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Hay cosas que a uno no le deberían sorprender a estas alturas de la película. Pero como periodista todavía quiero conservar un margen de mosqueo ante una transmisión tan partidista como la que realizó Televisión Española de la vuelta de la final de la Supercopa entre Atlético de Madrid y Barcelona.

Mientras imagino que la mayoría del público barcelonista seguía el partido a través de TV3, los que vivimos fuera de Catalunya lo tuvimos que hacer por la primera. Desconozco si fue una estrategia deliberada sabiendo que los espectadores serían mayoritariamente no catalanes, pero desde un principio quedó claro el sesgo claramente favorable al Atleti de los responsables de la transmisión.

Cuando a todo el que estuviera viendo el lance le quedaba más que claro qué tipo de consignas había dado Simeone a sus hombres para parar a Messi y Neymar, la voz de la televisión pública española dejó caer algunas perlas cultivadas del estilo “no podemos decir que sea un partido duro”. Pequeños detalles como el pisotón en la espada de Alves o la agresión sin balón de Filipe Luis no merecieron apenas comentario.

Una cosa es no ver las cosas y otra, mucho peor, es no querer verlas. Lo de afirmar justamente lo contrario de lo que estamos presenciando debe de ser una herencia de su pasado no tan lejano, cuando en TVE se loaban las dotes de liderazgo y el carácter heroico del caudillo. Yo era pequeño, pero ya había algo que no me encajaba cuando, acompañando a las palabras laudatorias, aparecía un abuelo decrépito con tipo de pera y voz atiplada.

Alguien podrá decirme que TV3 también es pública y tampoco es objetiva. De acuerdo. Pero la pagamos los catalanes, y por lo tanto solamente tiene que rendir cuentas ante la audiencia catalana. TVE nos cuesta a todos un riñón y nos debe explicaciones a todos. No sé cómo acabará el proceso soberanista en Catalunya, pero lo que está claro es que en TVE ya ha triunfado: la transmisión delmiércoles parecía que enfrentaba a un equipo español con otro extranjero.

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neymar 24-08-13

El efecto que irá produciendo en las gradas de España la visita del FC Barcelona con el equipaje 'almogàver‘ podría servir como plebiscito sobre el derecho a decidir de Catalunya en todo el Estado. Como parece que es tan complicado convocar consultas, ahí dejo pues esta idea.

El Barça visitaba este miércoles el Vicente Calderón, un estadio por el que circulan corrientes de aire por arriba y coches por debajo. La afición atlética, salvo lances circunstanciales del juego, no sufre espasmos epilépticos cada vez que ve una camiseta azulgrana, como sí les sucede un poco más al norte a los habitantes del territorio blanco.

En el Calderón, el azulgrana pase. Pero lo de la bandera catalana fue como tocar un resorte automático: arreciaron los insultos (podrían ir renovando el repertorio, por cierto, que nosotros nos esforzamos en darles material novedoso año a año), el agitar rabioso de banderas rojigualdas e incluso, como artista invitado, asomó la cabecita algún pollo de corral. Saque usted una bandera catalana y animará cualquier fiesta capitalina.

Estaremos de acuerdo con los colchoneros en que la equipación es cromáticamente impactante. Lacerante incluso. Vamos, que con la camiseta cuatribarrada los jugadores del Barça pueden cortar una autopista sin temor a ser atropellados. Salvo si el que conduce es Godín, claro.

Pero igual el rechazo de la grada no fue por motivos estéticos. Más bien habría que entenderlo como un voto simbólico sobre nuestro derecho a decidir: os queremos para siempre en España para seguir cultivando ese gusanillo que nos reconcome las tripas cada vez que vemos vuestros colores.

Pues eso, si les sirve de terapia -y además gratuita- no vayamos a defraudarles. Propongo que el año que viene la segunda equipación del Barça incorpore ya a las cuatro barras el triángulo amarillo y la estrella roja. Entonces, las aficiones más españolistas de todo el territorio nacional podrán echar gasolina al fuego interior y arder en su placentera hoguera de pasión.

