Roca si se hubiese hecho de ella una lectura generosa no haría falta ni tocarla. El problema es la filosofía de Estado que anima y animará la acción política de los dos partidos mayoritarios españoles. Solamente conciben un sistema unitarista de matriz castellanocéntrica en el que las autonomías o estados federados o como quieran llamarlos son divisiones puramente administrativas que se rigen todas por el mismo rasero. De Catalunya se tolerarán las especificidades culturales (¡muchas gracias!) pero nada más. Por lo demás se pretenderá que funcione, exactamente, como la región de Murcia. Eso sí, con una presión fiscal mucho más alta que Murcia y con una inversión del Estado muy inferior a la de Murcia.

La filosofía de PSOE y PP se basa en negar a Catalunya como sujeto de soberanía y como nación. Lo que hagan con la Constitución a partir de esta negación, a los catalanes, nos tiene que traer sin cuidado. Porque ni con cincuenta mil cambios lograrán satisfacer lo que pedimos. Y ya no lo mendigamos. Ahora lo exigimos.
Ni los cantos de sirena del final de la crisis nos tienen que desconcentrar ahora. No debemos caer en el error de pensar que porque empezamos a salir del túnel hay que deshacer ahora el camino recorrido. Al contrario. Si la situación económica repunta, mejor. Así, nuestra transformación en Estado libre será una aventura menos azarosa. No es un tema coyuntural el que nos mueve, ni un tema coyuntural el que nos hará parar.

Ver salir a los presos de ETA y observar los lodos que se remueven con los últimos coletazos del tema terrorista vasco debe aumentar nuestra autoestima: lo estamos haciendo bien, con un respeto escrupuloso a las normas de convivencia democrática y con unas arraigadas convicciones pacíficas. Nadie podrá arrebatarnos la razón porque tal y como defendemos nuestros argumentos, tienen una fuerza aplastante.

Al menos parece que los dirigentes políticos españoles se van dando cuenta, poquito a poco, de la magnitud de la tragedia que les ronda, de lo irreparable del mal que han causado con su ineptitud y ceguera. Lo que todavía no atinan a vislumbrar es la irreversibilidad del proceso. Y cuando se quieran dar cuenta sólo podrán ya lamentarse por no haber sabido reaccionar a tiempo. No será que no se les habrá avisado.

Destacaban en titulares los informativos de la Sexta -cadena perteneciente por cierto a una empresa editorial con sede social en Barcelona- que “todavía Artur Mas no ha pedido perdón” por el desplante a Soraya Sáenz de Santamaría en un acto con empresarios en Barcelona. Y espero que Antonio García Farreras y sus servicios informativos se tengan que esperar sentados.

El derecho a decidir que esgrimen la gran mayoría de los catalanes parece ser que obtendrá como única respuesta el derecho a avasallar del gobierno central. Nunca en 36 años desde la restauración de la Generalitat un vicepresidente del gobierno había presidido un acto en Catalunya en presencia del presidente catalán. Ni cuando Maria Teresa Fernández de la Vega visitó Barcelona estando Zapatero, a la sazón presidente del gobierno, de visita oficial fuera de España. Pero claro, ha llegado la hora de marcar paquete, y el Estado siempre ha tenido las de ganar, hasta el momento, en este tipo de demostraciones testosterónicas.

Catalunya ha sido una tierra poco prolífica en puñetazos sobre la mesa. Necesitamos más entreno, y pequeñas escaramuzas como la del jueves no nos vienen nada mal para marcar el terreno y las normas del juego. Hay que ir cogiéndole el punto a la política internacional, por lo que pueda pasar. Y en política internacional son tan importantes los discursos como los gestos simbólicos. El protocolo no es una liturgia caprichosa. Es un código de conducta pensado para evitar pisar el callo del vecino. Y saltárselo no es una simple anécdota, es una clara declaración de intenciones. En el caso que nos ocupa, un claro acto de vasallaje. Por eso Mas, según mi opinión, ha hecho bien en reclamar respeto institucional. No hacia su persona, sino hacia todo lo que representa.

