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Ante la incertidumbre internacional a la que nos vemos abocados, van cobrando más y más sentido manifestaciones como la Semana Santa de Málaga. La tradición, las muestras de respeto a los símbolos y la exaltación del amor actúan cada año como una vacuna y un bálsamo contra el integrismo religioso y la instrumentalización del odio como catalizador ideológico.

Es una costumbre popular, sí. Pero las costumbres populares las moldean los grupos humanos, y no a la inversa. Civismo religioso y sociocultural frente a totalitarismo ciego. Dos formas opuestas de entender el sentimiento religioso.

Ciertamente, la primera impresión al recorrer las calles de Málaga, el Jueves Santo bajo el trono de la Zamarrilla, fue pensar: “en la calle hay menos gente que otros años”. ¿Habrá hecho mella el temor a un posible atentado jihadista?

La segunda lectura, más reposada (nueve horas dan bastante de sí), le da la vuelta al argumento: a cambio de cada ciudadano que ha preferido quedarse en casa, ¿cuántos han hecho el esfuerzo individual pero también cívico de pensar que donde hay miedo no cabe nada más, y que no podemos permitir que nadie nos dicte cómo tenemos que entender las relaciones humanas, cómo esculpir nuestros vínculos sociales, qué importancia darle a los derechos individuales y colectivos..

Ya no es sólo una cuestión de defender unos valores culturales que ha costado mucho conquistar: la igualdad entre el hombre y la mujer, la justicia social, la garantía de unos servicios públicos para evitar la exclusión social. Está en peligro mucho más.

Cuando el miedo entra en escena, sacude la misma concepción de la condición humana. Vuelve el individualismo más salvaje y se deshacen como un azucarillo los avances sociales. El único objetivo de la vida pasa a ser la salvaguarda de la propia vida, y todos lo demás matices se desmoronan y caen hacia peldaños más bajos de la escala de valores.

Se produce entonces un regreso a momentos históricos donde no existía otro motor social que la lucha por el poder, como un fin en sí mismo. Donde los que pretendían imponer su voluntad solamente necesitaban del miedo para hacerse respetar. No hacía falta convencer, con vencer era suficiente.

El jihadismo es la fuerza que nos quiere arrastrar de nuevo hacia ese reduccionismo máximo, a la simplificación minimalista de los equilibrios socioculturales. Todo lo que no pertenezca a la ley que no emana del Pueblo sino de su Dios es un estorbo a la aplicación de dicha ley. Y para la instauración y perpetuación de este esquema, la fuerza, el odio y el miedo son las herramientas más eficaces.

Yo veo la Semana Santa malagueña como uno de los muros de contención contra la sinrazón religiosa de los que podemos hacer gala. Repetir una liturgia año tras año, venerar las mismas imágenes en las mismas fechas y siguiendo los mismos protocolos, y hacerlo de forma alegre pero respetuosa, emotiva pero silenciosa, y expresando valores como el amor al prójimo (la empatía), la comunión (solidaridad) o la fe (desear el bien propio y ajeno), son una muestra de civilización avanzada, madura y rica en matices.

Nos conecta con lo mejor de nuestro pasado, con nuestras convicciones atávicas, con un mensaje intergeneracional de equilibrio, de seguridad, de orden frente al caos y de optimismo.

La resistencia al miedo, la voluntad y el deseo de seguir siendo lo que se era individual y colectivamente, de no perder la costumbre de verse, tocarse y apretujarse en las calles si es necesario, es un grito silencioso pero atronador de “no podréis cambiarnos”. Y yo pienso seguir gritándolo mientras pueda.

La intervención de Gerard Piqué ante los periodistas deportivos (¿o sería mejor llamarles contertulios del Chiringuito?) que cubrían el Francia-España del martes me sugiere una serie de preguntas:

  • ¿Tiene que ser Gerard quien cargue con la responsabilidad de ejercer como portavoz del barcelonismo? Algunos le agradecemos la gallardía, principalmente ante la dejación de funciones de la directiva. Pero quizás Gerard debería poder centrarse en jugar, que es para lo que le pagan. La timorata intervención posterior del vicepresidente Jordi Cardoner no cambia ni un ápice esta apreciación.
  • Los periodistas que preguntan a Piqué repetidamente por los temas “calientes” que saben que les van a proporcionar carnaza, cómo se atreven luego a contestarle en tono recriminatorio? ¿Están allí para informar o para opinar? Compañeros, si preguntáis, luego a transcribir y a callar.
  • Por mucho que salga el jefe de lo penal de la abogacía del Estado a decir misa, ¿alguien en España todavía duda de la connivencia entre el Real Madrid y los poderes fácticos del Estado? ¿Alguien duda del pacto del silencio en los medios de comunicación respecto al Florentino power?