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A los que vivimos con intensidad los años ochenta del barcelonismo (y no digamos ya a los que les tocaron los setenta y los sesenta) lo del año 2013 nos suena a música celestial. Tenemos grabado a sangre y fuego episodios como el motín del Hesperia, el ridículo estelar en la final de la Copa de Europa en Sevilla, con apedreamiento de trenes en Valencia incluida, los shows de Núñez en el palco (ahora sollozo y ahora llamo putero a Juanito), los enfrentamientos judiciales entre la directiva y Schuster, y los torpedos de ida y vuelta con el saltarín presidente Mendoza, entre muchas otras portadas XXL.

En comparación con todo aquello (y aunque decirlo empiece a sonar a batallita de abuelo cebolleta) lo de Guardiola y Tito parece sacado de un episodio de Marco o de Heidi. ¿Qué tenemos? ¿Un ex entrenador que ya no se habla con su ayudante? ¿Un entrenador que pide más cariño a su antiguo mentor? Bueno, nada que no resuelvan un par de cervezas negras en una terraza de la plaza Real, como se ha hecho toda la vida.

Me preocupa mucho más la falta de cintura de muchos seguidores barcelonistas, que se han lanzado a la batalla fratricida con un entusiasmo exacerbado. Parecía que llevaban cuatro años contenidos, esperando la señal para lanzarse a la yugular de sus correligionarios.

Sí, hay un componente autodestructivo en el ADN azulgrana que, como algunos nos temíamos, ni cuatro años de gloria han logrado cambiar. Pero mientras se mantenga dentro de unos límites razonables tampoco es tan perjudicial. Siempre y cuando no pasemos del debate interno a la trifulca abierta.

Lo dijo el ex presidente Narcís de Carreras: la concepción del Barça es democrática y la del Madrid es totalitaria. Allí no pudieron votar ni cuando se murió Bernabéu, y aquí votábamos cuando España era una reliquia del fascismo.

Allí fichan a un auténtico orangután como entrenador, y al cabo de tres años se larga como si nada dejándoles la jaula convertida en un erial. Aquí a Pep se le ocurre decir que le dejen en paz por favor, y se monta la verbena de la Paloma en fascículos. Y si Tito le contesta pidiendo mimitos, ya tenemos apoteosis total.

Es importante saber que ni cambiaremos ni, a lo mejor, falta que nos hace. Simplemente con aprender a relativizar un poco las cosas nos iría francamente mejor. Bofetadas sí pero, para evitar tentaciones, dejémonos la faca en casa.

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En esta ciénaga burbujeante que es España uno ya no sabe si las manchas se las hace cada cual o son salpicaduras provocadas por el chapoteo generalizado. El episodio de la fiscalía pisando los talones a Messi llega en plena apoteosis de desconfianza en todo el sistema.

Desconfianza de todo el mundo salvo de la prensa de la capital y de algunos prebostes del madridismo, que gracias a Messi han caído del caballo como Saulo, en un arrebato de fe súbita en el sistema judicial español.

“Va a ser difícil que Messi regatee esta querella”, escribía un iluminado emborronacuartillas de la sección de opinión del diario ABC después de imputar, instruir, juzgar y dictar sentencia él solito.

El mismo día, el diario El Mundo -que todavía nos debe una explicación de dónde sacó el informe policial fantasma sobre Mas que publicó en plena campaña de las autonómicas- abría su edición con este titular a cuatro columnas: “Messi ensucia su imagen al hacer trampas para evadir impuestos”. Toma ya. Pedro J. manda de un plumazo los fundamentos jurídicos del Estado de Derecho a freír espárragos.

La cosa se quedaría en mera lección de ética periodística si no fuera por el pequeño detalle de que en los últimos meses han desfilado en las portadas de estos mismos diarios nombres irrelevantes como la infanta Elena, Luis Bárcenas, Ana Mato, José Antonio Griñán, José Blanco o el sagaz presidente del Senado, que dijo desconocer que había que declarar ante Hacienda los ingresos. Con ninguno de ellos se ha especulado tanto como con Messi con su posible ingreso en prisión.

