El debate político en Cataluña ha pasado de ser un apacible estanque de aguas templadas a un torrente jalonado de cataratas, rápidos turbulentos, y alguna inoportuna roca en mitad de la corriente. En los años ochenta y noventa, los periodistas de política catalana eran como aburridos arqueólogos que tenían que entresacar pacientemente el titular de la más bien anodina actualidad diaria. El cronista del Parlament, de hecho, tenía que acudir a su trabajo armado de crucigramas y sudokus para no perecer de inacción.

Hoy en día, esto ha cambiado. No hay mucha diferencia entre Jesús Calleja, el alpinista de Cuatro, y un periodista especializado en política catalana: no hay día sin sobresalto, reto inalcanzable u obstáculo que salvar. ¿Y los contertulios? indiana Jones a su lado, un oficinista con manguitos.

Lo último en esta alocada carrera informativa es detectar el más insignificante indicio de crispación política en Cataluña. Ya los sustantivos empleados pierden su sentido original: Miguel Ángel Rodríguez, el Nerón de las ondas, proclamó esta semana que lo del bofetón a Pere Navarro fue un acto de terrorismo. No sé lo que fueron los asesinatos de ETA entonces. O a lo mejor es que a MAR le aterrorizan más las urnas que las armas, que todo podría ser.

Amaneces un día en tu casa envuelto en una aparente paz social cuando… ¡cuidado!: en los titulares de la radio advierten de que han arrojado pintura en una sede del Partido Popular. Ah no, que es en Barajas y es el duodécimo-quinto ataque en pocos meses. Pero entonces no tiene nada que ver con el desafío soberanista. Tranquilos, no es un acto de terrorismo. Será simple violencia de los antisistema o crispación auspiciada por los perriflautas de Ada Colau. Habrá que preguntarlo a MAR o a Marhuenda, que son los que controlan este tipo de matices semánticos.

¿Y yo, que cuando voy a Cataluña lo que veo es un debate sereno? Un poco machacón y obsesivo, pero muy cívico todo. Casi demasiado, porque con tanta movilización coreografiada, manifestación unitaria y acto simbólico lo nuestro empieza a parecer un parque temático de la reivindicación. En Cataluña pueden pasar muchas cosas, pero no un estallido social: no es estético. Estamos en un punto en el que hasta las revoluciones tienen que ser de “diseny”, las banderas tienen que combinar y los eslóganes ser de una depurada corrección política. ¡Nos han cambiado a los milicianos anarquistas por monitores de “esplai”!

Total, que antes moriremos de un ataque de estética que de un alboroto. Así ha sido siempre y así continuará siendo Cataluña.

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