He estado dos veces en mi vida en el palco del Bernabeu. Mis conclusiones:

  • Tienes la sensación de estar ante la concentración de poder más grande que se pueda ver en la capital de España. Mucho más que en la recepción del 12 de Octubre en el Palacio Real, donde principalmente se ven militares, periodistas, políticos, representantes diplomáticos y algún empresario de rango medio. En el Bernabeu, en cambio, se ven todos los peces gordos: presidentes de compañías del Ibex35, magistrados del Tribunal Constitucional y del Supremo, los ministros y secretarios de Estado con más tajada en los presupuestos generales, abogados del Estado, y altos funcionarios en general. En serio quieren comparar lo que sucede en ese palco con lo que sucede en el del Camp nou? ¿En serio?
  • Florentino, como buen pupilo de Santiago Bernabéu, utiliza su influencia en beneficio del Real Madrid y pone al Real Madrid al servicio de los altos poderes del Estado. Y si de paso hay algo para ACS, su empresa, pues bienvenido sea.
  • El Santiago Bernabeu tiene palcos acristalados alquilados por las grandes corporaciones de este país. Yo estuve invitado en una ocasión en el palco que tiene en exclusiva la compañía Telefónica: unas veinte plazas asistidas por dos simpáticas azafatas que te ofrecen todo tipo de bebidas alcohólicas. Cuando luego lees que Florentino ha cerrado con Telefónica  un multimillonario acuerdo de patrocinio, terminas de atar cabos. Les aseguro que todo lo que pueda decir Gerard Piqué es poco.

 

Llevar un trono de Semana Santa en Málaga es como ver un plano secuencia de las caras de sus ciudadanos. Desde tu perspectiva como portador de un varal exterior de la Zamarrilla, ves los ojos del público mirando hacia arriba, y cómo la sombra del palio de la Virgen va oscureciendo sus rostros alzados, ora en silencio, ora al son de las marchas solemnes. A nuestro paso, solamente aplausos y emoción contenida.
La devoción por la Virgen aúna barrios, sensibilidades, sexos y edades. No hay distinción: desde niños de pecho que abren los ojos sin saber todavía articular palabra y señalan la imagen coronada, hasta gente mayor que se santigua y reza. Desde las sillas de camping y la fiambrera con tortilla de la tribuna de los pobres, a los palcos de pago y los pañuelos de Cartier en la calle Larios. Algo tiene lo que llevamos a hombros que actúa de forma analgésica sobre una sociedad donde, si algo abunda, es la desigualdad. En Málaga y en Alcorcón.
En la calle Carretería dos mujeres se insultan porque una ha ocupado la primera fila cuando la otra llevaba más tiempo esperando para ver a la Virgen de cerca. Unos metros más allá, después de dar la curva de 180 grados y enfilar el pasillo de Santa Isabel, en la cuesta que lleva al puente de la Aurora, una señora llora sin dejar de mirar la imagen de la Virgen. Su hija la abraza desde atrás y la besa. Llevar el trono también es ver un plano secuencia de las emociones: desde las más bajas pasiones hasta el amor en su expresión más pura. Como la vida misma.
Y tú, con el varal hincado en el hombro, vas pensando que muy pocas ocasiones hay en la actualidad de contemplar un fresco social y emocional en estas condiciones igualitarias. En un país donde los políticos son incapaces de gestionar el fraccionamiento del parlamento no se le puede pedir a la gente que sea un dechado de responsabilidad cívica o de altruismo solidario.
Y en cambio, en el mundo del aislamiento individualista del móvil y los auriculares, hay muchos de estos ciudadanos que saben encontrar la motivación necesaria para salir a las callejuelas y apretarse al paso de los tronos. Misterios insondables y maravillosos de la Semana Santa.
Si los no creyentes también disfrutamos de la Navidad como una exaltación del amor familiar, ¿por qué no podemos vivir la Semana Santa como una celebración de la transversalidad social e ideológica?
Al fin y al cabo, no creo que el concepto de prójimo ande tan lejos del de conciudadano.

