Escuchaba hoy la desconexión de Onda Cero en Madrid cuando uno de los locutores ha entrado a valorar la intención de un socio del Madrid de pedir cuentas a la directiva de Florentino Pérez ante la posibilidad -¿les suena?- de que el estadio de la Castellana incorpore a su sagrado nombre una marca comercial.

El comentario del periodista me ha maravillado. Ha lamentado que el Madrid siga "el ejemplo del Barcelona, cuyos socios se sienten dueños del club". Mi pensamiento inmediato ha sido: Barcelona y Madrid, tan cerca y tan lejos. En vez de tender hacia la convergencia, tengo la sensación de que cada día nos alejamos más, porque no se pueden tener concepciones más contrastadas de cómo vivir en sociedad.

No es que la apreciación del periodista fuera ofensiva, ni mucho menos. Más bien era reveladora de una mentalidad colectiva. Que un socio pelado dé un paso adelante y pida explicaciones al presidente no debería verse como una excentricidad, una anomalía del sistema. "Los socios del Barça se sienten dueños del club" dicho así, como quien describe una característica exótica del club catalán, me parece un síntoma alarmante. ¡Es que los socios son los dueños del club!. Y, si me permiten la disgresión, la soberanía recae en nosotros los ciudadanos: ni en las leyes, ni en los tribunales ni en los parlamentos.

Parece que los madridistas -¿y los madrileños?- no se sienten con derecho a decidir, sino condenados a soportar estoicamente todo lo que emana de sus clases dirigentes, que son las que tienen el supremo encargo de marcar el camino a seguir. Antes por la gracia de Dios, y ahora por la gracia de los votos.

Parece pues que en la capital los socios y los ciudadanos estén solamente para cumplir y respetar los deseos de los representantes a los que eligen, con mayor o menor fortuna, cada cuatro años. En el caso del Real Madrid ni eso, porque se pueden contar con los dedos de una mano las veces que los socios blancos han podido escoger entre más de una opción en unas elecciones presidenciales.

No olvidemos que después de la guerra civil, las primeras elecciones a la presidencia blanca con más de un candidato fueron en 1991: 55 años sin ejercer el derecho a decidir. Y tan panchos. En cambio, en el Barça se votaba incluso en plena dictadura, y las directivas de los últimos años del franquismo se hartaron de pedir la democratización de las estructuras federativas, dicho así, con todas las palabras. Sí, el Barça era una "casa de barrets". Pero digan lo que digan, con su forma de organizarse proclamaba a los cuatro vientos su profundo antifranquismo y su ansia irrefrenable de libertad.

Será que el catalán no comparte el fatalismo castellano: tiene un espíritu rebelde, una conciencia crítica que le impide conformarse con los designios emanados de sus representantes. Y a veces esto proyecta una imagen de desunión y de conflicto interno. Pero esa es la fuerza de las sociedades con madurez democrática: la sana crítica provoca pequeñas crisis que son la forma en las que los colectivos progresan. La ausencia de debate favorece la paz social, efectivamente. Pero cuidado con la paz social, que se parece mucho a la paz de los vencedores o a la paz de los cementerios.