godó

Prestemos mucha atención a los sectores que, desde Catalunya, han iniciado una ofensiva mediática en favor de un un giro moderador del proceso soberanista. Como si la oleada cívica que vivimos en Catalunya, la fuerza tranquila de la calle expresada pacífica y democráticamente, precisase de moderación alguna. Dice Enric Juliana en La Vanguardia que “hay gente que tiene miedo de una inteligente moderación catalana”. Y yo le respondería que más preocupante me parece la gente que, como él, tienen miedo de escuchar lo que pide la calle. Porque lo que demuestra ser es un demócrata de salón, un déspota ilustrado con manguitos, apartado del ruido callejero y encerrado en su sala de operaciones conspiradoras.

Veamos quien está detrás de este dribling táctico, porque a lo mejor sus intereses reales están muy alejados de aquello que aseguran defender. ¿A qué aspiran realmente los de la tercera vía y qué influencia real tienen sobre Artur Mas y Oriol Junqueras?

Desde el famoso editorial de La Vanguardia en demanda de moderación en Catalunya, es evidente que el grupo Godó de comunicación ha iniciado una deriva que pretende apostar por una tercera vía que divida prematuramente el bloque soberanista. En algún momento esta fractura tenía que ocurrir, ya que no todos los partidarios del derecho a decidir iban a votar que sí en un referéndum por la independencia. La pregunta es: ¿por qué abrir ahora este debate, cuando todavía no hemos llegado al momento de votar?

En cualquier negociación -y ahora estamos metidos hasta el cuello en la más decisiva en la historia de nuestro país- es de cajón que hay que mantener la cohesión hasta el último momento, y no rebajar las exigencias hasta que, eventualmente, el otro lado se mueva de forma significativa y ofrezca una salida digna, que cumpla los mínimos exigibles a estas alturas del proceso. Si se mueven. Y si no, hay que seguir hasta el final, porque nos asiste toda la razón de pedir lo que pedimos, tras 300 años de buscar la tercera vía de la convivencia peninsular como si del santo grial se tratase.
¿Por qué un grupo mediático tan importante como el grupo Godó se adelanta ahora para romper la estrategia unitaria, echar agua al vino de las reivindicaciones, e intentar cobrar ya beneficios del movimiento social soberanista como si todo fuese el fruto de una estrategia para subir un peldañito más en nuestra travesía del desierto autonomista?

Cuando el rey Juan Carlos se traslada a Barcelona en alguno de sus más o menos confesables viajes privados a Barcelona se aloja en casa del Conde de Godó. Cuando ha tenido que ofrecer alguna cena privada a personalidades extranjeras, lo ha hecho en el comedor del conde de Godó. Y cuando el monarca ha comprobado por televisión el éxito de convocatoria de la Assemblea Nacional de Catalunya, el primer teléfono que ha descolgado para vomitar su indignación ha sido el del Conde de Godó. Y está claro que tanta presión regia están causando mella en el grande de España.

La Vanguardia, un transatlántico gobernado respetando un complicado equilibrio de poderes, tiene la increíble capacidad de mudar de piel sin aparente sobresalto. Últimamente se adivina claramente, detrás de su línea editorial, el argumentario de los sectores partidarios de renunciar ya a la independencia para buscar una nueva solución de “peix al cove”. Más vale pájaro autonomista en mano que ciento independientes volando, vendrían a decirnos.

Y lo que más irrita es la forma en que lo hacen: con ese tono condescendiente y pedante, citándonos a Gramsci (“la ilusión es la mala hierba más tenaz de la conciencia colectiva. La historia enseña pero no tiene alumnos”), como aquel padre gordinflón y aburguesado que da lecciones de sentido práctico a sus atolondrados vástagos. Pero, ¿por quién nos han tomado estos señoritingos entreguistas? Son los altavoces del centralismo en Catalunya de siempre, ahora disfrazados de dialogantes y moderados.

Que no nos vendan películas: su rumbo no lo marca el “seny”, sino la monarquía española y sus fuerzas más centralizadoras a través del conde de Godó, su brazo ejecutor en Catalunya junto con el máximo mandatario del grupo Planeta. Finalmente las fuerzas vivas de la comunicación en Cataluña reorientan sus cañones del lado hacia el que siempre han apuntado, y ahora empezarán con sus disparos machacones.
¿Y Más qué dice a todo esto? A nadie se le escapa que el president juega un papel clave en el proceso de Catalunya hacia la independencia. Cuando todavía no se había producido la primera de las grandes manifestaciones soberanistas, Mas visitó Madrid para defender en el Forum Europa la propuesta de pacto fiscal con la que concurriría a la reelección. Ante la flor y nata del empresariado madrileño, entre los vetustos muros del hotel Ritz, Mas avisó de lo que venía y habló por primera vez -que yo recuerde- del concepto de transición nacional hacia lo que Catalunya quisiese ser.

Como siempre que a los políticos de la Villa y Corte les pasa por delante un elefante rosa con gorro de ducha, resultó que estaban todos mirando al tendido. Nadie se enteró de la película. Hasta un par de años después, ante la imagen de un millón y medio de catalanes en una cadena humana de 400 kilómetros, no han caído en la cuenta de que algo realmente está pasando.

Quiero decir que hasta la fecha Mas ha ido avisando, paso por paso, de un proceso que no está liderando pero si intentando gestionar como buenamente puede. No se sabe si a lomos del caballo o a rastras detrás de él. Pero lo cierto es que ha conseguido que en Madrid olviden al peor ogro conocido desde Macià y Companys, que fue el Lucifer de Cambrils, Josep Lluis Carod Rovira.

Él ha dicho que prefería inmolarse como un mártir antes que quedar como un traidor. Tiene ahora la oportunidad de demostrarlo y de ignorar los cantos de sirena de las terceras vías inexistentes y de los falaces moderadores. Mientras siga hacia adelante, caminaremos a su lado. Si no, lo dejaremos atrás. Porque tengo más fe en el millón y medio de personas que salieron a darse la mano el pasado 11 de septiembre que en todos los políticos y periodistas que han gestionado el nauseabundo autonomismo hasta la fecha de hoy. Estos ya no engañan a nadie.

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