imageCuando se hablaba, al principio del procés, de que este sería largo y que nos traería malos momentos, supongo que se referían a episodios como el que estamos viviendo ahora mismo.
Escribo desde la perspectiva del que no es votante de Mas, vive alejado del día a día de la política catalana, y para más inri reside en la capital. No de la República catalana, sino del Reino de España.
Quizás es esta triple distancia la que me permite hacer determinadas reflexiones. Disculpen si las encuentran algo pueriles o inocentes: no doy para más.
Llevo días preguntándome por qué hay tanta gente que dice que no es posible un acuerdo entre Convergencia-ERC y la CUP. Recuerdo, cuando era niño, el revuelo que se armó con la legalización del partido comunista, después de cuarenta años de dictadura militar y de una guerra civil perdida. Recuerdo también que ese PCE pasó de golpe de estar en la clandestinidad (no logro borrar de mi memoria a Carrillo con peluca) a participar activamente en los llamados pactos de la Moncloa para conseguir el hoy en día tan cacareado pacto constitucional. Si Carrillo con peluca se puso de acuerdo con Suárez (todavía con rozaduras en el pecho causadas por el yugo y las flechas), por qué no pueden Mas y la CUP jugar juntos en el patio?
Recuerdo también que los hoy feroces guardianes de la constitución son herederos políticos de los que andaban montando mesas para vender llaveros con el aguilucho en la zona de la “plaza Calvo Sotelo”, armados con porras retráctiles y luchacos. Recuerdo que para ir al comedor del CEU, en la zona universitaria de Barcelona, había que pasar por un monumento horroroso, que era el tributo a los caídos de un solo bando de la contienda española.
Son retales de mi memoria que dibujan una fotografía histórica realmente inquietante. Nadie sabía por donde podían ir los tiros (en el sentido literal, los que se escucharon el 23 de febrero del 81), y desde luego eran muchos los que desconfiaban de una España que había despedido al dictador con lágrimas en los ojos y el brazo en alto. Luego resultó que, al votar la constitución, eran todos demócratas de larga tradición. Y ahora, los de las lágrimas y el brazo, o sus herederos políticos, nos dan consejos de tolerancia y de aperturismo mental. La fe del converso, supongo.
A los que se han montado hace dos días en la atalaya de los valores democráticos y constitucionales y nos observan desde los cielos, que rebusquen un poquito en el baúl de la historia. Y verán, si se quitan las gafas oscuras, que el pacto para una transición desde dentro del régimen fue posible, una vez más, gracias a las renuncias y a la generosidad de los de siempre. Y que las nacionalidades históricas tuvieron que conformarse con las migajas de un reconocimiento rayando en la tolerancia malhumorada del nacionalismo español castellaniforme.
Demos un saltito al presente. Ahora parece que el responsable de nuestros males es el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Reclamamos a los políticos que sepan hacer política, que no gobiernen desde la prepotencia sino desde el diálogo, que sepan leer con humildad los resultados electorales, que no se suban a la poltrona y quieran conservarla cueste lo que cueste. Pues a Mas creo que se le puede decir de todo menos que sea el último mohicano de la vieja política.
Ante las negociaciones con la CUP, unos ven en la actitud de Mas una intolerable bajada de pantalones frente a los radicales antisistema y los otros lo acusan de intransigencia antisocial por no querer irse a hacer maquetas con palillos a su casa. ¡Un poco de paciencia!
Es cierto: Artur Mas tomó los mandos de un coche que venía con las ruedas pinchadas y la dirección torcida. Un partido ensuciado por los casos de corrupción y que había tiznado también una acción de gobierno en la que Mas ostentó un papel destacado.
Todo esto es cierto. En ausencia -de momento- de responsabilidades penales concretas, se le podían haber pedido a Mas responsabilidades políticas por no haber detectado/denunciado los desmanes cometidos durante la administración Pujol. Pero en las urnas, que son las que depuran este tipo de responsabilidades, Mas ha sufrido una erosión continuada pero no drástica: continúa siendo el líder más votado en las autonómicas.
Como dirigente político, Mas ha pasado por todas las vicisitudes posibles: ganar en votos pero no en escaños, ganar en escaños y no poder gobernar, tener que pactar un Estatut desde la oposición y luego que lo tumben desde el Constitucional a pesar del voto mayoritario en referéndum en Catalunya, tener que rebajar las expectativas de acuerdo a un pacto fiscal, ver como una marea soberanista le pasa por encima y decidir dejarse llevar agarrado a un tronco en plan náufrago, tener que llegar a un acuerdo con su principal adversario político en una teórica Catalunya independiente (ERC), y finalmente depender de los votos de los antisistema.
Bajo su gestión hemos vivido la ruptura de CiU y la vaporización de Unió, la división y progresivo fundido a negro del PSC, y ahora la partición justo por la mitad de la CUP.
Sinceramente: creo que un político de la vieja escuela hace tiempo que se hubiera metido en una puerta giratoria o estaría dando conferencias en Boston en un inglés macarrónico. Mas es un todoterreno político. Unos podrán decir que lo que quiere es aferrarse al cargo, ostentar poder de cualquier manera. Pero visto con una cierta perspectiva: ¿es envidiable la situación de Mas? ¿Le compensará resistir el envite unionista de todos los poderes económicos, empresariales, institucionales, policiales y judiciales del estado? Y encima, ser la obsesión particular del ministro Fernández Díaz… Uf, qué pereza.
Por el mismo precio, quedémonos con lo positivo: tenemos un presidente de la Generalitat que tiene una gran cintura para afrontar las contrariedades, mucho temple y elocuencia verbal, creatividad política, increíbles recursos como negociador, pocos apriorismos ideológicos, sentido práctico a prueba de bomba, y encima siempre pone buena cara.
¿Que prefiere usted decir que es un fariseo calculador y oportunista? Bueno, tiene usted todo el derecho. De momento, la mayoría de los catalanes sigue confiando en sus capacidades políticas y eso, siendo prácticos, es lo que cuenta.

