Archivos para la categoría: derecho a decidir

1 – Catalunya es un país donde la gente vive oprimida por sus mayorías parlamentarias.

2 – Catalunya es un país donde todos los niños son discriminados en la escuela. Unos, por tener que aprender una lengua que no es su lengua materna, y otros por no poder aprender bien la lengua oficial de todos los españoles.

3 – Catalunya es un país donde la gente se ha inventado una lengua sólo para que no les entiendan los demás, y que usan incluso en casa.

4 – Catalunya es un país donde la mitad de la población es perseguida por la otra mitad por hablar en otra lengua.

5 – Catalunya es un país donde las familias han dejado de comer juntas en Navidad por sus discrepancias políticas.

6 – Catalunya es un país donde la burguesía sólo defiende sus intereses y cambia de chaqueta en función de quien gobierna.

7 – Catalunya es un país donde los políticos roban.

8 – Catalunya es un país que cada año inventa movilizaciones sociales inexistentes.

9 – Catalunya es un país donde la mayoría no se manifiesta por miedo a la minoría.

10 – Catalunya es un país que quiere tener una selección nacional de fútbol sólo para jugar contra la de España.

11 – Catalunya es un país donde el presidente está preso de los antisistema y, además, tiene un nombre impronunciable.

12 – Catalunya es un país que tiene que pedir dinero prestado porque no sabe gestionar sus recursos.

13 – Catalunya es un país que en vez de agradecer las inversiones que recibe se dedica a protestar por las deficiencias en sus infraestructuras viarias y de transporte.

14 – Catalunya es un país que recibió mucha ayuda de Franco y ahora se considera parte del bando que perdió la guerra civil.

15 – Catalunya es un país que, a pesar de ser tan horrible como es, nunca dejará de formar parte de España.

 

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1 – La monarquía, no refrendada por los ciudadanos ni responsable ante la justicia.

2 – La falta de cariño institucional hacia los perdedores de la guerra civil.

3 – Un Tribunal Constitucional controlado por su ala más conservadora.

4 – Una Constitución aprobada por miedo a los militares.

5 – La interpretación siempre restrictiva de la Constitución en materia autonómica.

6 – La falta de interés en llegar al fondo de la trama de los GAL.

7 – La existencia de una doble trama corrupta dentro del Cuerpo Nacional de Policía.

8 – Las comisiones parlamentarias de investigación que sólo sirven para crear más confusión.

9 – Un poder judicial que ha tardado 30 años en atacar la corrupción política.

10 – Una educación pública o concertada que nunca ha conseguido ser laica.

11 – Una política autonómica que penaliza fiscalmente a las comunidades
más productivas.

12 – Una inversión en infraestructuras públicas determinada por criterios ideológicos.

13- Unos medios de comunicación que siempre hablan de soberanismo y nunca invitan a soberanistas.

14 – La configuración radial de todos los medios y vías de transporte.

15- Los peajes que sólo se rescatan cuando están en Madrid y entran en quiebra.

16 – Una izquierda que prefiere un gobierno de derechas a negociar con soberanistas.

17 – Un Estado que no defiende a las lenguas co-oficiales ni dentro ni fuera de sus fronteras.

18 – Un gobierno capaz de “desmontar la sanidad” de un territorio para amedrentar sus reinvidicaciones.

19 – Una nación española que proclama su supremacía sobre las demás naciones del Estado.

20 – Una Constitución que pone al Ejército como garantía última de la unidad de España. ¿La unión hace la fuerza o se hace a la fuerza?

21 – Unas leyes que garantizan el derecho a vivir sólo en castellano en comunidades con lengua co-oficial.

22 – Una derecha rehén de la Iglesia católica y de su cerrazón en materia de igualdad de la mujer y derechos LGTB.

23 – Un poder judicial más interesado en influir en los telediarios que en ser justo.

24 – Una mayoría social que prefiere que no se vote a aceptar un resultado electoral adverso.