Si Messi ha hecho algo mal o ha dado consentimiento a su entorno para que lo haga, que pague. Como todos. Pero que una sociedad con los cimientos y el armazón entero carcomidos por la corrupción y la falta de referencias éticas eleve un dedo acusador contra Messi cuando la justicia ni tan siquiera ha empezado a funcionar provoca, cuando menos, un profundo asco.

Mucho golfo con camiseta blanca se cree con derecho a enfundarse una toga negra. Que no nos confundan.

“¡Es que soy del Madrid!”

“Joeeee, ¡es que soy del Madrid!” fue la respuesta del fiscal de urbanismo cuando, en el año 2000, Matilde Fernández, expresidenta del grupo socialista en el ayuntamiento de Madrid, le puso encima de la mesa toda la documentación para que actuara contra Florentino Pérez por la recalificación de los terrenos de la ciudad deportiva. Un dato: el fiscal se llamaba Mariano Fernández Bermejo, y más tarde fue ministro de Justicia con Zapatero. Y otro dato: el asunto quedó, judicialmente, en agua de borrajas.

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Me suelo divertir en la capital con las furibundas reacciones ante noticias que, sobre el papel, parecía que no iban a motivar más que deshilachados comentarios de mesa camilla. Aquí se han desatado auténticos vendavales de indignación a partir de algo aparentemente tan inofensivo como la segunda equipación del FC Barcelona.

Una compañera de trabajo se me acerca por la mañana blandiendo un periódico de Madrid donde aparece, en portada, la foto de la presentación de la nueva camiseta con los colores de la bandera catalana –no ‘senyera’, porque como dice Quim Monzó llamarla así es rebajarla a la categoría de mero estandarte sin auténtico peso institucional.

La compañera, que hasta el momento no había evidenciado ningún ramalazo anticatalán, se despacha en tono cortante: “¿Y ahora esto? Ya os vale. ¡Y cuántas veces dijeron estos dos –los presidentes Mas y Rosell– la palabra ‘país’! ¿Por qué tanto?, ¿para metéroslo en la cabeza? ¡País, país, país, venga país!”.

La miro, atónito. Aunque después de tanto tiempo a orillas del Manzanares ya debería estar uno entrenado a capear este tipo de diatribas, a veces se producen de forma tan inopinada que resultan altamente desconcertantes. “¿Te molesta?”, he atinado a preguntar. Se ha alejado sin dar respuesta a mi sincera inquietud sociopolítica.

En la inauguración de un restaurante, cometo el error de enfrascarme en una tertulia política con un invitado que se presenta de forma inquietante: “Yo suelo viajar mucho a Cataluña y quiero mucho a esa región”. Dicha afirmación suele ser la antesala de una rabiosa andanada.

Efectivamente, el puyazo no tarda en llegar: “El ‘derecho a decidir’ ese ofende a mi sensibilidad”. Y los exabruptos que siguen no concuerdan mucho con su supuesta sensibilidad a flor de piel. A él no ha hecho falta preguntarle si le molestaba, era evidente que sí.

No sé si son hechos aislados o indicios de que, por fin, hemos empezado un camino que realmente preocupa en Madrid. Y no me refiero ahora al fichaje de Neymar.

Sólo queda Arbeloa

El mourinhismo ya sólo quedan un eco lejano y el salmantino Arbeloa. Conviene acordarse de aquellos broncos partidos en los que, en la zona mixta, comparecían los jugadores madridistas como una jauría a vocear las consignas de su entrenador. Aquellas ofensivas en tropel han dejado ahora paso a un incómodo silencio puntuado con discretas críticas al ya ex entrenador. Solamente el lateral blanco ha salido en defensa del portugués, desmarcándose del acomodo masivo de sus compañeros a los nuevos tiempos. No sé si sabrá que Mourinho nunca habría hecho lo mismo por él.

Publicado en El Mundo Deportivo (08-06-13)
en twitter: @carlestorras

En la capital nadie habla de un cambio de ciclo en el Real Madrid. Lógico, algo que no ha empezado difícilmente puede terminar. O dicho de otra manera, incluso si se le apareciese a Mourinho la virgen de Fátima con la camiseta de Juanito y ganasen la Champions, si se marcha en junio no creo que en los libros de historia su paso por el club vaya a quedar inscrito, como se suele decir, con letras de oro.

