Admito que este blog futbolero es últimamente muy poco futbolero. Uno gusta de nadar en aguas turbulentas, y los grandes rompientes están ahora mismo en el océano político. Uno de los últimos comentarios que he recibido, en respuesta al post “Por tierra, mar y aire” es de un buen amigo y tocayo, un arquitecto madrileño con el que hemos debatido en numerosas ocasiones armados simplemente con una copa de buen Rioja o con un gintonic, que es lo más parecido a la  pipa de la paz que el hombre blanco ha inventado.

Reproduzco aquí su comentario y mi respuesta:

Carles, vengo siguiendo tu Blog de “fútbol” que como Madridista desapegado encuentro fantástico. Tus entradas políticas sobre la pasión catalana de estos tempos me parecen más discutibles. Básicamente por que no aplicas los mismos criterios objetivos que con el Barça (Potencia colonial…metrópolis…). Recuerdo que en una ocasión hace muchos años te pregunté que era España… ahí está la clave de la cuestión. Sin entrar en detalles técnico-históricos, suscribo la interpretación compartida entre otros por el Presidente de Freixenet, o el de Planeta.
Por eso, si alguna de las partes esenciales de España pretende desintegrarla “democráticamente”, como es el caso de tus correligionarios, lo realmente democrático, en mi opinión, es defender darle la voz al total de los integrantes.
No he escuchado a ninguno de estos futuros personajes históricos catalanes proponer un referéndum a nivel estatal (nacional para mi). Que por otro lado cumpliría con las leyes vigentes.
Pienso que piensan que de ese modo nunca ganaría la opción desintegradora…
Pienso que puede que se equivoquen…
Saludos cordiales

P.D. (de buen rollo Carles…el último párrafo me inquieta…)

Hola Carlos, disculpa el retraso ante todo. Motivos laborales de alcance me han impedido atender en las dos últimas semanas el blog, que como tú sabes es para mi un simple hobby a la espera de que venga una potente multinacional y me lo patrocine (espérate sentado). Hemos hablado bastantes veces del tema catalán, y creo que ambos disfrutamos bastante del desacuerdo.

Ya que me pides una definición de España, te diré que para mi es una suma de tres naciones mal cosidas bajo una misma estructura estatal gobernada en régimen de alternancia por dos partidos protodemocráticos en su funcionamiento interno y, uno de ellos, también en el externo. Esa es mi definición, discutible supongo (como todas) pero sustentada en lo que nos traen a diario, alegres, los medios de comunicación.

Desde luego, lo que no es España es lo que proclama el título primero de la Constitución, que con la misma dosis de imaginación hubiera podido definirla como un club de mus o una horchatería valenciana, que también lo hubiéramos comprado en su momento con tal de salir del oscurantismo franquista.

El titulito de marras nos lo colaron a los demócratas catalanes cuando nos pusieron encima de la mesa, en 1978, la siguiente disyuntiva: va a ser esta constitución descentralizadora o tomaros más jarabe del mismo que habéis tomado en los últimos cuarenta años. Luego resultó que la descentralización se la pasaron por el forro con la LOAPA y con un tribunal constitucional de férreas convicciones jacobinas o pseudo-franquistas, según el gobierno de turno. De las “bofetadas para todos” del franquismo, al “café para todos” de la PP-PSOE, que vendría a ser nuestro PRI particular. Algo se ganó, pero seguimos lejos, muy lejos de salir del túnel.

Pretender que catalanes y vascos se sientan a gusto en España con esta constitución es como pretender que un camello se deje poner calzoncillos. Como no sea un camello de jaco, lo llevas claro. Podemos poner a la propia ley como excusa para no cambiarla, pero no parece un argumento ni seductor ni convincente. “Oiga, no me siento a gusto con estas normas”. “Ya, pues la primera norma es que debe usted sentirse a gusto”. Y ahí seguimos encallados.

Tú dices que lo realmente democrático sería que votasen todos los españoles. Constitución en mano, probablemente. Pero hagamos una lectura de la situación no legalista, sino sociopolítica: si se hiciese un referéndum en toda España y otro en Cataluña, los resultados serían diferentes y, muy probablemente, contrapuestos. Esto indica que hay un conflicto de soberanía en ambos ámbitos nacionales, entendida la soberanía como la expresión de la voluntad popular o mayoritaria de una comunidad. La gran mayoría de los españoles opina diferente de la gran mayoría de los catalanes.

Y ahora: con un conflicto de esta naturaleza sobre la mesa, ¿vamos a aplicar una solución basada en la imposición o en el diálogo? ¿Tiene derecho la mayoría del pueblo español a imponer su ley a la mayoría del pueblo catalán? Habrá quien, desde una exótica interpretación de la democracias, opine que sí. De hecho, así ha funcionado la cosa hasta ahora, igual bajo dictaduras militares como en los cortos espacios democráticos de los que hemos disfrutado en los últimos 300 años.

Lo que ha cambiado es que la mayoría del pueblo catalán ha llegado a la conclusión, vía observación empírica, de que esta convivencia bajo el mismo techo no va a progresar nunca hacia una relación constructiva. El interés de uno pasa por la negación del otro. Es lo que en terapia de pareja se conoce como relación tóxica: solamente puede evolucionar a peor. Y llegados a esta convicción, la única puerta válida es la de salida.

Te causa zozobra también que utilice palabras como “metrópolis” o “potencia colonial”. Esto tiene una explicación que me reservaba para ulteriores entregas pero que aprovecho para apuntar aquí. Tengo la impresión, a la vista de lo que sucede en nuestro bucólico y apacible continente, de que asistimos a un segundo proceso de descolonización. En el siglo XX las potencias coloniales fueron perdiendo sus territorios “de ultramar”, y parece que en el siglo XXI van a perder –han empezado ya de hecho- las de fronteras hacia adentro. Y como no, los británicos están siendo pioneros en darse cuenta y buscar soluciones que mitiguen los efectos descolonizadores. Y España, mientras tanto, en la pura inopia. ¿Te suena de algo?

La demanda de democracia directa y la globalización casan muy mal con los Estados-nación en Europa, que es un puzle de pueblos y naciones cuyas fronteras no siempre –casi nunca- coinciden con las administrativas. Cuanto más se resisten los Estados a borrar sus viejas fronteras, con más fuerza crecen las reales: las fronteras que marcan las voluntades ciudadanas, no las leyes anquilosadas.

Compañero, no sé si esto te inquieta, pero no es más que la evolución natural de una sociedad avanzada que piensa y, por tanto, se rebela. Esto ya ha empezado y no lo parará ni el tato.

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