25 – Una derecha que da lecciones de democracia sin haberse sacudido todavía la herencia del franquismo.

imageCuando se hablaba, al principio del procés, de que este sería largo y que nos traería malos momentos, supongo que se referían a episodios como el que estamos viviendo ahora mismo.
Escribo desde la perspectiva del que no es votante de Mas, vive alejado del día a día de la política catalana, y para más inri reside en la capital. No de la República catalana, sino del Reino de España.
Quizás es esta triple distancia la que me permite hacer determinadas reflexiones. Disculpen si las encuentran algo pueriles o inocentes: no doy para más.
Llevo días preguntándome por qué hay tanta gente que dice que no es posible un acuerdo entre Convergencia-ERC y la CUP. Recuerdo, cuando era niño, el revuelo que se armó con la legalización del partido comunista, después de cuarenta años de dictadura militar y de una guerra civil perdida. Recuerdo también que ese PCE pasó de golpe de estar en la clandestinidad (no logro borrar de mi memoria a Carrillo con peluca) a participar activamente en los llamados pactos de la Moncloa para conseguir el hoy en día tan cacareado pacto constitucional. Si Carrillo con peluca se puso de acuerdo con Suárez (todavía con rozaduras en el pecho causadas por el yugo y las flechas), por qué no pueden Mas y la CUP jugar juntos en el patio?
Recuerdo también que los hoy feroces guardianes de la constitución son herederos políticos de los que andaban montando mesas para vender llaveros con el aguilucho en la zona de la “plaza Calvo Sotelo”, armados con porras retráctiles y luchacos. Recuerdo que para ir al comedor del CEU, en la zona universitaria de Barcelona, había que pasar por un monumento horroroso, que era el tributo a los caídos de un solo bando de la contienda española.
Son retales de mi memoria que dibujan una fotografía histórica realmente inquietante. Nadie sabía por donde podían ir los tiros (en el sentido literal, los que se escucharon el 23 de febrero del 81), y desde luego eran muchos los que desconfiaban de una España que había despedido al dictador con lágrimas en los ojos y el brazo en alto. Luego resultó que, al votar la constitución, eran todos demócratas de larga tradición. Y ahora, los de las lágrimas y el brazo, o sus herederos políticos, nos dan consejos de tolerancia y de aperturismo mental. La fe del converso, supongo.
A los que se han montado hace dos días en la atalaya de los valores democráticos y constitucionales y nos observan desde los cielos, que rebusquen un poquito en el baúl de la historia. Y verán, si se quitan las gafas oscuras, que el pacto para una transición desde dentro del régimen fue posible, una vez más, gracias a las renuncias y a la generosidad de los de siempre. Y que las nacionalidades históricas tuvieron que conformarse con las migajas de un reconocimiento rayando en la tolerancia malhumorada del nacionalismo español castellaniforme.
Demos un saltito al presente. Ahora parece que el responsable de nuestros males es el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Reclamamos a los políticos que sepan hacer política, que no gobiernen desde la prepotencia sino desde el diálogo, que sepan leer con humildad los resultados electorales, que no se suban a la poltrona y quieran conservarla cueste lo que cueste. Pues a Mas creo que se le puede decir de todo menos que sea el último mohicano de la vieja política.
Ante las negociaciones con la CUP, unos ven en la actitud de Mas una intolerable bajada de pantalones frente a los radicales antisistema y los otros lo acusan de intransigencia antisocial por no querer irse a hacer maquetas con palillos a su casa. ¡Un poco de paciencia!
Es cierto: Artur Mas tomó los mandos de un coche que venía con las ruedas pinchadas y la dirección torcida. Un partido ensuciado por los casos de corrupción y que había tiznado también una acción de gobierno en la que Mas ostentó un papel destacado.
Todo esto es cierto. En ausencia -de momento- de responsabilidades penales concretas, se le podían haber pedido a Mas responsabilidades políticas por no haber detectado/denunciado los desmanes cometidos durante la administración Pujol. Pero en las urnas, que son las que depuran este tipo de responsabilidades, Mas ha sufrido una erosión continuada pero no drástica: continúa siendo el líder más votado en las autonómicas.
Como dirigente político, Mas ha pasado por todas las vicisitudes posibles: ganar en votos pero no en escaños, ganar en escaños y no poder gobernar, tener que pactar un Estatut desde la oposición y luego que lo tumben desde el Constitucional a pesar del voto mayoritario en referéndum en Catalunya, tener que rebajar las expectativas de acuerdo a un pacto fiscal, ver como una marea soberanista le pasa por encima y decidir dejarse llevar agarrado a un tronco en plan náufrago, tener que llegar a un acuerdo con su principal adversario político en una teórica Catalunya independiente (ERC), y finalmente depender de los votos de los antisistema.
Bajo su gestión hemos vivido la ruptura de CiU y la vaporización de Unió, la división y progresivo fundido a negro del PSC, y ahora la partición justo por la mitad de la CUP.
Sinceramente: creo que un político de la vieja escuela hace tiempo que se hubiera metido en una puerta giratoria o estaría dando conferencias en Boston en un inglés macarrónico. Mas es un todoterreno político. Unos podrán decir que lo que quiere es aferrarse al cargo, ostentar poder de cualquier manera. Pero visto con una cierta perspectiva: ¿es envidiable la situación de Mas? ¿Le compensará resistir el envite unionista de todos los poderes económicos, empresariales, institucionales, policiales y judiciales del estado? Y encima, ser la obsesión particular del ministro Fernández Díaz… Uf, qué pereza.
Por el mismo precio, quedémonos con lo positivo: tenemos un presidente de la Generalitat que tiene una gran cintura para afrontar las contrariedades, mucho temple y elocuencia verbal, creatividad política, increíbles recursos como negociador, pocos apriorismos ideológicos, sentido práctico a prueba de bomba, y encima siempre pone buena cara.
¿Que prefiere usted decir que es un fariseo calculador y oportunista? Bueno, tiene usted todo el derecho. De momento, la mayoría de los catalanes sigue confiando en sus capacidades políticas y eso, siendo prácticos, es lo que cuenta.

