Ante la incertidumbre internacional a la que nos vemos abocados, van cobrando más y más sentido manifestaciones como la Semana Santa de Málaga. La tradición, las muestras de respeto a los símbolos y la exaltación del amor actúan cada año como una vacuna y un bálsamo contra el integrismo religioso y la instrumentalización del odio como catalizador ideológico.

Es una costumbre popular, sí. Pero las costumbres populares las moldean los grupos humanos, y no a la inversa. Civismo religioso y sociocultural frente a totalitarismo ciego. Dos formas opuestas de entender el sentimiento religioso.

Ciertamente, la primera impresión al recorrer las calles de Málaga, el Jueves Santo bajo el trono de la Zamarrilla, fue pensar: “en la calle hay menos gente que otros años”. ¿Habrá hecho mella el temor a un posible atentado jihadista?

La segunda lectura, más reposada (nueve horas dan bastante de sí), le da la vuelta al argumento: a cambio de cada ciudadano que ha preferido quedarse en casa, ¿cuántos han hecho el esfuerzo individual pero también cívico de pensar que donde hay miedo no cabe nada más, y que no podemos permitir que nadie nos dicte cómo tenemos que entender las relaciones humanas, cómo esculpir nuestros vínculos sociales, qué importancia darle a los derechos individuales y colectivos..

Ya no es sólo una cuestión de defender unos valores culturales que ha costado mucho conquistar: la igualdad entre el hombre y la mujer, la justicia social, la garantía de unos servicios públicos para evitar la exclusión social. Está en peligro mucho más.

Cuando el miedo entra en escena, sacude la misma concepción de la condición humana. Vuelve el individualismo más salvaje y se deshacen como un azucarillo los avances sociales. El único objetivo de la vida pasa a ser la salvaguarda de la propia vida, y todos lo demás matices se desmoronan y caen hacia peldaños más bajos de la escala de valores.

Se produce entonces un regreso a momentos históricos donde no existía otro motor social que la lucha por el poder, como un fin en sí mismo. Donde los que pretendían imponer su voluntad solamente necesitaban del miedo para hacerse respetar. No hacía falta convencer, con vencer era suficiente.

El jihadismo es la fuerza que nos quiere arrastrar de nuevo hacia ese reduccionismo máximo, a la simplificación minimalista de los equilibrios socioculturales. Todo lo que no pertenezca a la ley que no emana del Pueblo sino de su Dios es un estorbo a la aplicación de dicha ley. Y para la instauración y perpetuación de este esquema, la fuerza, el odio y el miedo son las herramientas más eficaces.

Yo veo la Semana Santa malagueña como uno de los muros de contención contra la sinrazón religiosa de los que podemos hacer gala. Repetir una liturgia año tras año, venerar las mismas imágenes en las mismas fechas y siguiendo los mismos protocolos, y hacerlo de forma alegre pero respetuosa, emotiva pero silenciosa, y expresando valores como el amor al prójimo (la empatía), la comunión (solidaridad) o la fe (desear el bien propio y ajeno), son una muestra de civilización avanzada, madura y rica en matices.

Nos conecta con lo mejor de nuestro pasado, con nuestras convicciones atávicas, con un mensaje intergeneracional de equilibrio, de seguridad, de orden frente al caos y de optimismo.

La resistencia al miedo, la voluntad y el deseo de seguir siendo lo que se era individual y colectivamente, de no perder la costumbre de verse, tocarse y apretujarse en las calles si es necesario, es un grito silencioso pero atronador de “no podréis cambiarnos”. Y yo pienso seguir gritándolo mientras pueda.