Archivos para la categoría: Política

Llevar un trono de Semana Santa en Málaga es como ver un plano secuencia de las caras de sus ciudadanos. Desde tu perspectiva como portador de un varal exterior de la Zamarrilla, ves los ojos del público mirando hacia arriba, y cómo la sombra del palio de la Virgen va oscureciendo sus rostros alzados, ora en silencio, ora al son de las marchas solemnes. A nuestro paso, solamente aplausos y emoción contenida.
La devoción por la Virgen aúna barrios, sensibilidades, sexos y edades. No hay distinción: desde niños de pecho que abren los ojos sin saber todavía articular palabra y señalan la imagen coronada, hasta gente mayor que se santigua y reza. Desde las sillas de camping y la fiambrera con tortilla de la tribuna de los pobres, a los palcos de pago y los pañuelos de Cartier en la calle Larios. Algo tiene lo que llevamos a hombros que actúa de forma analgésica sobre una sociedad donde, si algo abunda, es la desigualdad. En Málaga y en Alcorcón.
En la calle Carretería dos mujeres se insultan porque una ha ocupado la primera fila cuando la otra llevaba más tiempo esperando para ver a la Virgen de cerca. Unos metros más allá, después de dar la curva de 180 grados y enfilar el pasillo de Santa Isabel, en la cuesta que lleva al puente de la Aurora, una señora llora sin dejar de mirar la imagen de la Virgen. Su hija la abraza desde atrás y la besa. Llevar el trono también es ver un plano secuencia de las emociones: desde las más bajas pasiones hasta el amor en su expresión más pura. Como la vida misma.
Y tú, con el varal hincado en el hombro, vas pensando que muy pocas ocasiones hay en la actualidad de contemplar un fresco social y emocional en estas condiciones igualitarias. En un país donde los políticos son incapaces de gestionar el fraccionamiento del parlamento no se le puede pedir a la gente que sea un dechado de responsabilidad cívica o de altruismo solidario.
Y en cambio, en el mundo del aislamiento individualista del móvil y los auriculares, hay muchos de estos ciudadanos que saben encontrar la motivación necesaria para salir a las callejuelas y apretarse al paso de los tronos. Misterios insondables y maravillosos de la Semana Santa.
Si los no creyentes también disfrutamos de la Navidad como una exaltación del amor familiar, ¿por qué no podemos vivir la Semana Santa como una celebración de la transversalidad social e ideológica?
Al fin y al cabo, no creo que el concepto de prójimo ande tan lejos del de conciudadano.