He tenido, por motivos que no vienen a cuento, la ocasión de asistir a un pase privado del documental “La Rosa de Fuego”, dirigido por Manuel Huerga y producido por Mediapro. El del documental siempre ha sido un género que me ha encantado. Y de hecho, es de los pocos géneros de los que se puede decir que tiene pasado, presente y futuro.

El documental en cuestión es una visión panorámica de Barcelona. Retrata su geografía física y política en el momento actual pero también en algún pasaje histórico. Está rodado en 3D tanto en la forma como en el fondo, porque no solamente ofrece una visión tridimensional de los monumentos, calles, avenidas, y locales sino que también del momento socio-político en el que nos encontramos.

Aparecen las manifestaciones soberanistas, las del 15-M, las celebraciones barcelonistas e incluso los conciertos del Fórum o del Club Super 3. Las grandes concentraciones humanas se entremezclan con pequeñas tramas particulares, como la de la chica japonesa que cambia a su novio, canoso y malhumorado, por un joven y apuesto camarero todo sonrisas. ¿Una metáfora del proceso soberanista que vive Catalunya?.

La voz en off (Serrat en castellano, Guardiola en catalán y Woody Allen en inglés, todo un tridente al estilo Neymar-Suárez-Messi) revolotea, como el propio objetivo de la cámara, entre las tres dimensiones básicas de la ciudad: su gente, sus tradiciones y sus anhelos. Las piedras, el asfalto, los edificios, las montañas y el mar no son más que el marco que realza este inmenso fresco de emociones que va y vuelve del pasado al futuro pasando por un trepidante presente.

Es un reto gigante explicar Barcelona en 100 minutos y Huerga, bajo mi opinión, lo consigue. Transmite lo más importante: la pasión que conecta a los habitantes de esta ciudad, a los que llevan generaciones felizmente anclados en ella y los que acaban de llegar.

Según la voz en off, “Barcelona tiene algo especial”, que es algo que sabemos todos los que la conocemos y amamos, aunque solo unos pocos sean capaces de convertir esta íntima convicción en palabras.

Viendo el documental me acordé muchas veces de Ciutat Morta, otro trabajo audiovisual sobre la capital catalana que ha llegado recientemente a la gran pantalla. Son dos largometrajes que nada tienen que ver ni en planteamiento inicial ni en objetivos. Pero tienen en común que pretenden proyectar una imagen de Barcelona. Y en algunos momentos, la Rosa de Fuego, aunque empezó a rodarse mucho antes, parecía una respuesta a Ciutat Morta.

El documental de Mediapro es una bocanada de aire fresco, es una inyección de ilusión. Transmite ganas de pisar la calle, de encontrarse con los barceloneses, de protestar y quejarse pero también de construir y celebrar.

Se agradece que de vez en cuando haya alguien remando para seguir avanzando y no para retroceder recordando -y amplificando de paso- las rémoras, los obstáculos y las penalidades.

No quiero decir que no deban existir trabajos audiovisuales como Ciutat Morta. Aplaudo el esfuerzo casi heróico de sus autores para conseguir rodar, montar y distribuir la película. Pero celebro también que, aparte de constatar nuestras miserias, algunos se esfuercen por hacernos ver que también se han hecho algunas cosas bien.

Me imagino que habrá personas que saldrán de ver La Rosa de Fuego diciendo que muestra un reflejo buenista de la ciudad, que le faltan referencias a los casos de violencia policial, a los desahucios de ciudadanos corrientes -y contribuyentes- y también de okupas, a los casos de corrupción que han sacudido la ciudad, al oleaje erosivo de los turistas en manada, a los ruidos en determinados barrios o al alza estratosférica del precio de la vivienda, por citar sólo algunas de nuestras consabidas sombras.