Si el Barça está dando síntomas de agotamiento físico y mental, lo mismo le ocurre a un Madrid que vive del arrastre prodigioso de Cristiano Ronaldo. El número 7 es el conejito que lleva la pila alcalina, el que sigue dándole al tambor cuando el resto no puede ya ni levantar las orejas.

Cristiano sí será recordado, porque es un jugador portentoso, de los que marcan la personalidad del equipo. ¿Quién recuerda a los entrenadores que tuvo Di Stefano? Por suerte para el Madrid, Mourinho pasará como uno más. Sus tretas de sala de prensa y de aparcamiento y sus agresiones dactilares quedarán pronto en el olvido.

Del cambio de ciclo del que sí se habla en Madrid, y mucho, es el del Barça, incluso tras el aterrizaje forzoso en Dortmund. Yo les doy la razón en parte: en Barcelona hemos vivido durante casi una década un ciclo arrollador, brillante, embriagador, sobre todo en su segunda mitad. Esto es más del doble de un ciclo deportivo de los largos. Y para seguir disfrutando, aunque no sea con la misma intensidad, habrá que tomar decisiones medulares, diga lo que diga Bartomeu.

Lo que ya tenemos seguro es que Pep y sus hombres van a entrar de cabeza en los libros de historia. Pero si no queremos empezar a vivir ya de nuestros laureles, habrá que trabajar para cambiar y afrontar la crisis no como un final sino como una oportunidad para renacer.

Tenemos mucho de qué sentirnos orgullosos. Pero la cuestión es: ¿queremos seguir generando motivos de orgullo, o nos dedicamos desde ahora a la mera autocontemplación?

Publicado en El Mundo Deportivo (27-04-2013)

“Metemos riñones, señores, ¡y vamos a llevarla como ella se merece!”. La consigna la lanza al cielo de Málaga uno de los 240 esforzados hombres que llevan a sus hombros el trono de María Santísima de la Amargura Coronada enfocando la calle Mármoles, el tramo final de su recorrido, en la madrugá del Jueves Santo. Las piernas pesan, el hombro escuece y los pies ya ni existen bajo la presión de más de cuatro toneladas de peso.

Lo que sí resiste y crece a cada paso es la coordinación solidaria entre el nutrido grupo de hombres que hará posible, un año más, que La Zamarrilla regrese a su cofradía después de recorrer toda la ciudad, aclamada con emoción por sus conciudadanos.

Después del encierro de la Virgen y del Cristo de los Milagros, a las seis de la madrugada, algunos de los porteadores reponen fuerzas -y líquidos- en el bar El Cofrade, del popular barrio de la Trinidad. El tema, entre cańas de cerveza y bocadillos de manteca colorá, no puede ser otro que el fútbol: “al Málaga le gusta jugar el balón. El día que ganamos al Madrid ni la vieron. Pellegrini nos ha dado victorias. Pero por encima de todo, el tipo de juego que nos hace disfrutar”. Un discurso que reconozco al instante y que me hace pensar que el gusto por el deporte regido por el talento artístico, el esfuerzo creativo y la coordinación solidaria anida en la condición humana, y solo requiere de un reactivo adecuado para poder germinar.

Pellegrini fue el reactivo para el Málaga, Guardiola y Tito para el Barça. Ellos han sabido conjuntar un equipo humano y darles no únicamente una finalidad funcional. No solamente los han adoctrinado con una serie de técnicas y tácticas para llevar el balón al fondo de la portería contraria. Pellegrini, Guardiola y Tito saben dotar al conjunto de un alma colectiva, una especie de ente superior que mejora la suma de las partes, y que a la vez conecta con lo más hondo de la afición. Vencen y convencen. Y de paso conmueven.