Por todo ello me alegró comprobar que Alejo Vidal-Quadras, que culebreaba en una de las pocas cadenas pseudo clandestinas de la ultraderecha en la que le dan voz, se recreaba en insultar a Mas, llamándole “patán” y “provinciano”. Me imagino que es muy duro estar defenestrado y desahuciado por propios y extraño. Pero no pude evitar pensar que lo más cercano a un patán que estaba viendo en aquél momento era el propio Vidal-Quadras, incapaz de dominar sus más bajas pasiones cada vez que se refiere a cualquier catalán que no sea nacionalista español. Hasta Juan Carlos Girauta, que no sería precisamente un maulet, le reconvino en la misma tertulia jurásica recordándole que solamente el presidente del gobierno y los miembros de la familia real pasan por delante de Mas en orden de protocolo en Catalunya.

Pero por suerte la vida nos ofrece a menudo increíbles contrastes naturales. Justamente el jueves, cuando estuve contemplando a dichos neandertales catódicos nocturnos, había estado tomando unas cañas con dos amigos, uno madrileño y el otro sevillano. Este último ha pasado ocho ańos en Londres, trabajando en la City en una conocida financiera multinacional. No tardó en surgir el tema catalán, y su análisis me dejó pasmado: “la Constitución no sirve. Ha sido útil como herramienta para la convivencia durante un tiempo, pero viendo lo que ocurre en Catalunya está claro que ya no funciona. España no puede prescindir de Catalunya, así que tendrá que prescindir de la actual constitución y redactar una nueva que satisfaga a ambas partes”. El de Madrid, arquitecto de profesión, remachó: “es ridículo que pretendan tratar a Cataluña como si fuese la región de Murcia. Eso es empeñarse en no querer ver la realidad”. Por cierto, ambos son votantes del PP. Y solamente habían bebido dos cañas.

Aunque el aparato mediático cuaternario dispare continuamente salvas rojigualdas y aunque el gobierno Rajoy esté demostrando una descomunal incompetencia y falta de liderazgo en la gestión del tema catalán, me consuelo pensando que siempre es posible rodearse de gente que piensa con la cabeza y no con los pies. Hay muchos españoles que no nos odian, y es bueno recordarlo de vez en cuando para que modulemos también nuestras respuestas, pensando en ellos.

Entiendo que este segmento social que observa con respeto -pero en silencio- nuestras decisiones como pueblo entenderá perfectamente que actuemos en consecuencia cuando el miope de la Moncloa no nos deje otra puerta abierta que la de salida. Lo importante, concluimos los tres amigos caña en mano, será la relación que podamos establecer a posteriori, como vecinos, para que económicamente no nos hagamos pupita mútuamente. “Porque no olvidemos, dijo el de la City, que unos y otros somos el culo del culo del mundo que es Europa”. Y tiene toda la razón.

12-0

El viernes se cumplió un mes de la mayor movilización que se ha vivido en Catalunya en la historia, con una cadena humana cuyo éxito de convocatoria fue reconocido hasta por el ministro español de asuntos exteriores. Y 24 horas más tarde, el unionismo exhibía a los cuatro vientos su extrema debilidad en Catalunya con una manifestación que, ni de lejos, cumplía con las expectativas creadas. Debilidad en cuanto a argumentos y debilidad, por ende, en cuanto a poder de convocatoria.

Porque la contraoferta unionista no termina de llegar. Esa iniciativa salvadora que aguardan Duran Lleida y Navarro, más que el séptimo de caballería es, de momento, el ejército de Pancho Villa. Los motivos del inmovilismo españolista ante el imparable avance del soberanismo catalán hay que buscarlos, creo yo, en tres direcciones.

Existe para empezar una causa política que se sustancia en la ausencia de plan B frente a las demandas soberanistas. La mayoría del arco parlamentario español se ha puesto tradicionalmente de espaldas ante las reivindicaciones nacionalistas. Ha sido muy fácil archivarlas en la carpeta de “insolidaridades”, “caprichos provincianos” o “tensiones cantonalistas”. España, al no escuchar, no ha entendido, y al no entender no ha podido articular una respuesta. Y ahora el problema, aunque parezca mentira, le viene de nuevas. Treinta años de Estado autonómico y el tsunami los va a pillar por sorpresa.