Con muy buena fe (¿demasiada?), colgué la semana pasada un post titulado “a mi amigo” en el que exaltaba la buena disposición de personas de mi entorno, en Madrid, para entender y atender determinadas reivindicaciones de Catalunya. Venía a decir que a lo mejor no todo estaba perdido en la relación entre Catalunya y España…

Pero esta semana un encuentro en la tercera fase me ha puesto cara a cara con otra realidad.

Fue una conversación privada durante una fiesta con una persona que todos ustedes conocen, un contertulio televisivo muy popular (dicho con toda la mala intención) que en distintas ocasiones se ha significado por tener opiniones bastante explosivas respecto a Catalunya.

La fiesta estaba empezando, así que mi interlocutor no tenía ni la excusa de un alto nivel etílico.

Por ser una conversación privada no voy a revelar el nombre de esta persona. Pero creo que para tener una visión panorámica de las opiniones que se escuchan en Madrid estos días merecía la pena reproducirla aquí.

Interlocutor – Qué, traes el pasaporte?

Yo- No, me lo están haciendo. Cuando esté listo te lo mostraré, te va a encantar.

I – ¿Ah sí? Bueno. Y en qué Liga váis a jugar, porque en la española no…

Yo – Ya, la española os la dejaremos para los del Madrid, a ver si así ganáis algo.

I – Será que no hemos ganado nada en los últimos trenta años…

Yo – Bueno, hace treinta años ganábais más que ahora.

I – Y qué crees que va a pasar el día 27?

Yo – Nada, no pasará nada. Se verá cuantos somos los que nos queremos ir, y ya está. De momento.

I – Pero qué queréis conseguir, si sois sólo 800 mil?

Yo – ¡Ah, que tú nos has contado ya! Espérate al 27 por la noche, hombre…

I – Pero a ver, vosotros ¿qué queréis? ¿Qué pedís?

Yo – Una relación de tú a tú con el Estado, por de pronto.

I – Eso no puede ser, porque no estáis solos en España.

Yo – Claro, pues por eso nos queremos ir.

I – Ya, pero para conseguir eso, hay que estar dispuesto a morir y matar. ¿Vás a morir y matar?

Yo – No, amigo. No va a haber ni un solo tiro, sólo un movimiento pacífico y popular.