imageCuando se hablaba, al principio del procés, de que este sería largo y que nos traería malos momentos, supongo que se referían a episodios como el que estamos viviendo ahora mismo.
Escribo desde la perspectiva del que no es votante de Mas, vive alejado del día a día de la política catalana, y para más inri reside en la capital. No de la República catalana, sino del Reino de España.
Quizás es esta triple distancia la que me permite hacer determinadas reflexiones. Disculpen si las encuentran algo pueriles o inocentes: no doy para más.
Llevo días preguntándome por qué hay tanta gente que dice que no es posible un acuerdo entre Convergencia-ERC y la CUP. Recuerdo, cuando era niño, el revuelo que se armó con la legalización del partido comunista, después de cuarenta años de dictadura militar y de una guerra civil perdida. Recuerdo también que ese PCE pasó de golpe de estar en la clandestinidad (no logro borrar de mi memoria a Carrillo con peluca) a participar activamente en los llamados pactos de la Moncloa para conseguir el hoy en día tan cacareado pacto constitucional. Si Carrillo con peluca se puso de acuerdo con Suárez (todavía con rozaduras en el pecho causadas por el yugo y las flechas), por qué no pueden Mas y la CUP jugar juntos en el patio?
Recuerdo también que los hoy feroces guardianes de la constitución son herederos políticos de los que andaban montando mesas para vender llaveros con el aguilucho en la zona de la “plaza Calvo Sotelo”, armados con porras retráctiles y luchacos. Recuerdo que para ir al comedor del CEU, en la zona universitaria de Barcelona, había que pasar por un monumento horroroso, que era el tributo a los caídos de un solo bando de la contienda española.
Son retales de mi memoria que dibujan una fotografía histórica realmente inquietante. Nadie sabía por donde podían ir los tiros (en el sentido literal, los que se escucharon el 23 de febrero del 81), y desde luego eran muchos los que desconfiaban de una España que había despedido al dictador con lágrimas en los ojos y el brazo en alto. Luego resultó que, al votar la constitución, eran todos demócratas de larga tradición. Y ahora, los de las lágrimas y el brazo, o sus herederos políticos, nos dan consejos de tolerancia y de aperturismo mental. La fe del converso, supongo.
A los que se han montado hace dos días en la atalaya de los valores democráticos y constitucionales y nos observan desde los cielos, que rebusquen un poquito en el baúl de la historia. Y verán, si se quitan las gafas oscuras, que el pacto para una transición desde dentro del régimen fue posible, una vez más, gracias a las renuncias y a la generosidad de los de siempre. Y que las nacionalidades históricas tuvieron que conformarse con las migajas de un reconocimiento rayando en la tolerancia malhumorada del nacionalismo español castellaniforme.
Demos un saltito al presente. Ahora parece que el responsable de nuestros males es el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Reclamamos a los políticos que sepan hacer política, que no gobiernen desde la prepotencia sino desde el diálogo, que sepan leer con humildad los resultados electorales, que no se suban a la poltrona y quieran conservarla cueste lo que cueste. Pues a Mas creo que se le puede decir de todo menos que sea el último mohicano de la vieja política.
Ante las negociaciones con la CUP, unos ven en la actitud de Mas una intolerable bajada de pantalones frente a los radicales antisistema y los otros lo acusan de intransigencia antisocial por no querer irse a hacer maquetas con palillos a su casa. ¡Un poco de paciencia!
Es cierto: Artur Mas tomó los mandos de un coche que venía con las ruedas pinchadas y la dirección torcida. Un partido ensuciado por los casos de corrupción y que había tiznado también una acción de gobierno en la que Mas ostentó un papel destacado.
Todo esto es cierto. En ausencia -de momento- de responsabilidades penales concretas, se le podían haber pedido a Mas responsabilidades políticas por no haber detectado/denunciado los desmanes cometidos durante la administración Pujol. Pero en las urnas, que son las que depuran este tipo de responsabilidades, Mas ha sufrido una erosión continuada pero no drástica: continúa siendo el líder más votado en las autonómicas.
Como dirigente político, Mas ha pasado por todas las vicisitudes posibles: ganar en votos pero no en escaños, ganar en escaños y no poder gobernar, tener que pactar un Estatut desde la oposición y luego que lo tumben desde el Constitucional a pesar del voto mayoritario en referéndum en Catalunya, tener que rebajar las expectativas de acuerdo a un pacto fiscal, ver como una marea soberanista le pasa por encima y decidir dejarse llevar agarrado a un tronco en plan náufrago, tener que llegar a un acuerdo con su principal adversario político en una teórica Catalunya independiente (ERC), y finalmente depender de los votos de los antisistema.
Bajo su gestión hemos vivido la ruptura de CiU y la vaporización de Unió, la división y progresivo fundido a negro del PSC, y ahora la partición justo por la mitad de la CUP.
Sinceramente: creo que un político de la vieja escuela hace tiempo que se hubiera metido en una puerta giratoria o estaría dando conferencias en Boston en un inglés macarrónico. Mas es un todoterreno político. Unos podrán decir que lo que quiere es aferrarse al cargo, ostentar poder de cualquier manera. Pero visto con una cierta perspectiva: ¿es envidiable la situación de Mas? ¿Le compensará resistir el envite unionista de todos los poderes económicos, empresariales, institucionales, policiales y judiciales del estado? Y encima, ser la obsesión particular del ministro Fernández Díaz… Uf, qué pereza.
Por el mismo precio, quedémonos con lo positivo: tenemos un presidente de la Generalitat que tiene una gran cintura para afrontar las contrariedades, mucho temple y elocuencia verbal, creatividad política, increíbles recursos como negociador, pocos apriorismos ideológicos, sentido práctico a prueba de bomba, y encima siempre pone buena cara.
¿Que prefiere usted decir que es un fariseo calculador y oportunista? Bueno, tiene usted todo el derecho. De momento, la mayoría de los catalanes sigue confiando en sus capacidades políticas y eso, siendo prácticos, es lo que cuenta.

Últimamente se oyen por Madrid, nuestra ciudad de adopción, muchos mensajes apocalípticos. Sé que no necesitas explicaciones, porque está todo más que hablado entre tú y yo sobre la cuestión nacional. Pero aún así he querido aclarar algunos puntos por escrito, para que no te quede ninguna duda.

Para empezar, una obviedad: a pesar del lenguaje empleado por algunos mandatarios y periodistas capitalinos, no va a pasar nada traumático. Y mucho menos nada que afecte a nuestra amistad.

No sé de ninguna amistad que se haya terminado por tener una frontera administrativa de por medio. Aunque surja una frontera más, no habrá ni una amistad menos.

Hemos hablado una infinidad de veces de la relación entre Catalunya y España. Ambos nos sentimos muy distantes de cualquier nacionalismo excluyente o de imposición. También de los patriotismos exacerbados. Le damos a nuestro país el valor que tiene. Cada cuál tiene el suyo, y ello no es motivo de exaltación ni de riña.