Suponiendo que por fin hubiesen decidido coger al toro por los cuernos, que es mucho suponer, los partidos mayoritarios españoles deberían empezar desde cero (o menos diez) a hacer pedagogía entre su parroquia de forma urgente, sin perder un segundo más. ¿Los ven ustedes en esta tesitura?

Hay también un factor cultural que explica el inmovilismo unionista. Históricamente, la respuesta de la metrópolis española ante las demandas de las colonias no fue ni pronta ni certera, sino todo lo contrario. Ante la falta de cintura de Madrid, el imperio de las Américas se fue desmoronando por efecto dominó, y asoló la autoestima de la clase política y de la intelectualidad española, más propensas a la inmolación sobreactuada que al hábil paso atrás para coger impulso de la diplomacia.

Hay también un fondo sentimental que explica tanta inacción. O más bien un trasfondo de resentimiento. En vez de hacer pedagogía enfocada a la tolerancia, a la aceptación de la diferencia, las dos fuerzas mayoritarias han utilizado la catalanofobia como arma arrojadiza contra el gobierno de turno. Y este factor, probablemente, es el que tenga más peso de todos: sin él, el factor cultural y el político tendrían marcha atrás.

¿Cómo puede Rajoy hoy hablar con Sánchez Camacho de un nuevo encaje fiscal para Cataluña cuando hace muy pocos años ordenó instalar mesas petitorias en toda España para mandar el Estatut al Tribunal Constitucional? Yo no olvidaré que, en Madrid, cuando pasaba delante de una de esas mesas, los militantes del PP me decían: “¿Quieres firmar contra los catalanes?”. Y yo me consolaba pensando que, en realidad, eran firmas contra la viabilidad de España, pero que ellos no eran conscientes de ello. Hoy, poquito a poco, el tiempo me va dando la razón. Parafraseando a Machado, digamos que Castilla, envuelta en harapos y en el resentimiento, se ha puesto ella solita la soga al cuello.

No me han faltado nunca argumentos para pensar que el encaje de Cataluña en España es imposible. Pero recientemente, al escuchar a Josep Piqué quejarse amargamente por la tele de la gestión del tiempo que está haciendo Rajoy, acabé de convencerme de que esto no tiene marcha atrás. Gente como Piqué han avisado a Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, una y otra vez, de que esto no iba en broma, que no era Mas quien pilotaba la nave, y que el ejecutivo debía trabajar a destajo para armar ya una respuesta lo suficientemente atractiva como para seducir a una mayoría social en Cataluña a cambio del incierto camino hacia el Estado libre. La respuesta de Rajoy y de Soraya, aún hoy, es que al final podrán reconducir la situación a cambio de dinero. Más inversiones, mejor financiación, y resuelto el problema catalán. Como siempre.

Pues no. Esta pantalla ya la hemos superado. Y si Rajoy no atiende ni a gente como Piqué para tender puentes con Catalunya, y además pisotea alegremente propuestas como la de Sánchez Camacho, es que del otro lado ya no hay nada ni puede haberlo. Sí, perdón. Seguirá habiendo la respuesta de Felipe González (“La independencia es imposible”) o incluso la de Belloch, en demanda de suspender la autonomía.

Pero ojo, no olvidemos que cuanta más debilidad muestre España en Cataluña, más furibundos serán sus últimos coletazos. Si no nos convencen, se conformarán con vencernos. Eso sí que no ha cambiado.

muro berlin

En las conversaciones políticas en Madrid, que se centran irremediablemente en el tema catalán desde hace semanas, existe el consenso general –salvo algún troglodita brazo en alto- de que “pase lo que pase los tanques no saldrán a la calle”. Los tanques del siglo XX seguro que no. Pero yo me temo que los del siglo XXI sí saldrán, y habrá que estar preparados.

Los catalanes no podemos ser tan ingenuos como para pensar que España aceptará sin más una Declaración Unilateral de Independencia respaldada por una amplia mayoría social en Catalunya. “No se aceptará porque será el fin del Estado español tal cual se conoce hoy”, como me decía un amigo madrileño simpatizante de la causa catalana.