I – No tan pacífico. ¿Tu crees que yo puedo pasearme por Barcelona sin temor a que me agredan?

Yo – Tú no puedes ni pasearte por Madrid tranquilamente, con las cosas que has dicho por la tele. ¿Tú crees que si yo hubiese defendido la independencia por la tele podría pasearme tranquilamente por la Castellana?

I – Aquí estás, ¿no?

Yo – Si hombre, porque la mayoría de estos no saben lo que pienso, si no igual me echan a hostias.

I – Lo único que habéis conseguido es romper Cataluña, habéis hundido a Cataluña.

Yo – Sí claro, con vuestro permiso. Estáis muy locos si creéis que amenazando vais a conseguir acojonarnos ya. Mandad los tanques, que se van a comer una buena mierda (aqui ya el tono dejó de ser de compadreo).

I – Siempre estáis con los tanques.

Yo – Claro coño, ¿no me decías que querías morir y matar? ¿Pues cómo pensáis hacerlo? ¿A pellizcos?

I – Vaís de pacíficos y no es cierto, hay mucha división y violencia en Catalunya.

Yo – Veo que conoces Catalunya a fondo.

I – No váis a conseguir nada, es imposible.

Yo – Eso lo veremos, al menos vamos a intentarlo. Y la prepotencia de gente como tú nos está ayudando bastante, la verdad.

Os aseguro que esta fue la literalidad de la conversación.

De la misma forma que la semana pasada yo albergaba algún optimismo, hoy lo veo negro.

Este domingo, hay que responderle a este señor de la mejor forma. Votando.

Últimamente se oyen por Madrid, nuestra ciudad de adopción, muchos mensajes apocalípticos. Sé que no necesitas explicaciones, porque está todo más que hablado entre tú y yo sobre la cuestión nacional. Pero aún así he querido aclarar algunos puntos por escrito, para que no te quede ninguna duda.

Para empezar, una obviedad: a pesar del lenguaje empleado por algunos mandatarios y periodistas capitalinos, no va a pasar nada traumático. Y mucho menos nada que afecte a nuestra amistad.

No sé de ninguna amistad que se haya terminado por tener una frontera administrativa de por medio. Aunque surja una frontera más, no habrá ni una amistad menos.

Hemos hablado una infinidad de veces de la relación entre Catalunya y España. Ambos nos sentimos muy distantes de cualquier nacionalismo excluyente o de imposición. También de los patriotismos exacerbados. Le damos a nuestro país el valor que tiene. Cada cuál tiene el suyo, y ello no es motivo de exaltación ni de riña.

Entiendes que la relación entre Catalunya y España nunca ha sido fluida. Entiendes que principalmente el PP, pero también el PSOE y el nacionalismo autonomista, han intentado sacar rédito electoral de ese desencaje. Entiendes que el quebranto de legitimidad democrática a raíz del Estatut nos llevó a una situación insostenible. Una vez más bajo la presión de los estrategas electorales del PP. Recuerda que íbamos juntos por la calle cuando nos pedían firmas “contra los catalanes”. Y entiendes por fin que, desde entonces, la propia lógica del radicalismo democrático nos lleve a pedir la superación del actual marco legal.

Porque en el fondo, y también está más que hablado contigo, estamos (aunque no lo parezca) en el mismo barco. Nuestros hermanos mayores se consideraban ciudadanos del mundo. Nosotros, tú y yo, decimos que pertenecemos a la nación de los que quieren tener el control sobre su propio futuro. Y queremos hacerlo de la única forma conocida de evitar el totalitarismo: votando.

Mi miedo es el mismo que el tuyo: que unos pocos secuestren con nocturnidad la voluntad de una mayoría. Que un sistema basado en el esclerótico poder de los partidos se lleve por delante la legitimidad democrática. Que en unos pocos despachos se diseñe nuestro futuro colectivo.

La revolución democrática que sacude Catalunya está empezando a hacer lo propio en España. Es cuestión de tiempo. La ceguera de los dirigentes es la mayor garantía de que nuestros pueblos volverán algún día a encontrarse en el camino. Siempre que ambos, libremente, así lo deseen.