Pero yo, qué quieren que les diga, antes que torturarme con una visión de Barcelona que parece sacada de un cuadro de la época negra de Goya, prefiero reconciliarme por fin con ella. Agradezco a Huerga y a Mediapro dos cosas: que sigan invirtiendo en documentales por un lado, y por el otro que favorezcan una mirada positiva, aunque sea una sola, sobre esta ciudad.

El debate político en Cataluña ha pasado de ser un apacible estanque de aguas templadas a un torrente jalonado de cataratas, rápidos turbulentos, y alguna inoportuna roca en mitad de la corriente. En los años ochenta y noventa, los periodistas de política catalana eran como aburridos arqueólogos que tenían que entresacar pacientemente el titular de la más bien anodina actualidad diaria. El cronista del Parlament, de hecho, tenía que acudir a su trabajo armado de crucigramas y sudokus para no perecer de inacción.

Hoy en día, esto ha cambiado. No hay mucha diferencia entre Jesús Calleja, el alpinista de Cuatro, y un periodista especializado en política catalana: no hay día sin sobresalto, reto inalcanzable u obstáculo que salvar. ¿Y los contertulios? indiana Jones a su lado, un oficinista con manguitos.

Lo último en esta alocada carrera informativa es detectar el más insignificante indicio de crispación política en Cataluña. Ya los sustantivos empleados pierden su sentido original: Miguel Ángel Rodríguez, el Nerón de las ondas, proclamó esta semana que lo del bofetón a Pere Navarro fue un acto de terrorismo. No sé lo que fueron los asesinatos de ETA entonces. O a lo mejor es que a MAR le aterrorizan más las urnas que las armas, que todo podría ser.

Amaneces un día en tu casa envuelto en una aparente paz social cuando… ¡cuidado!: en los titulares de la radio advierten de que han arrojado pintura en una sede del Partido Popular. Ah no, que es en Barajas y es el duodécimo-quinto ataque en pocos meses. Pero entonces no tiene nada que ver con el desafío soberanista. Tranquilos, no es un acto de terrorismo. Será simple violencia de los antisistema o crispación auspiciada por los perriflautas de Ada Colau. Habrá que preguntarlo a MAR o a Marhuenda, que son los que controlan este tipo de matices semánticos.

¿Y yo, que cuando voy a Cataluña lo que veo es un debate sereno? Un poco machacón y obsesivo, pero muy cívico todo. Casi demasiado, porque con tanta movilización coreografiada, manifestación unitaria y acto simbólico lo nuestro empieza a parecer un parque temático de la reivindicación. En Cataluña pueden pasar muchas cosas, pero no un estallido social: no es estético. Estamos en un punto en el que hasta las revoluciones tienen que ser de “diseny”, las banderas tienen que combinar y los eslóganes ser de una depurada corrección política. ¡Nos han cambiado a los milicianos anarquistas por monitores de “esplai”!

Total, que antes moriremos de un ataque de estética que de un alboroto. Así ha sido siempre y así continuará siendo Cataluña.

vargas llosa

La buena noticia es que el aparato del Estado se toma en serio la “amenaza separatista”. La mala noticia es que hasta el momento habrá desplegado solamente un 20 por ciento de su potencial para contenerla.

El Estado reacciona con reflejos paquidérmicos, pero ello no debe confundir a nadie: el estruendo de su pisada retumbará en nuestros oídos y pondrá a prueba la firmeza de la voluntad de todos y cada uno de los independentistas de este país.

No nos creamos el discurso de los que nos prometen un sendero de negociación civilizada. España no ha basado nunca su fuerza en la capacidad de diálogo y el razonamiento. Sus armas han sido siempre las entrañas y la fuerza bruta.

Vargas Llosa ha aportado esta semana su visión del tema, que entronca perfectamente con la receta que propone tradicionalmente la metrópolis: “el nacionalismo pacífico no existe, hay que combatirlo sin complejos como al otro”. Es decir: da igual que en Cataluña haya habido un grupo terrorista o no, hay que aplastar sus demandas con la misma determinación, porque la razón no está de su parte. Como en las cruzadas: tiene derecho a matar aquél que tiene a Dios de su lado.

Que tengamos muy claro aquello a lo que nos enfrentamos. Vivir en Madrid permite tener una perspectiva muy clara de lo que está en juego: España no puede permitirse perder a Cataluña. Ni desde el punto de vista económico –que no es el más importante, a pesar de todo- ni desde el punto de vista simbólico. Lo ha dicho Vidal Quadras: “España sin Cataluña sería un cuerpo mutilado”.

