Últimamente se oyen por Madrid, nuestra ciudad de adopción, muchos mensajes apocalípticos. Sé que no necesitas explicaciones, porque está todo más que hablado entre tú y yo sobre la cuestión nacional. Pero aún así he querido aclarar algunos puntos por escrito, para que no te quede ninguna duda.

Para empezar, una obviedad: a pesar del lenguaje empleado por algunos mandatarios y periodistas capitalinos, no va a pasar nada traumático. Y mucho menos nada que afecte a nuestra amistad.

No sé de ninguna amistad que se haya terminado por tener una frontera administrativa de por medio. Aunque surja una frontera más, no habrá ni una amistad menos.

Hemos hablado una infinidad de veces de la relación entre Catalunya y España. Ambos nos sentimos muy distantes de cualquier nacionalismo excluyente o de imposición. También de los patriotismos exacerbados. Le damos a nuestro país el valor que tiene. Cada cuál tiene el suyo, y ello no es motivo de exaltación ni de riña.

Entiendes que la relación entre Catalunya y España nunca ha sido fluida. Entiendes que principalmente el PP, pero también el PSOE y el nacionalismo autonomista, han intentado sacar rédito electoral de ese desencaje. Entiendes que el quebranto de legitimidad democrática a raíz del Estatut nos llevó a una situación insostenible. Una vez más bajo la presión de los estrategas electorales del PP. Recuerda que íbamos juntos por la calle cuando nos pedían firmas “contra los catalanes”. Y entiendes por fin que, desde entonces, la propia lógica del radicalismo democrático nos lleve a pedir la superación del actual marco legal.

Porque en el fondo, y también está más que hablado contigo, estamos (aunque no lo parezca) en el mismo barco. Nuestros hermanos mayores se consideraban ciudadanos del mundo. Nosotros, tú y yo, decimos que pertenecemos a la nación de los que quieren tener el control sobre su propio futuro. Y queremos hacerlo de la única forma conocida de evitar el totalitarismo: votando.

Mi miedo es el mismo que el tuyo: que unos pocos secuestren con nocturnidad la voluntad de una mayoría. Que un sistema basado en el esclerótico poder de los partidos se lleve por delante la legitimidad democrática. Que en unos pocos despachos se diseñe nuestro futuro colectivo.

La revolución democrática que sacude Catalunya está empezando a hacer lo propio en España. Es cuestión de tiempo. La ceguera de los dirigentes es la mayor garantía de que nuestros pueblos volverán algún día a encontrarse en el camino. Siempre que ambos, libremente, así lo deseen.

Tú y yo, mientras tanto, seguiremos yendo libremente de cañas por Madrid y arreglando a España y a Catalunya.

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