Tú y yo, mientras tanto, seguiremos yendo libremente de cañas por Madrid y arreglando a España y a Catalunya.

imageNo son sólo 260 hombres debajo de 4500 kg de trono. Mientras la imagen de María Santísima de la Amargura Coronada, la popular Virgen de la Zamarrilla, se mecía al compás de las marchas de Semana Santa por las calles de Málaga, en la noche del Jueves Santo, me dediqué a pensar que formábamos parte de una catarsis colectiva que iba mucho más allá de la celebración ritual católica.

No es la primera vez que lo pienso. Al fin y al cabo, ocho horas de procesión son, lo quieras o no, una clara invitación a la meditación en todos los ámbitos existenciales.

Hay un simbolismo bastante obvio en la representación de un grupo de personas arrimando el hombro para conseguir un objetivo común, repartidendo el esfuerzo de forma igualitaria, sin quejas, sin afán de protagonismo, y sin otro combustible que la pura solidaridad. Es evidente constatarlo, pero no es tan evidente experimentarlo.
Es al pasar tú mismo por esa experiencia cuando te das cuenta de las pocas ocasiones que se te ofrecen en la vida de sentir algo parecido.

No está pensada la sociedad de consumo y de la globalización para sentir que formamos parte de un todo. Formamos parte de un censo electoral, de los archivos del ministerio de Hacienda, y también quizás de algún chat de whatsap. Pero vivimos la socialización a través del individualismo más absoluto. Vivimos solos en sociedad.

Por ello no estaría de más que nos receten, aunque sea muy de vez en cuando, sentir el aliento de nuestros congéneres. Y no en el metro en hora punta, donde apenas nos miramos, sino en este tipo de tradiciones populares tan arraigadas como evocadoras.

Quizás las procesiones de Semana Santa sean ya, fíjense lo que llega uno a pensar con el varal incrustado en el hombro, de las pocas formas que nos quedan de recordar que es imposible cualquier conquista humana sin nuestros conciudadanos.

Debajo del trono se siente el peso de las 4 toneladas y media, pero se experimenta también un empuje ligeramente superior que surge de sus portadores y que permite levantar la estructura y moverla. Esa es la formidable energía transformadora que se moviliza en un trono: no la de la gravedad, sino la que va en sentido contrario, desde abajo hacia arriba.

Esta interpretación casi marxista -con perdón- de la Semana Santa viene reforzada, en los tiempos que corren, por otras consideraciones. La resurrección y muerte de Jesús de Nazareth simboliza la regeneración que sucede a toda catarsis, la muerte asociada siempre al renacimiento en una filosofía que ve la existencia humana como una sucesión perenne de ciclos.

Me dio por pensar también debajo del trono, no sé si sería por la Alameda o ya por el empedrado de la calle Larios, que todo lo que acaba vuelve a empezar, que a cada noche le sucede un amanecer, a cada invierno una primavera, y a cada cambio una nueva realidad. Y quiero creer que, después de ocho años de invierno, nos toque ya cambiar de estación.

El nuevo ciclo no llegará -por mucho que se empeñen- porque los políticos reciten el mantra del final de la crisis. Llegaremos a él sólo a condición de que sepamos generar el mismo empuje desde abajo hacia arriba que mueve el trono de la Zamarrilla, el del Cristo de los Milagros, y los de las más de 40 cofradías malagueñas.

Una fuerza colectiva en la que no caben ni lamentos ni protagonismos exacerbados, y que reclama un reparto equitativo del esfuerzo.

He tenido, por motivos que no vienen a cuento, la ocasión de asistir a un pase privado del documental “La Rosa de Fuego”, dirigido por Manuel Huerga y producido por Mediapro. El del documental siempre ha sido un género que me ha encantado. Y de hecho, es de los pocos géneros de los que se puede decir que tiene pasado, presente y futuro.

El documental en cuestión es una visión panorámica de Barcelona. Retrata su geografía física y política en el momento actual pero también en algún pasaje histórico. Está rodado en 3D tanto en la forma como en el fondo, porque no solamente ofrece una visión tridimensional de los monumentos, calles, avenidas, y locales sino que también del momento socio-político en el que nos encontramos.