Creo que lo que mueve las cuatro toneladas del trono de María Santísima de la Amargura no es la suma de la fuerza de sus 240 porteadores. Cuando los hombres deciden asociarse para un fin, el milagro no es sumar las individualidades. Es comprobar que existe una transfusión de energía de la parte al todo y del todo a la parte capaz de remover y aunar conciencias. Ocurre entre los hombres del trono y en los equipos de fútbol. Al final, como decía el cofrade zamarrillero, se trata de meter riñones y de llevar adelante un proyecto común “como se merece”, no de cualquier manera.

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Entre las técnicas de raterismo callejero destaca la de provocar confusión antes de dar un golpe. En determinadas circunstancias, cuanto más desconcierto se provoque, menos estorbos encontrará el maleante a su paso.

No sabemos en qué tipo de escuela se crió Mourinho, pero parece que esta máxima la aprendió a pies juntillas. Hay que reconocerle incluso que la aplica con gran maestría. Maneja los tiempos como nadie, y sabe a qué botón hay que dar para organizar un buen revuelo en un pispás.

Por algún motivo que nunca lograremos esclarecer, él piensa que cada vez que se acercan compromisos importantes –y esta Champions será a vida o muerte– debe descorchar un par de botes de humo para enturbiar convenientemente la atmósfera.

Hasta ahora habían sido Guardiola y el Barça sus objetivos favoritos. Como lo de chinchar debe crear adicción y necesita una dosis más alta, ahora ya dispara por elevación y se ceba en la FIFA y en el seleccionador nacional.

Atacar a Del Bosque es como patear a Bambi. Es, cuando menos, de difícil justificación. Pero allá que va Mourinho, denunciando un presunto fraude en la votación para el mejor entrenador. Un premio que el portugués debe considerar que le corresponde mucho más que al vencedor del último Mundial.

Las opiniones son libres, claro. Como lo son los madridistas que, a través de twitter, me hacen saber que dejaron de confiar en Del Bosque justo cuando los barcelonistas empezamos a hablar bien de él. Lo siento por ellos, porque con esta profunda amargura vital no habrán disfrutado de la única etapa victoriosa de la selección española en toda su lóbrega historia.

¿Hay que entender que un sector del madridismo le ha vuelto la espalda a un seleccionador español de honda raigambre merengue por haber aplicado el estilo Barça?

Me encanta que luego nos llamen sectarios a los barcelonistas. Todavía nos queda mucho por aprender del señorío y de la ecuanimidad del madridismo mourinhista. Que, digan lo que digan, es cada vez más minoritario.

Calderón se revuelve

Uno de los muertos que dejó Florentino Pérez en la cuneta en su segunda conquista de la presidencia del Real Madrid fue Ramón Calderón. Al ex presidente blanco le tocó sufrir en su propia carne los métodos expeditivos del magnate empresarial para recuperar el poder. Calderón ha dicho textualmente: “Florentino es el culpable de permitir las acciones de Mourinho. Se comportó mal en el Inter, en el Chelsea… y en el Madrid no iba a ser diferente”. Y no lo dice un culé, precisamente.

En twitter: @carlestorras

Publicado en El Mundo Deportivo (23-03-12)

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El debate sobre la conveniencia de rebuscar en la memoria histórica me parece absurdo, pero mucho más si se aplica al fútbol. El tabú del franquismo es una anomalía socio-política sin parangón en el mundo civilizado. Ni en Alemania provoca tantos sarpullidos hacer referencia al nazismo. En este país, decir que Franco era un dictador golpista y asesinó a muchos, sin ser exactamente franquistas, todavía les resulta incómodo al oído.

Dejémonos de una vez de eufemismos históricos, que cuando hablamos de las dictaduras argentina, chilena o cubana bien que no nos duelen prendas en usar términos categóricos.

Y el mismo principio habrá que aplicarlo a las interconexiones entre Real Madrid y administración franquista. No puede ser que intentar matizar la gloria blanca signifique condenarse al fuego eterno de la historia por blasfemo, resentido y revanchista.

En cualquier sociedad democrática sana hay que poder levantar alfombras y abrir ventanas sin temor a la dentellada jurásica. Que de una vez por todas circule el aire de la información y resplandezca el sol de la transparencia.