Si estamos convencidos de avanzar en la dirección que aparentemente marca nuestra convicción política llegaremos a ver reacciones para las que deberíamos empezar a estar preparados. Yo, que vivo en Madrid y he hablado infinidad de veces del tema catalán con partidarios y detractores, e incluso con catalanófobos ultramontanos, tengo muy claro que los coletazos de la fase final serán dolorosos.

España no está preparada para aceptar la emancipación de Catalunya (y la muy probable de Euskadi por la misma gatera) ni está preparada tampoco para responder a las demandas soberanistas sin soliviantar a la otra mitad de su territorio.

Madrid, como centro del poder del Estado, ha enterrado la cabeza debajo de la piedra como una avestruz y confía que los nubarrones escampen por sí solos. Porque siente que un paso en cualquier dirección significa empeorar las cosas.

Durante años el poder central ha observado lo que ocurría en nuestro rincón de la península confiando en nuestra proverbial falta de convicción política, en nuestra tradicional falta de autoestima a la hora de llevar las demandas hasta las últimas consecuencias.

Ahora ya saben que esto no es un farol. Se lo dijo Alicia Sánchez Camacho esta semana a Rajoy en conversación privada: “Mas va en serio, está empeñado en mantener su apuesta hasta el final”.

¿Qué hay que hacer entonces? El gobierno español se enfrenta ahora a una situación sin precedentes, porque hasta ahora nuestro talón de Aquiles era muy vulnerable. Se llamaba “peix al cove”, pactismo a ultranza o tercera vía, como quieran llamarle. Hay quienes todavía pretenden resucitarlo, pero el propio Rajoy se encargó de liquidar cualquier esperanza de los nacionalistas autonomistas. Empieza el fin de la partida y ya sólo quedan dos jugadores. El inmovilista y el independentista.

España tiene mucho que perder, y debemos saber que Catalunya, en el camino, también. Siempre he pensado que de la firme voluntad de la mayoría social dependerá llevar a buen puerto la reivindicación soberanista. De la determinación en los peores momentos saldrá la capacidad real para ser libres.

Estoy convencido de que el ejército no saldrá a la calle, pero también tengo claro que nos van a amenazar con ello. Viviremos un estado de pre guerra. Nos harán sentir a un paso del desastre. Posiblemente se baraje y se ejecute una suspensión de la autonomía y se amenace o se realice incluso el encarcelamiento de algún líder político. Y también es posible que haya medidas extraordinarias, como el estado de emergencia, o movimientos de tropas. Todo será teatro,  porque la represión pura y dura no se comprendería en Europa. Pero hasta llegar a ese punto, un Estado tiene un amplísimo abanico de recursos para forzar a la gente a cambiar de opinión mostrándole que, aunque esté mal, obstinándose en llevar la contraria a la razón de Estado puede llegar a estar mucho peor.

Será mentira, no podrán impedirlo a tiros. Pero será la gente la que tendrá que dar la cara a pesar del aparente peligro. Las manifestaciones y las cadenas humanas han sido grandes actos demostrativos para testar la capacidad de movilización. Pero la verdadera movilización vendrá cuando empiecen a retumbar las bofetadas, reales o propagandísticas. Y las habrá.

Recordemos cómo fue la caída del muro de Berlín. No fue el fruto de un acuerdo parlamentario frío, sino la consecuencia del error de un portavoz de la Alemania oriental al anunciar que se terminaban las restricciones para viajar de forma inmediata, cuando no era esto lo que tenía escrito en sus papeles. Un error de comunicación llevó a una masa ingente de alemanes orientales a cruzar el muro de forma prematura, y los temibles policías fronterizos, que durante décadas no habían dudado en disparar sobre sus compatriotas, no osaron apuntar al pueblo con sus armas. Fue un acontecimiento histórico por la fuerza de los hechos, por presión popular, por aclamación.

Algo así tendrá que ocurrir en Catalunya al final. Cuando el Estado haya agotado hasta el último de sus cartuchos, cuando ya sólo le quede movilizar al ejército, y aún así una oleada social tome las calles, el parlamento, la Generalitat, y proclame al mundo que no tenemos miedo de ser libres, entonces sí habremos ganado.

>Habremos logrado que el mundo escuche a un nuevo país que habrá sido digno de su libertad.