Tenemos derecho a pedir lo que pedimos. España es un estado miembro de la UE y ya no puede lanzar al ejército contra una parte de su pueblo. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que nos hemos propuesto dejar a un Estado sin su principal motor económico. Un Estado decadente, en crisis y sin autoestima. Pero capaz de dar todavía mucha guerra.

La respuesta a nuestras demandas no será ni razonada, ni democrática ni pacífica. Será por tierra, mar y aire. Aznar, Vargas Llosa, Vidal Quadras, desde un lado, y Rubalcaba, Bono y Corcuera desde el otro son solamente la artillería que allana el camino previo a la ofensiva.

Si alguien pensó que esto sería fácil, que se desengañe. Darle la puntilla a una vieja potencia colonial no se hará solamente con razones.

Uno de los efectos benéficos que va a tener el proceso soberanista en Catalunya va a a ser que a muchos, por fin, les va a caer la máscara. Y en algún caso, incluso los pantalones.

El derecho a decidir no admite medias tintas: estás a favor o en contra. Crees que Catalunya es sujeto político o crees que es una simple región. Crees que ser español merece pagar el precio que pagamos -no sólo económico-, o no.

Alguien que va a enseñarnos sus cartas al respecto, este mismo fin de semana, es Pere Navarro, el contorsionista de Terrassa. Y no moverá ficha en la dirección que le señalaría su progenitor, precisamente, sino en la contraria.

El motivo de crítica no es el fondo de su postura: tiene el PSC todo el derecho a ser una simple franquicia del PSOE, faltaría más. Puede incluso renunciar a ser un partido independiente, y pasar a ser una federación socialista más, como la de Madrid, por ejemplo. Ya sabrán entonces qué hacer los que les votaron en las últimas elecciones, cuando incluyeron el derecho a decidir en su programa electoral. Que hagan caso a Bono y a Corcuera, que han demostrado siempre saber lo que le conviene a Catalunya (para hacer exactamente lo contrario).

Navarro, pues, tiene todo el derecho a defender una Catalunya española. Lo que no entiendo tanto es el proceso que les ha llevado hasta aquí y su tradicional política sinuosa y oportunista. Ellos han acusado con razón a CiU de hacer “la puta i la ramoneta”, pero ellos, con perdón, han sido la más puta y la más ramoneta: en su relación con el país (ahora tiene derecho a decidir, ahora no porque se deja llevar por el mesiánico Mas) y en su relación con el socialismo español (que si tendamos la mano a la España fraternal, y ahora votemos en contra de lo que dice el grupo socialista).

Pero parece que este fin de semana, por fin, Navarro nos dirá lo que piensan en realidad. Y no será por un proceso de democracia interna, pactando con sus corrientes internas, o sometiendo a votación las distintas fórmulas políticas posibles. No, será con la amenaza previa de acallar las voces críticas para siempre, formulada por un tal Balmón, un tipo inquietante con maneras de pistolero salido de la semana trágica. Viva el debate interno. Y viva Stalin, también.

El giro, que no será tal porque nunca han conseguido esconder sus auténticas intenciones con respecto al derecho a decidir, se produce después de un pacto con Rubalcaba: el PSOE le da su apoyo a Navarro, retira su amenaza de crear una federación en Catalunya, pero el PSC renuncia para siempre al derecho a decidir. Previsible, ¿no? Dicho de otra manera: someter el debate sobre el interés general del país (¿cuando votar?) al mantenimiento de la “botigueta” política. No le toquéis el chiringuito que es su modus vivendi. Pequeño, ramplón y servil, pero el único espacio que le permite seguir existiendo como marioneta política. A navarro le han mostrado en qué pequeño patio trasero tiene derecho a estar, y él, feliz y contento, lamerá la mano de su dueño moviendo el rabito,

Por suerte en Catalunya a los recaderos del centro, por mucho disfraz “catalanista i d’esquerres” que lleven, ya hemos aprendido a identificarlos. Sólo deseo que los hasta hoy electores del PSC recuerden qué les ha prometido Navarro y qué ha terminado haciendo. Que lo incluyan en la ya larga lista de políticos que, una y otra vez, son capaces de pasarse el mandato electoral por el arco de triunfo y que prefieren correr a bajarse los pantalones antes que defender sus compromisos.

godó

Prestemos mucha atención a los sectores que, desde Catalunya, han iniciado una ofensiva mediática en favor de un un giro moderador del proceso soberanista. Como si la oleada cívica que vivimos en Catalunya, la fuerza tranquila de la calle expresada pacífica y democráticamente, precisase de moderación alguna. Dice Enric Juliana en La Vanguardia que “hay gente que tiene miedo de una inteligente moderación catalana”. Y yo le respondería que más preocupante me parece la gente que, como él, tienen miedo de escuchar lo que pide la calle. Porque lo que demuestra ser es un demócrata de salón, un déspota ilustrado con manguitos, apartado del ruido callejero y encerrado en su sala de operaciones conspiradoras.

