muro berlin

En las conversaciones políticas en Madrid, que se centran irremediablemente en el tema catalán desde hace semanas, existe el consenso general –salvo algún troglodita brazo en alto- de que “pase lo que pase los tanques no saldrán a la calle”. Los tanques del siglo XX seguro que no. Pero yo me temo que los del siglo XXI sí saldrán, y habrá que estar preparados.

Los catalanes no podemos ser tan ingenuos como para pensar que España aceptará sin más una Declaración Unilateral de Independencia respaldada por una amplia mayoría social en Catalunya. “No se aceptará porque será el fin del Estado español tal cual se conoce hoy”, como me decía un amigo madrileño simpatizante de la causa catalana.

Si estamos convencidos de avanzar en la dirección que aparentemente marca nuestra convicción política llegaremos a ver reacciones para las que deberíamos empezar a estar preparados. Yo, que vivo en Madrid y he hablado infinidad de veces del tema catalán con partidarios y detractores, e incluso con catalanófobos ultramontanos, tengo muy claro que los coletazos de la fase final serán dolorosos.

España no está preparada para aceptar la emancipación de Catalunya (y la muy probable de Euskadi por la misma gatera) ni está preparada tampoco para responder a las demandas soberanistas sin soliviantar a la otra mitad de su territorio.

Madrid, como centro del poder del Estado, ha enterrado la cabeza debajo de la piedra como una avestruz y confía que los nubarrones escampen por sí solos. Porque siente que un paso en cualquier dirección significa empeorar las cosas.

Durante años el poder central ha observado lo que ocurría en nuestro rincón de la península confiando en nuestra proverbial falta de convicción política, en nuestra tradicional falta de autoestima a la hora de llevar las demandas hasta las últimas consecuencias.

Ahora ya saben que esto no es un farol. Se lo dijo Alicia Sánchez Camacho esta semana a Rajoy en conversación privada: “Mas va en serio, está empeñado en mantener su apuesta hasta el final”.

¿Qué hay que hacer entonces? El gobierno español se enfrenta ahora a una situación sin precedentes, porque hasta ahora nuestro talón de Aquiles era muy vulnerable. Se llamaba “peix al cove”, pactismo a ultranza o tercera vía, como quieran llamarle. Hay quienes todavía pretenden resucitarlo, pero el propio Rajoy se encargó de liquidar cualquier esperanza de los nacionalistas autonomistas. Empieza el fin de la partida y ya sólo quedan dos jugadores. El inmovilista y el independentista.

España tiene mucho que perder, y debemos saber que Catalunya, en el camino, también. Siempre he pensado que de la firme voluntad de la mayoría social dependerá llevar a buen puerto la reivindicación soberanista. De la determinación en los peores momentos saldrá la capacidad real para ser libres.

Estoy convencido de que el ejército no saldrá a la calle, pero también tengo claro que nos van a amenazar con ello. Viviremos un estado de pre guerra. Nos harán sentir a un paso del desastre. Posiblemente se baraje y se ejecute una suspensión de la autonomía y se amenace o se realice incluso el encarcelamiento de algún líder político. Y también es posible que haya medidas extraordinarias, como el estado de emergencia, o movimientos de tropas. Todo será teatro,  porque la represión pura y dura no se comprendería en Europa. Pero hasta llegar a ese punto, un Estado tiene un amplísimo abanico de recursos para forzar a la gente a cambiar de opinión mostrándole que, aunque esté mal, obstinándose en llevar la contraria a la razón de Estado puede llegar a estar mucho peor.

Será mentira, no podrán impedirlo a tiros. Pero será la gente la que tendrá que dar la cara a pesar del aparente peligro. Las manifestaciones y las cadenas humanas han sido grandes actos demostrativos para testar la capacidad de movilización. Pero la verdadera movilización vendrá cuando empiecen a retumbar las bofetadas, reales o propagandísticas. Y las habrá.

Recordemos cómo fue la caída del muro de Berlín. No fue el fruto de un acuerdo parlamentario frío, sino la consecuencia del error de un portavoz de la Alemania oriental al anunciar que se terminaban las restricciones para viajar de forma inmediata, cuando no era esto lo que tenía escrito en sus papeles. Un error de comunicación llevó a una masa ingente de alemanes orientales a cruzar el muro de forma prematura, y los temibles policías fronterizos, que durante décadas no habían dudado en disparar sobre sus compatriotas, no osaron apuntar al pueblo con sus armas. Fue un acontecimiento histórico por la fuerza de los hechos, por presión popular, por aclamación.

Algo así tendrá que ocurrir en Catalunya al final. Cuando el Estado haya agotado hasta el último de sus cartuchos, cuando ya sólo le quede movilizar al ejército, y aún así una oleada social tome las calles, el parlamento, la Generalitat, y proclame al mundo que no tenemos miedo de ser libres, entonces sí habremos ganado.

>Habremos logrado que el mundo escuche a un nuevo país que habrá sido digno de su libertad.

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