Las declaraciones de Bartomeu sobre la presunta existencia de una mano negra contra el FCBarcelona son de las que hacen daño de verdad a la imagen del club y, de paso, a la de Catalunya y sus legítimas aspiraciones políticas.

¿Es posible hacerlo tan mal? Dudo que fuera posible hacerlo peor. Su estrategia de comunicación (de existir) no solamente no sirve para nada sino que agrava su situación en todos los frentes: en el interno, porque ya han salido voces de sus colaboradores sensatos desmarcándose de la teoría de la conspiración. En el externo porque nadie se cree su denuncia, ni propios ni extraños. Creo que desde la época de Gaspart que los culés no sentíamos tanta vergüenza de nuestro presidente, con alguna aportación estelar de Sandro Rosell.

Y los que vivimos en la capital, más todavía. Porque con sus teorías infantiles de monstruos en el armario y contubernios florentino-masónicos, Bartomeu también consigue quitarle credibilidad a otras demandas de Catalunya.

Fernando Ónega, que es un comentarista que dice sobre Catalunya una cosa cuando habla en Madrid y otra bien distinta cuando escribe en la Vanguardia (¿no eran los nacionalistas los del doble lenguaje?) aprovechaba esta semana la coyuntura para proclamar una de sus preguntas favoritas: “por qué tienen los catalanes esa irreflenable pulsión victimista?”.

Una vez más, las fuerzas centralizadoras se apoyan en la impericia de algunos conciudadanos nuestros para lanzarnos su habitual letanía de reproches. Esta vez, con toda la razón si focalizasen en Bartomeu. Pero ya sabemos que ellos aprovechan para darle al botón del riego por aspersión.

¿Qué pretendías, Bartomeu? ¿Tener munición para presentarte a la reelección? Corrijo: a la elección, porque hasta ahora las urnas solamente las has visto desde lejos. Pues que sepas que esa pólvora está mojada: el socio blaugrana quiero pensar que ha dejado atrás ya el discurso del lamento perdedor.

Lo teníamos claro cuando el victimismo venía de la meseta en forma de teorías del villarato. Y lo tenemos claro ahora que vienen del barrio de Les Corts envuelto en una estelada más falsa que un duro de dos caras. Bartomeu con la estelada es tan creíble como Florentino con la hoz y el martillo. No cuela.

Da la cara, Bartomeu. Deja las banderas que hasta ahora has ignorado, y defiéndete tú solito. Las épocas del lloriqueo han terminado. El Barça ya no es un club perdedor. Y si tú lo eres, deja paso al futuro y márchate.