Veamos quien está detrás de este dribling táctico, porque a lo mejor sus intereses reales están muy alejados de aquello que aseguran defender. ¿A qué aspiran realmente los de la tercera vía y qué influencia real tienen sobre Artur Mas y Oriol Junqueras?

Desde el famoso editorial de La Vanguardia en demanda de moderación en Catalunya, es evidente que el grupo Godó de comunicación ha iniciado una deriva que pretende apostar por una tercera vía que divida prematuramente el bloque soberanista. En algún momento esta fractura tenía que ocurrir, ya que no todos los partidarios del derecho a decidir iban a votar que sí en un referéndum por la independencia. La pregunta es: ¿por qué abrir ahora este debate, cuando todavía no hemos llegado al momento de votar?

En cualquier negociación -y ahora estamos metidos hasta el cuello en la más decisiva en la historia de nuestro país- es de cajón que hay que mantener la cohesión hasta el último momento, y no rebajar las exigencias hasta que, eventualmente, el otro lado se mueva de forma significativa y ofrezca una salida digna, que cumpla los mínimos exigibles a estas alturas del proceso. Si se mueven. Y si no, hay que seguir hasta el final, porque nos asiste toda la razón de pedir lo que pedimos, tras 300 años de buscar la tercera vía de la convivencia peninsular como si del santo grial se tratase.
¿Por qué un grupo mediático tan importante como el grupo Godó se adelanta ahora para romper la estrategia unitaria, echar agua al vino de las reivindicaciones, e intentar cobrar ya beneficios del movimiento social soberanista como si todo fuese el fruto de una estrategia para subir un peldañito más en nuestra travesía del desierto autonomista?

Cuando el rey Juan Carlos se traslada a Barcelona en alguno de sus más o menos confesables viajes privados a Barcelona se aloja en casa del Conde de Godó. Cuando ha tenido que ofrecer alguna cena privada a personalidades extranjeras, lo ha hecho en el comedor del conde de Godó. Y cuando el monarca ha comprobado por televisión el éxito de convocatoria de la Assemblea Nacional de Catalunya, el primer teléfono que ha descolgado para vomitar su indignación ha sido el del Conde de Godó. Y está claro que tanta presión regia están causando mella en el grande de España.

La Vanguardia, un transatlántico gobernado respetando un complicado equilibrio de poderes, tiene la increíble capacidad de mudar de piel sin aparente sobresalto. Últimamente se adivina claramente, detrás de su línea editorial, el argumentario de los sectores partidarios de renunciar ya a la independencia para buscar una nueva solución de “peix al cove”. Más vale pájaro autonomista en mano que ciento independientes volando, vendrían a decirnos.

Y lo que más irrita es la forma en que lo hacen: con ese tono condescendiente y pedante, citándonos a Gramsci (“la ilusión es la mala hierba más tenaz de la conciencia colectiva. La historia enseña pero no tiene alumnos”), como aquel padre gordinflón y aburguesado que da lecciones de sentido práctico a sus atolondrados vástagos. Pero, ¿por quién nos han tomado estos señoritingos entreguistas? Son los altavoces del centralismo en Catalunya de siempre, ahora disfrazados de dialogantes y moderados.

Que no nos vendan películas: su rumbo no lo marca el “seny”, sino la monarquía española y sus fuerzas más centralizadoras a través del conde de Godó, su brazo ejecutor en Catalunya junto con el máximo mandatario del grupo Planeta. Finalmente las fuerzas vivas de la comunicación en Cataluña reorientan sus cañones del lado hacia el que siempre han apuntado, y ahora empezarán con sus disparos machacones.
¿Y Más qué dice a todo esto? A nadie se le escapa que el president juega un papel clave en el proceso de Catalunya hacia la independencia. Cuando todavía no se había producido la primera de las grandes manifestaciones soberanistas, Mas visitó Madrid para defender en el Forum Europa la propuesta de pacto fiscal con la que concurriría a la reelección. Ante la flor y nata del empresariado madrileño, entre los vetustos muros del hotel Ritz, Mas avisó de lo que venía y habló por primera vez -que yo recuerde- del concepto de transición nacional hacia lo que Catalunya quisiese ser.