Aparecen las manifestaciones soberanistas, las del 15-M, las celebraciones barcelonistas e incluso los conciertos del Fórum o del Club Super 3. Las grandes concentraciones humanas se entremezclan con pequeñas tramas particulares, como la de la chica japonesa que cambia a su novio, canoso y malhumorado, por un joven y apuesto camarero todo sonrisas. ¿Una metáfora del proceso soberanista que vive Catalunya?.

La voz en off (Serrat en castellano, Guardiola en catalán y Woody Allen en inglés, todo un tridente al estilo Neymar-Suárez-Messi) revolotea, como el propio objetivo de la cámara, entre las tres dimensiones básicas de la ciudad: su gente, sus tradiciones y sus anhelos. Las piedras, el asfalto, los edificios, las montañas y el mar no son más que el marco que realza este inmenso fresco de emociones que va y vuelve del pasado al futuro pasando por un trepidante presente.

Es un reto gigante explicar Barcelona en 100 minutos y Huerga, bajo mi opinión, lo consigue. Transmite lo más importante: la pasión que conecta a los habitantes de esta ciudad, a los que llevan generaciones felizmente anclados en ella y los que acaban de llegar.

Según la voz en off, “Barcelona tiene algo especial”, que es algo que sabemos todos los que la conocemos y amamos, aunque solo unos pocos sean capaces de convertir esta íntima convicción en palabras.

Viendo el documental me acordé muchas veces de Ciutat Morta, otro trabajo audiovisual sobre la capital catalana que ha llegado recientemente a la gran pantalla. Son dos largometrajes que nada tienen que ver ni en planteamiento inicial ni en objetivos. Pero tienen en común que pretenden proyectar una imagen de Barcelona. Y en algunos momentos, la Rosa de Fuego, aunque empezó a rodarse mucho antes, parecía una respuesta a Ciutat Morta.

El documental de Mediapro es una bocanada de aire fresco, es una inyección de ilusión. Transmite ganas de pisar la calle, de encontrarse con los barceloneses, de protestar y quejarse pero también de construir y celebrar.

Se agradece que de vez en cuando haya alguien remando para seguir avanzando y no para retroceder recordando -y amplificando de paso- las rémoras, los obstáculos y las penalidades.

No quiero decir que no deban existir trabajos audiovisuales como Ciutat Morta. Aplaudo el esfuerzo casi heróico de sus autores para conseguir rodar, montar y distribuir la película. Pero celebro también que, aparte de constatar nuestras miserias, algunos se esfuercen por hacernos ver que también se han hecho algunas cosas bien.

Me imagino que habrá personas que saldrán de ver La Rosa de Fuego diciendo que muestra un reflejo buenista de la ciudad, que le faltan referencias a los casos de violencia policial, a los desahucios de ciudadanos corrientes -y contribuyentes- y también de okupas, a los casos de corrupción que han sacudido la ciudad, al oleaje erosivo de los turistas en manada, a los ruidos en determinados barrios o al alza estratosférica del precio de la vivienda, por citar sólo algunas de nuestras consabidas sombras.

Pero yo, qué quieren que les diga, antes que torturarme con una visión de Barcelona que parece sacada de un cuadro de la época negra de Goya, prefiero reconciliarme por fin con ella. Agradezco a Huerga y a Mediapro dos cosas: que sigan invirtiendo en documentales por un lado, y por el otro que favorezcan una mirada positiva, aunque sea una sola, sobre esta ciudad.

Las declaraciones de Bartomeu sobre la presunta existencia de una mano negra contra el FCBarcelona son de las que hacen daño de verdad a la imagen del club y, de paso, a la de Catalunya y sus legítimas aspiraciones políticas.

¿Es posible hacerlo tan mal? Dudo que fuera posible hacerlo peor. Su estrategia de comunicación (de existir) no solamente no sirve para nada sino que agrava su situación en todos los frentes: en el interno, porque ya han salido voces de sus colaboradores sensatos desmarcándose de la teoría de la conspiración. En el externo porque nadie se cree su denuncia, ni propios ni extraños. Creo que desde la época de Gaspart que los culés no sentíamos tanta vergüenza de nuestro presidente, con alguna aportación estelar de Sandro Rosell.

Y los que vivimos en la capital, más todavía. Porque con sus teorías infantiles de monstruos en el armario y contubernios florentino-masónicos, Bartomeu también consigue quitarle credibilidad a otras demandas de Catalunya.

