12-0

El viernes se cumplió un mes de la mayor movilización que se ha vivido en Catalunya en la historia, con una cadena humana cuyo éxito de convocatoria fue reconocido hasta por el ministro español de asuntos exteriores. Y 24 horas más tarde, el unionismo exhibía a los cuatro vientos su extrema debilidad en Catalunya con una manifestación que, ni de lejos, cumplía con las expectativas creadas. Debilidad en cuanto a argumentos y debilidad, por ende, en cuanto a poder de convocatoria.

Porque la contraoferta unionista no termina de llegar. Esa iniciativa salvadora que aguardan Duran Lleida y Navarro, más que el séptimo de caballería es, de momento, el ejército de Pancho Villa. Los motivos del inmovilismo españolista ante el imparable avance del soberanismo catalán hay que buscarlos, creo yo, en tres direcciones.

Existe para empezar una causa política que se sustancia en la ausencia de plan B frente a las demandas soberanistas. La mayoría del arco parlamentario español se ha puesto tradicionalmente de espaldas ante las reivindicaciones nacionalistas. Ha sido muy fácil archivarlas en la carpeta de “insolidaridades”, “caprichos provincianos” o “tensiones cantonalistas”. España, al no escuchar, no ha entendido, y al no entender no ha podido articular una respuesta. Y ahora el problema, aunque parezca mentira, le viene de nuevas. Treinta años de Estado autonómico y el tsunami los va a pillar por sorpresa.

Suponiendo que por fin hubiesen decidido coger al toro por los cuernos, que es mucho suponer, los partidos mayoritarios españoles deberían empezar desde cero (o menos diez) a hacer pedagogía entre su parroquia de forma urgente, sin perder un segundo más. ¿Los ven ustedes en esta tesitura?

Hay también un factor cultural que explica el inmovilismo unionista. Históricamente, la respuesta de la metrópolis española ante las demandas de las colonias no fue ni pronta ni certera, sino todo lo contrario. Ante la falta de cintura de Madrid, el imperio de las Américas se fue desmoronando por efecto dominó, y asoló la autoestima de la clase política y de la intelectualidad española, más propensas a la inmolación sobreactuada que al hábil paso atrás para coger impulso de la diplomacia.

Hay también un fondo sentimental que explica tanta inacción. O más bien un trasfondo de resentimiento. En vez de hacer pedagogía enfocada a la tolerancia, a la aceptación de la diferencia, las dos fuerzas mayoritarias han utilizado la catalanofobia como arma arrojadiza contra el gobierno de turno. Y este factor, probablemente, es el que tenga más peso de todos: sin él, el factor cultural y el político tendrían marcha atrás.

¿Cómo puede Rajoy hoy hablar con Sánchez Camacho de un nuevo encaje fiscal para Cataluña cuando hace muy pocos años ordenó instalar mesas petitorias en toda España para mandar el Estatut al Tribunal Constitucional? Yo no olvidaré que, en Madrid, cuando pasaba delante de una de esas mesas, los militantes del PP me decían: “¿Quieres firmar contra los catalanes?”. Y yo me consolaba pensando que, en realidad, eran firmas contra la viabilidad de España, pero que ellos no eran conscientes de ello. Hoy, poquito a poco, el tiempo me va dando la razón. Parafraseando a Machado, digamos que Castilla, envuelta en harapos y en el resentimiento, se ha puesto ella solita la soga al cuello.

No me han faltado nunca argumentos para pensar que el encaje de Cataluña en España es imposible. Pero recientemente, al escuchar a Josep Piqué quejarse amargamente por la tele de la gestión del tiempo que está haciendo Rajoy, acabé de convencerme de que esto no tiene marcha atrás. Gente como Piqué han avisado a Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, una y otra vez, de que esto no iba en broma, que no era Mas quien pilotaba la nave, y que el ejecutivo debía trabajar a destajo para armar ya una respuesta lo suficientemente atractiva como para seducir a una mayoría social en Cataluña a cambio del incierto camino hacia el Estado libre. La respuesta de Rajoy y de Soraya, aún hoy, es que al final podrán reconducir la situación a cambio de dinero. Más inversiones, mejor financiación, y resuelto el problema catalán. Como siempre.

Pues no. Esta pantalla ya la hemos superado. Y si Rajoy no atiende ni a gente como Piqué para tender puentes con Catalunya, y además pisotea alegremente propuestas como la de Sánchez Camacho, es que del otro lado ya no hay nada ni puede haberlo. Sí, perdón. Seguirá habiendo la respuesta de Felipe González (“La independencia es imposible”) o incluso la de Belloch, en demanda de suspender la autonomía.

Pero ojo, no olvidemos que cuanta más debilidad muestre España en Cataluña, más furibundos serán sus últimos coletazos. Si no nos convencen, se conformarán con vencernos. Eso sí que no ha cambiado.

Anuncios