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Me cuentan que Del Bosque es una persona muy comprometida socialmente, con unas hondas convicciones políticas y un republicanismo a prueba de bomba. Nadie lo diría, porque siempre es extremadamente comedido en sus declaraciones públicas, y no le recuerdo ni un sólo comentario suyo de tinte social o político.

Del Bosque era para mi un misterio en lo que a credenciales políticos se refiere. De hecho, es un misterio para mi como persona porque concede pocas entrevistas, y no es de los que les gusta prodigarse en los medios ni expandirse en sus respuestas. Ante todo, hace gala de discreción y de concreción.

Además, das por hecho que los profesionales del fútbol no se meten nunca en política, terreno que ellos consideran pantanoso. Es mucho más cómodo y aséptico decir que se es “apolítico”, y todo resuelto. Aunque para mi decir eso implica algo de egoísmo e insolidaridad, y un mucho de inmadurez e ignorancia.

Según me apuntan, el padre de Del Bosque combatió en la guerra civil con el bando republicano, y más tarde fue represaliado. Por ello, el seleccionador nacional guarda un profundo sentimiento de compromiso con los valores tradicionales de la izquierda, la libertad, y la lucha democrática y antifascista.

Alguien me dirá que su republicanismo será a prueba de bomba pero no de título nobiliario. Me cuentan que aceptó el título de marqués que le otorgó el rey Juan Carlos después de ganar España el mundial de Sudáfrica, “para no armar lío”. Rechazarlo hubiera sido un escándalo y un feo a la monarquía que nadie hubiese entendido.

Por otro lado, parece ser que esta filiación política no contribuyó precisamente a mejorar su relación con Florentino Pérez, que como todos saben es más bien de derechas.

Vicente lee mucho y está muy interesado en todo lo que se publica. También, a diferencia de la imagen que proyecta, es alguien a quien le encanta debatir sobre cuestiones históricas, en especial referidas a la etapa de la guerra civil y la dictadura franquista.

Cada día me cae mejor, este hombre.

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Magistral juego de tiquitaca o aburrido sistema de largas posesiones. En función del resultado de España, los titulares de la prensa “nacional” escoran manifiestamente hacia un lado u otro. Es muy difícil tener el temple y el pulso de Del Bosque para mantener un rumbo fijo a pesar de tanta inclemencia climática. Pero el seleccionador tiene exactamente el carácter necesario para no dejarse llevar, y eso es lo que necesita el juego de la selección: constancia y perseverancia.

El carácter español es tremendamente cambiante. Oscila entre la volátil euforia y la oscura depresión bajo el efecto de un leve soplido. Por eso es tan importante no dejarse hundir por el pesimismo después del partido contra Italia o contra Croacia como no dejarse arrastrar por la exaltación después de eliminar con tanta autoridad a Francia.

Fue un partido histórico porque España no había ganado nunca a Francia en partido oficial y porque el equipo de Ribéry apenas logró acercarse al marco de Casillas. Pero el juego de la roja no distó tanto del desplegado días atrás frente a Croacia, que motivó una oleada de críticas contra el estilo “tiquitaca”.

Es muy fácil apuntarse siempre al carro vencedor, y en esto del fútbol hay mucho ventajista con una gran habilidad para subirse a un tren en marcha. El titular del Marca era hoy muy elocuente: “España logra la victoria con una gran demostración de tiquitaca”. No ha sido este periódico precisamente el mayor defensor del sistema Guardiola. Pero cualquiera lo critica después de dejar a la temible Francia en la cuneta.

Nadie cuestionará ahora la táctica de Del Bosque antes de Portugal, pero no hay duda de que si por un casual los de Cristiano Ronaldo logran el pase a la final oiremos hablar de nuevo del falso nueve y del fútbol de toque. Y así en una espiral sin fin que acabará seguramente por desgastar el ciclo virtuoso de la roja. Así es el país y así seguirá siendo de momento, por lo que parece.

Y hablando del país: después del partido fue trending topic el hashtag #lamierdadefrancia. Hay veces que uno se iría al exilio y no volvería ni a por jamón.

El mismo día que el bolígrafo de Tito Vilanova ha aterrizado sobre el papel de su contrato de entrenador, Mourinho ha hecho unas reveladoras declaraciones sobre el sistema de juego de la selección. El portugués se ha mostrado molesto porque los periodistas ven al Barça como referente táctico de la roja. Y, según ha recordado muy atinadamente, “el Barça fue el campeón, pero ya no lo es”. La letra del nuevo fado compuesto por Mou dice algo así: ¿Por qué no se valorará más el papel de mis chicos en la selección?

Para empezar, me sorprende que a Mourinho le digan que la selección juega como el Barça, porque los periodistas capitalinos suelen utilizar abundancia de eufemismos, retruécanos y loopings argumentativos para no reconocer abiertamente la impronta barcelonista en su selección.