Como siempre que a los políticos de la Villa y Corte les pasa por delante un elefante rosa con gorro de ducha, resultó que estaban todos mirando al tendido. Nadie se enteró de la película. Hasta un par de años después, ante la imagen de un millón y medio de catalanes en una cadena humana de 400 kilómetros, no han caído en la cuenta de que algo realmente está pasando.

Quiero decir que hasta la fecha Mas ha ido avisando, paso por paso, de un proceso que no está liderando pero si intentando gestionar como buenamente puede. No se sabe si a lomos del caballo o a rastras detrás de él. Pero lo cierto es que ha conseguido que en Madrid olviden al peor ogro conocido desde Macià y Companys, que fue el Lucifer de Cambrils, Josep Lluis Carod Rovira.

Él ha dicho que prefería inmolarse como un mártir antes que quedar como un traidor. Tiene ahora la oportunidad de demostrarlo y de ignorar los cantos de sirena de las terceras vías inexistentes y de los falaces moderadores. Mientras siga hacia adelante, caminaremos a su lado. Si no, lo dejaremos atrás. Porque tengo más fe en el millón y medio de personas que salieron a darse la mano el pasado 11 de septiembre que en todos los políticos y periodistas que han gestionado el nauseabundo autonomismo hasta la fecha de hoy. Estos ya no engañan a nadie.

rubalcaba

A ver si nos aclaramos: el problema no es que el corsé apriete, sino el querer llevar corsé. Alfredo Pérez Rubalcaba se ha sacado de la chistera una propuesta de reforma constitucional “para acercar a España a un modelo federal”. ¿Qué significa esto? ¿Un estado de las autonomías evolucionado en el que la financiación de Catalunya vuelva a quedar diluida en un sistema de régimen común? ¿Un modelo de Estado que seguirá permitiendo al gobierno central legislar a placer en cuestiones reservadas a las autonomías o los estados federados, como la educación? Un modelo de estado que seguirá sin distinguir los territorios históricos de las demarcaciones puramente administrativas? Esto no es una propuesta política, esto es el timo de tocomocho. La misma miseria de siempre pero adornada con un lacito de colores.

No sigamos desenfocando la cuestión, señores. El problema al que se enfrenta España no es la Constitución, porque como dice Miquel Roca si se hubiese hecho de ella una lectura generosa no haría falta ni tocarla. El problema es la filosofía de Estado que anima y animará la acción política de los dos partidos mayoritarios españoles. Solamente conciben un sistema unitarista de matriz castellanocéntrica en el que las autonomías o estados federados o como quieran llamarlos son divisiones puramente administrativas que se rigen todas por el mismo rasero. De Catalunya se tolerarán las especificidades culturales (¡muchas gracias!) pero nada más. Por lo demás se pretenderá que funcione, exactamente, como la región de Murcia. Eso sí, con una presión fiscal mucho más alta que Murcia y con una inversión del Estado muy inferior a la de Murcia.

La filosofía de PSOE y PP se basa en negar a Catalunya como sujeto de soberanía y como nación. Lo que hagan con la Constitución a partir de esta negación, a los catalanes, nos tiene que traer sin cuidado. Porque ni con cincuenta mil cambios lograrán satisfacer lo que pedimos. Y ya no lo mendigamos. Ahora lo exigimos.
Ni los cantos de sirena del final de la crisis nos tienen que desconcentrar ahora. No debemos caer en el error de pensar que porque empezamos a salir del túnel hay que deshacer ahora el camino recorrido. Al contrario. Si la situación económica repunta, mejor. Así, nuestra transformación en Estado libre será una aventura menos azarosa. No es un tema coyuntural el que nos mueve, ni un tema coyuntural el que nos hará parar.

Ver salir a los presos de ETA y observar los lodos que se remueven con los últimos coletazos del tema terrorista vasco debe aumentar nuestra autoestima: lo estamos haciendo bien, con un respeto escrupuloso a las normas de convivencia democrática y con unas arraigadas convicciones pacíficas. Nadie podrá arrebatarnos la razón porque tal y como defendemos nuestros argumentos, tienen una fuerza aplastante.

Al menos parece que los dirigentes políticos españoles se van dando cuenta, poquito a poco, de la magnitud de la tragedia que les ronda, de lo irreparable del mal que han causado con su ineptitud y ceguera. Lo que todavía no atinan a vislumbrar es la irreversibilidad del proceso. Y cuando se quieran dar cuenta sólo podrán ya lamentarse por no haber sabido reaccionar a tiempo. No será que no se les habrá avisado.