Fernando Ónega, que es un comentarista que dice sobre Catalunya una cosa cuando habla en Madrid y otra bien distinta cuando escribe en la Vanguardia (¿no eran los nacionalistas los del doble lenguaje?) aprovechaba esta semana la coyuntura para proclamar una de sus preguntas favoritas: “por qué tienen los catalanes esa irreflenable pulsión victimista?”.

Una vez más, las fuerzas centralizadoras se apoyan en la impericia de algunos conciudadanos nuestros para lanzarnos su habitual letanía de reproches. Esta vez, con toda la razón si focalizasen en Bartomeu. Pero ya sabemos que ellos aprovechan para darle al botón del riego por aspersión.

¿Qué pretendías, Bartomeu? ¿Tener munición para presentarte a la reelección? Corrijo: a la elección, porque hasta ahora las urnas solamente las has visto desde lejos. Pues que sepas que esa pólvora está mojada: el socio blaugrana quiero pensar que ha dejado atrás ya el discurso del lamento perdedor.

Lo teníamos claro cuando el victimismo venía de la meseta en forma de teorías del villarato. Y lo tenemos claro ahora que vienen del barrio de Les Corts envuelto en una estelada más falsa que un duro de dos caras. Bartomeu con la estelada es tan creíble como Florentino con la hoz y el martillo. No cuela.

Da la cara, Bartomeu. Deja las banderas que hasta ahora has ignorado, y defiéndete tú solito. Las épocas del lloriqueo han terminado. El Barça ya no es un club perdedor. Y si tú lo eres, deja paso al futuro y márchate.

Un importante empresario catalán, Josep Lluís Bonet (Freixenet), ha salido a la palestra para decir que Cataluña debería permanecer para siempre en España. Y, en un brindis simbólico con él, Duran i Lleida ha negado el carácter plebiscitario a las próximas elecciones autonómicas.

Sabemos que Bonet y Duran consideran que sería desastroso para Catalunya convertirse en un Estado más de la Unión Europea. El presidente de Freixenet dice más. Se pregunta: “Este país, en su conjunto, ¿cuando ha estado mejor que ahora?”.

Es totalmente legítimo estar en contra de la independencia, faltaría más. Un gran empresario nunca deseará que se altere el marco administrativo en el que se desenvuelve. Los intereses económicos y comerciales siempre han sido enemigos de las transformaciones sociales. Eso nos lo sabemos. Y hasta se puede comprender. Para eso se inventó la democracia, para que los intereses de unos pocos empresarios no pesen más que los anhelos de las mayorías sociales.

Lo que se echa en falta en las declaraciones del señor Bonet es una mínima atención a lo que puede estar demandando una parte nada desdeñable del país en el que su empresa ha nacido y crecido exponencialmente. Cierto es que las grandes empresas catalanas aplaudieron y sostuvieron a la dictadura franquista. No esperemos ahora que enarbolen, entusiastas, la estelada. Pero después de 35 años de vivir en democracia era de esperar que hubiesen cultivado un poquito más su sensibilidad hacia las demandas de la calle.

Duran Lleida dijo que se iba pero parece que antes nos quiere deleitar con algunos “bises” de final de actuación. Y uno de ellos será poner todas las zancadillas que pueda al proceso soberanista. Considera que, tal como se van a plantear, las elecciones autonómicas no podrán servir para que los catalanes se manifiesten sobre si quieren permanecer o no dentro del estado español.

He escuchado atentamente si después de esta negación Duran nos ofrecía una receta milagrosa, una propuesta en positivo. Pero… ¡qué chasco! Artur Mas, al menos, propuso la transferencia de competencias, el referéndum no vinculante, el proceso consultivo y ahora las autonómicas plebiscitarias. Así que Duran pierde por un rotundo 4 a 0 y debería activar cuanto antes sus anunciados planes de repliegue.

Tanto Duran como Bonet deberían pensar que no solamente están dando la espalda a la opción independentista, sino a todos aquellos electores y clientes, respectivamente, que piden votar con garantías y que su voto tenga consecuencias en la realidad. Es decir, que piden ejercer la democracia.

La derecha catalana y los grandes empresarios supieron vivir (bien) bajo una dictadura militar. Seguro que encontrarán la manera de hacerlo, algún día, bajo una república nueva nacida de la voluntad popular.