Yo juraría incluso que en Telecinco existe la consigna de no referirse al conjunto azulgrana durante las retransmisiones, que conducen con tanta profesionalidad y alegría -y no es sarcasmo- Paco González y Manu Carreño. Pensarán que el españolito medio no es capaz de aceptar que su equipo nacional juega siguiendo los pasos del diablo periférico. Deben querer evitar suicidios en masa, daños cerebrales irreparables en amplias capas de la sociedad.

Pero España está preparada para eso y hasta para un rescate bancario. Señores, si es el triángulo Xavi-Iniesta-Silva el que impulsa a la selección, y si son Cesc y Torres los que marcan goles, y si ninguno de ellos es del Madrid, pues ¡díganlo sin miedo!

La aportación del gran campeón de Liga a la selección se circunscribe a un enorme portero, un central irregular, un lateral del montón y un centrocampista de batalla. Cántenselo a Mourinho en la próxima rueda de prensa en forma de fado, que así lo entenderá mejor.

Efectivamente, el Barça no es el campeón de Liga y, aún así, inspira todavía el juego de la selección. ¿No le da que pensar eso a Mourinho? Será por aquello de que vencer no implica siempre convencer. Y cada vez que rueda el balón en el césped de Gdansk, Mourinho tiene ocasión de comprobarlo. Aunque le siente como un dedo en el ojo.

“Me sorprende que solamente se vea a españoles en Gdansk, ¿dónde están los italianos?” pregunta la guía del grupo de periodistas españoles, micrófono en mano en el autocar. “Es que nosotros tenemos cien mil millones para gastar, y ellos no”, responde alguien desde el fondo. En tiempos de crisis, la canallesca es más canalla que nunca.

Hay ganas de ver fútbol pero también de confraternizar con una población local nada acostumbrada a estos despliegues humanos. “¿A quien conocen ustedes de nuestros futbolistas?”, pregunta ilusionada la guía antes de llevarse el chasco: “Smolarek, Lato…”. Inasequible al desaliento, la chica contraataca: “Han salido algunos jugadores buenos más desde el Mundial de España, no crean…”.

Comemos en un bufet libre en el centro de Gdansk, una ciudad de 470 mil habitantes. Empiezan a correr ríos de cerveza, mientras atacamos una abundante selección de fiambres y ensaladas para acolchar el estómago y no llegar al estadio como una horda ebria de bárbaros del sur. Fracasamos en el intento: llegamos como una horda ebria al estadio.

Nuestro grupo es dispar. Coexisten algún periodista culé, como un servidor, con ilustres nombres del madridismo, como Eduardo Inda, David Gistau o Paco García Caridad. En el sector ilustrado, destacan Pepe Oneto, Pedro Piqueras, Juan Pedro Valentín, Ignacio Escolar e Ignacio Camacho. En todo grupo de periodistas, es bueno incorporar a algún contertulio, para que rellene (gratis) las horas muertas con su animada charla.

El equipo cuenta con la inestimable aportación humorística de Juan Luis Cano, la mitad más futbolera de Gomaespuma, y con el contrapunto intrépido de Jon Sistiaga. También está Herman Terscht, que en horario diurno pasa bastante inadvertido.

En la proporción de contertulios por viajante nos lleva mucha ventaja el otro gran grupo de periodistas españoles que ha llegado a Gdansk. Allí están Miguel Ángel Rodríguez, Fernando Jáuregui, Carlos Herrera y Matías Prats, entre otros prebostes de la cámara, la pluma y el micrófono. Los encontramos comiendo en el restaurante contiguo. Allí los catalanes descubrimos poderosos refuerzos: Olga Viza, Xavier Vidal-Folch, Àngels Barceló y Esther Jaén conforman una rocosa fuerza de choque.

El asalto al estadio, una bombonera de color ámbar, moviliza a todos los efectivos. La selección sale a jugar como siempre, construyendo el juego desde el puente de mando del mariscal Xavi con el toque de genio e inspiración de un hiperactivo Andrés Iniesta. La falta de un delantero de referencia –Villa es el gran ausente, y su nombre fue coreado en la grada como una invocación lastimera- deja al equipo un tanto romo.

Animando, la afición italiana es como su equipo, de una alta eficacia con un mínimo esfuerzo: intervienen pocas veces, pero frasean a la perfección los gritos de “Italia, Italia“, que retumban en el estadio como un coro de Verdi en un teatro de ópera. El ratio esfuerzo/resultado es también muy elevado en la escuadra azul: con mucho menos dominio que España, Italia inaugura el marcador en el segundo tiempo y obliga a los de Del Bosque a un reajuste táctico y a una sobreproducción de testosterona.

El empate hace justicia. La aportación de Cesc ha dado algo más de verticalidad al equipo, que ni con la entrada de Torres -salvo galopada aislada- logra alterar las pulsaciones del bueno de Bufón.

