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El diario El Mundo publica una información según la cual Oriol Junqueras, presidente de ERC, participó este Jueves santo en una procesión organizada por sus conciudadanos en Sant Vicenç dels Horts. Eso es noticia, y destacada. Un líder político republicano, de izquierdas e independentista en un desfile procesionario, hombro con hombro con otros ciudadanos de clase trabajadora, compartiendo unos mismos valores humanos, parece algo exótico, fuera de la lógica. Y por lo tanto merece un titular.

En la semana santa malagueña cada año una sección de la Legión desembarca el Jueves santo a mediodía, acude a la cofradía de Mena y escolta con paso marcial y cánticos belicistas una imagen de Cristo crucificado. Ello no se considera noticia, sucede todos los años y a nadie le llama la atención esa estrecha simbiosis entre lo cristiano y lo bélico, esa aparente conjunción de intereses entre el mensaje de paz y amor universal que inspira y anima el símbolo de la cruz con la apología de la guerra y el ultranacionalismo que subyacen en la liturgia militar y en el himno del Tercio, “el novio de la muerte”:

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera».

El culto al combate, la apología del heroísmo guerrero, la exaltación de la muerte para que el hombre se lance sin miedo contra el hombre, la promoción del odio al enemigo, al que no pertenece a la tribu, son principios que, aparentemente, no casarían muy bien con lo que se supone que predicó aquél que está representado en la figura que los caballeros legionarios, con gran fervor, pasean por toda la ciudad de Málaga.

Esta exótica asociación, a diferencia de lo que ocurre con Junqueras, no llama la atención a creyentes y amantes en general de la semana santa. No sólo eso, sino que además, en los últimos años, está acaparando poco a poco la proyección pública de esta fiesta popular. La visita de la Legión convulsiona la celebración pascual, condiciona todos los actos y monopoliza el interés de los medios. Para muchos españoles, la semana santa de Málaga son Antonio Banderas y el atronador redoble sobre el asfalto de las botas de los legionarios a 160 pasos por minuto. Lo aparatoso sustituye a lo esencial, lo llamativo desplaza a lo fundamental, lo noticioso transfigura la realidad y desvirtúa lo profundo.

Es cierto: los militares tienen presencia en muchas de las cofradías, pero normalmente permanecen en un discreto segundo plano para no distorsionar lo que es en realidad esta celebración, una expresión de cultura y tradición profundamente arraigada de forma transversal en todos los barrios de la capital: desde la distinción y exclusividad del Limonar hasta el profundo sentir popular de la Trinidad. 160 personas de diferente extracción social y de muy diversa sensibilidad religiosa, debajo de cada trono, comparten de forma radicalmente democrática el esfuerzo para hacer posible un objetivo común: acercar los símbolos a sus conciudadanos, celebrar de forma conjunta y sin intermediarios los referentes comunes del colectivo social. Esto no es algo habitual ni corriente en nuestros días. Pero no es espectacular ni llamativo y, por lo tanto, desgraciadamente no es noticia.

Háganme caso, la semana santa malagueña no es ni Banderas ni mucho menos la Legión. Para mí, la semana santa malagueña son las cofradías de barrio que se organizan como sociedad civil, que funcionan como una red solidaria durante el año y que en estas fechas salen a la calle para reivindicar lo cotidiano: el poder del esfuerzo colectivo frente a la endeblez del individualismo, el valor del amor y la paz frente al materialismo y la guerra, la patria común de la humanidad frente al etnocentrismo ultranacionalista.

A lo mejor es una forma muy particular de verlo y no soy el más indicado para hacerse determinadas preguntas, pero… antes que novios de la muerte, ¿no preferiría Cristo a novios de la vida? Yo en las procesiones malagueñas veo a muchos más amantes de la vida que de la muerte. Pero esa es solamente la percepción personal de uno más de los muchos que, cada año, arriman el hombro para que la Virgen de la Zamarrilla salga a las calles de Málaga.

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