Destacaban en titulares los informativos de la Sexta -cadena perteneciente por cierto a una empresa editorial con sede social en Barcelona- que “todavía Artur Mas no ha pedido perdón” por el desplante a Soraya Sáenz de Santamaría en un acto con empresarios en Barcelona. Y espero que Antonio García Farreras y sus servicios informativos se tengan que esperar sentados.

El derecho a decidir que esgrimen la gran mayoría de los catalanes parece ser que obtendrá como única respuesta el derecho a avasallar del gobierno central. Nunca en 36 años desde la restauración de la Generalitat un vicepresidente del gobierno había presidido un acto en Catalunya en presencia del presidente catalán. Ni cuando Maria Teresa Fernández de la Vega visitó Barcelona estando Zapatero, a la sazón presidente del gobierno, de visita oficial fuera de España. Pero claro, ha llegado la hora de marcar paquete, y el Estado siempre ha tenido las de ganar, hasta el momento, en este tipo de demostraciones testosterónicas.

Catalunya ha sido una tierra poco prolífica en puñetazos sobre la mesa. Necesitamos más entreno, y pequeñas escaramuzas como la del jueves no nos vienen nada mal para marcar el terreno y las normas del juego. Hay que ir cogiéndole el punto a la política internacional, por lo que pueda pasar. Y en política internacional son tan importantes los discursos como los gestos simbólicos. El protocolo no es una liturgia caprichosa. Es un código de conducta pensado para evitar pisar el callo del vecino. Y saltárselo no es una simple anécdota, es una clara declaración de intenciones. En el caso que nos ocupa, un claro acto de vasallaje. Por eso Mas, según mi opinión, ha hecho bien en reclamar respeto institucional. No hacia su persona, sino hacia todo lo que representa.

Por todo ello me alegró comprobar que Alejo Vidal-Quadras, que culebreaba en una de las pocas cadenas pseudo clandestinas de la ultraderecha en la que le dan voz, se recreaba en insultar a Mas, llamándole “patán” y “provinciano”. Me imagino que es muy duro estar defenestrado y desahuciado por propios y extraño. Pero no pude evitar pensar que lo más cercano a un patán que estaba viendo en aquél momento era el propio Vidal-Quadras, incapaz de dominar sus más bajas pasiones cada vez que se refiere a cualquier catalán que no sea nacionalista español. Hasta Juan Carlos Girauta, que no sería precisamente un maulet, le reconvino en la misma tertulia jurásica recordándole que solamente el presidente del gobierno y los miembros de la familia real pasan por delante de Mas en orden de protocolo en Catalunya.

Pero por suerte la vida nos ofrece a menudo increíbles contrastes naturales. Justamente el jueves, cuando estuve contemplando a dichos neandertales catódicos nocturnos, había estado tomando unas cañas con dos amigos, uno madrileño y el otro sevillano. Este último ha pasado ocho ańos en Londres, trabajando en la City en una conocida financiera multinacional. No tardó en surgir el tema catalán, y su análisis me dejó pasmado: “la Constitución no sirve. Ha sido útil como herramienta para la convivencia durante un tiempo, pero viendo lo que ocurre en Catalunya está claro que ya no funciona. España no puede prescindir de Catalunya, así que tendrá que prescindir de la actual constitución y redactar una nueva que satisfaga a ambas partes”. El de Madrid, arquitecto de profesión, remachó: “es ridículo que pretendan tratar a Cataluña como si fuese la región de Murcia. Eso es empeñarse en no querer ver la realidad”. Por cierto, ambos son votantes del PP. Y solamente habían bebido dos cañas.

Aunque el aparato mediático cuaternario dispare continuamente salvas rojigualdas y aunque el gobierno Rajoy esté demostrando una descomunal incompetencia y falta de liderazgo en la gestión del tema catalán, me consuelo pensando que siempre es posible rodearse de gente que piensa con la cabeza y no con los pies. Hay muchos españoles que no nos odian, y es bueno recordarlo de vez en cuando para que modulemos también nuestras respuestas, pensando en ellos.

Entiendo que este segmento social que observa con respeto -pero en silencio- nuestras decisiones como pueblo entenderá perfectamente que actuemos en consecuencia cuando el miope de la Moncloa no nos deje otra puerta abierta que la de salida. Lo importante, concluimos los tres amigos caña en mano, será la relación que podamos establecer a posteriori, como vecinos, para que económicamente no nos hagamos pupita mútuamente. “Porque no olvidemos, dijo el de la City, que unos y otros somos el culo del culo del mundo que es Europa”. Y tiene toda la razón.