El primer ensayo de Del Bosque no ha dado el resultado esperado. Bien es cierto que con Italia a ningún equipo le suele ir bien. Es un fútbol el italiano que desluce siempre al rival. Pero en el grupo de periodistas hay consenso en dos cosas. Uno: el ataque no está resuelto. Y dos (merengues incluídos): la solución a cualquier problema de España pasa por más Iniesta. Grupo tan ilustre no puede errar el diagnóstico.

 

Cuando este año la selección vuelva a caer en cuartos, si es que llega, espero que todo el mundo vuelva su indignación hacia quien ha dinamitado al grupo humano que hizo posible ganar la Eurocopa del 2008 y el Mundial del 2010: José Mourinho.

 

Que las relaciones entre barcelonistas y madridistas en el combinado español no son buenas es algo obvio. ¿Cómo se puede pasar página después de todo lo ocurrido en el inicio de esta Liga y el final de la anterior? Hay familias que no pueden volver a sentarse en la misma mesa por mucho menos que eso.

 

A Xavi le rascaron con la uña en una entrevista y saltó el barniz. Apareció el malestar por el mal perder que tuvo el Madrid la temporada pasada y en el inicio de esta, en la Supercopa de España más bronca que se recuerda desde su ¿prescindible? creación.

 

Y según la Central Lechera, esto ha provocado mal rollo entre los madridistas de la selección, que han decidido “pasar página por el bien del grupo”. Esta preocupación por el bien de la selección española bien podrían haberla tenido antes de decir las barbaridades que dijeron contra el Barça para desacreditar sus triunfos. Ahora quizás sea demasiado tarde.

 

Es cierto lo que dijo Xavi: el Barça demostró saber ganar y saber perder, mientras que el Madrid suspende claramente en lo segundo. Y tiene todo el derecho a decirlo porque no es un insulto ni una desconsideración. Es una descripción de la realidad, y a quien no le guste la realidad que trabaje para cambiarla, porque está en su mano.

 

Mourinho se cargó la selección con su dedito y sus ataques constantes a Guardiola. A él le daría vergüenza ganar la Champions como lo hizo el Barça, y a nosotros nos da vergüenza ajena observar el patetismo de un mal perdedor. Lo dijimos entonces y lo recordamos ahora, antes de que empiece la competición, para que no nos llamen cenizos: la selección esta rota, acabada. Y sólo faltaría que ganase la Eurocopa Portugal con gol de Cristiano Ronaldo, para alegría de Mourinho. Sería una ironía –más- del destino.

 

Me sorprendió el alud de indignación cuando lo del anuncio de pitada al himno español en la final de la Copa del Rey en un país que suele emplearse a fondo en esta práctica en los partidos internacionales. Hace ya muchos mundiales que éste es un tema comentado en mi casa: ¿por qué una parte importante de la afición española tiene la fea costumbre de silbar mientras suena el himno del adversario?

Esto no ocurre en otros deportes ni ocurre en el extranjero, porque un himno nacional tiene un carácter de representación simbólica que abarca muchas más esferas que la deportiva y muchas más generaciones que la actual. Silbar el himno chino es silbar el himno de los chinos de ahora, de sus padres y de sus abuelos. De los que van al fútbol y de los que cultivan arroz o trabajan en las fábricas. Y si hacen el esfuerzo de sumar a los individuos afectados, verán que es una faltada tridimensional.

Pero no se puede silbar ni al himno de Liechtenstein, aunque represente a cuatro. Creo que para el bien de todos, y ya que queremos despolitizar al máximo el deporte, los mundiales de fútbol deberían descargarse de parafernalia patriótica que no aporta nada al fútbol y solamente enturbia el ambiente. Porque nadie se limita a defender sus colores: siempre hay quien encuentra mejor manera de animar despreciando al adversario, y ahí entramos ya en la agresión nacionalista.

No hay nada más estrictamente futbolero que una competición de clubes, donde los chovinismos nacionales pasan a un tercer plano –salvo en equipos que se arrogan la representación nacional con profusión de banderas rojigualdas, como el Real Madrid.

Yo escribí en este blog que no silbaría el himno español por respeto a todos los españoles que no son como Esperanza Aguirre, que son la mayoría. Y sé que muchos de los que lo hicieron fue en respuesta a la demostración de imperialismo inquisitivo de la presidenta de Madrid. Otros, en protesta por el veto español a la selección nacional catalana. Unos cuantos por rebeldía independentista, y el resto por antiespañolismo. Sentimiento, este último, que en mi opinión perjudica más a quien lo profesa que a la propia España. Pero eso es harina de otro costal.

Esta es la radiografía aproximada de los que silbaron contra España en el Calderón. Pero siempre me pregunto qué motiva a un aficionado de la selección a silbar a un himno extranjero como si fuera el himno de un club de fútbol. No es lo mismo, señores. Al club de fútbol pertenece quien quiere, a una nación quien le toca, sea futbolero o sea vendedor de alfombras viejas.

En la Eurocopa, conténganse y céntrense en aplaudir a su propio himno, quien quiera. Y no proclamen al mundo su ignorancia y falta de respeto, que está España como para ir enseñando las vergüenzas.