¿Por qué algunos estamentos deportivos todavía siguen blindando sus archivos? ¿Por qué se han investigado tan poco las conexiones políticas entre los estamentos federativos, el Real Madrid y la administración franquista? ¿Por qué cualquier intento en este sentido es percibido como una afrenta capaz de reavivar el fuego de la contienda civil?

Haber escrito un libro sobre la historia oculta del Real Madrid me ha enseñado, entre otras cosas, que importantes capas sociales en este país siguen rehuyendo un debate profundo sobre su propio pasado y rechazando enfrentarse con algunos interrogantes capitales.

¿El problema lo tenemos quienes lanzamos ciertas preguntas o los que nos niegan incluso el derecho a formularlas?

Este muerto está muy vivo

El aficionado merengue se quedó con la mandíbula floja el martes por la noche. Ya estaban preparados los cortejos fúnebres para enterrar al mejor club de la historia con todos los honores, cuando vieron ante sus ojos resucitar a sus peores fantasmas. Era enternecedor escucharles balbucear que el Barça había tenido suerte en el contraataque de Niang y que en el segundo gol Messi estaba 32 centímetros fuera de juego. ¡Cuánta plañidera para tan poco entierro!

En twitter: @carlestorras

Publicado en El Mundo Deportivo (16-03-2013)

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Quien no ha sido capaz de gestionar sus derrotas difícilmente lo hará con sus victorias. Es mucho más exigente la contención verbal y el respeto al rival cuando uno gana que algo tan habitual para un deportista como saber sobreponerse al amargo sabor de la derrota. Perder es algo intrínseco a la práctica deportiva. Ganar es una excepción, y por lo tanto exige más altura de miras.

Es normal la oleada de euforia que arrastra al madridismo estos días. Por las calles de la capital hay personas que caminan sin tocar el suelo y semblantes extasiados que darían envidia a la mismísima Santa Teresa de Jesús. Hay que comprenderlo: vienen de pasar por el túnel más largo y oscuro de la historia del club desde las apolilladas victorias de la quinta de Di Stéfano.

Y curiosamente no ha sido una travesía del desierto por sus pobres resultados. Al contrario. El Real Madrid ha tenido uno de sus equipos más competitivos de las últimas décadas. Pero como la mala del cuento de Blancanieves, cada vez que le preguntaba al espejo quien era la más guapa del reino se llevaba un disgustazo tremendo.

El Madrid ha sido como un niño mimado cuando le nace un hermano pequeño. No es que se haya quedado sin trono. Más bien se ha precipitado desde él al vacío, y no ha tocado fondo hasta que -aparentemente- ha encontrado la fórmula para desactivar el lenguaje Barça.

Imagínense que en los últimos tiempos las secciones de deportes de Televisión Española, Antena 3, Telecinco e incluso -sí, sí, créanme- ¡La Sexta! han llegado a abrir alguna vez con noticias del Barça. Algo impensable hace cinco años, y seguramente incomprensible a los ojos del etnocentrismo autista del madridismo.

El Madrid toma aliento después de llevar durante años el ceñido traje de segundón. Demasiado tiempo para un club y una afición cuya ¿única? razón de existir es la victoria.

Y que no nos hagan comulgar con ruedas de molino: que nos hayan ganado algún partido últimamente no significa que hayan borrado de un plumazo el trabajo de una generación de futbolistas que han escrito -y pueden seguir escribiendo- un capítulo entero de la historia del fútbol.

Que desparramen su triunfalismo mientras puedan. Cuanta más euforia exhiban, más pondrán de manifiesto el peso histórico que ha tenido y tiene la revolución blaugrana.

¿Ahora se queda?

Igual les parezco demasiado puntilloso, pero… ¿es normal que la prensa madridista publique día tras día informaciones contradictorias sobre el futuro de Mourinho en función del último resultado del equipo? Me atrevería a decir que la sensación de “ya sabemos ganar al Barça” pesará más que la Décima en el ánimo de los madridistas cuando se manifiesten a favor o en contra de la continuidad de Mou. Una prueba más de su gregarismo con respecto al Barça.