Entiendes que la relación entre Catalunya y España nunca ha sido fluida. Entiendes que principalmente el PP, pero también el PSOE y el nacionalismo autonomista, han intentado sacar rédito electoral de ese desencaje. Entiendes que el quebranto de legitimidad democrática a raíz del Estatut nos llevó a una situación insostenible. Una vez más bajo la presión de los estrategas electorales del PP. Recuerda que íbamos juntos por la calle cuando nos pedían firmas “contra los catalanes”. Y entiendes por fin que, desde entonces, la propia lógica del radicalismo democrático nos lleve a pedir la superación del actual marco legal.

Porque en el fondo, y también está más que hablado contigo, estamos (aunque no lo parezca) en el mismo barco. Nuestros hermanos mayores se consideraban ciudadanos del mundo. Nosotros, tú y yo, decimos que pertenecemos a la nación de los que quieren tener el control sobre su propio futuro. Y queremos hacerlo de la única forma conocida de evitar el totalitarismo: votando.

Mi miedo es el mismo que el tuyo: que unos pocos secuestren con nocturnidad la voluntad de una mayoría. Que un sistema basado en el esclerótico poder de los partidos se lleve por delante la legitimidad democrática. Que en unos pocos despachos se diseñe nuestro futuro colectivo.

La revolución democrática que sacude Catalunya está empezando a hacer lo propio en España. Es cuestión de tiempo. La ceguera de los dirigentes es la mayor garantía de que nuestros pueblos volverán algún día a encontrarse en el camino. Siempre que ambos, libremente, así lo deseen.

Tú y yo, mientras tanto, seguiremos yendo libremente de cañas por Madrid y arreglando a España y a Catalunya.

imageNo son sólo 260 hombres debajo de 4500 kg de trono. Mientras la imagen de María Santísima de la Amargura Coronada, la popular Virgen de la Zamarrilla, se mecía al compás de las marchas de Semana Santa por las calles de Málaga, en la noche del Jueves Santo, me dediqué a pensar que formábamos parte de una catarsis colectiva que iba mucho más allá de la celebración ritual católica.

No es la primera vez que lo pienso. Al fin y al cabo, ocho horas de procesión son, lo quieras o no, una clara invitación a la meditación en todos los ámbitos existenciales.

Hay un simbolismo bastante obvio en la representación de un grupo de personas arrimando el hombro para conseguir un objetivo común, repartidendo el esfuerzo de forma igualitaria, sin quejas, sin afán de protagonismo, y sin otro combustible que la pura solidaridad. Es evidente constatarlo, pero no es tan evidente experimentarlo.
Es al pasar tú mismo por esa experiencia cuando te das cuenta de las pocas ocasiones que se te ofrecen en la vida de sentir algo parecido.

No está pensada la sociedad de consumo y de la globalización para sentir que formamos parte de un todo. Formamos parte de un censo electoral, de los archivos del ministerio de Hacienda, y también quizás de algún chat de whatsap. Pero vivimos la socialización a través del individualismo más absoluto. Vivimos solos en sociedad.

Por ello no estaría de más que nos receten, aunque sea muy de vez en cuando, sentir el aliento de nuestros congéneres. Y no en el metro en hora punta, donde apenas nos miramos, sino en este tipo de tradiciones populares tan arraigadas como evocadoras.

Quizás las procesiones de Semana Santa sean ya, fíjense lo que llega uno a pensar con el varal incrustado en el hombro, de las pocas formas que nos quedan de recordar que es imposible cualquier conquista humana sin nuestros conciudadanos.

Debajo del trono se siente el peso de las 4 toneladas y media, pero se experimenta también un empuje ligeramente superior que surge de sus portadores y que permite levantar la estructura y moverla. Esa es la formidable energía transformadora que se moviliza en un trono: no la de la gravedad, sino la que va en sentido contrario, desde abajo hacia arriba.

Esta interpretación casi marxista -con perdón- de la Semana Santa viene reforzada, en los tiempos que corren, por otras consideraciones. La resurrección y muerte de Jesús de Nazareth simboliza la regeneración que sucede a toda catarsis, la muerte asociada siempre al renacimiento en una filosofía que ve la existencia humana como una sucesión perenne de ciclos.

Me dio por pensar también debajo del trono, no sé si sería por la Alameda o ya por el empedrado de la calle Larios, que todo lo que acaba vuelve a empezar, que a cada noche le sucede un amanecer, a cada invierno una primavera, y a cada cambio una nueva realidad. Y quiero creer que, después de ocho años de invierno, nos toque ya cambiar de estación.

El nuevo ciclo no llegará -por mucho que se empeñen- porque los políticos reciten el mantra del final de la crisis. Llegaremos a él sólo a condición de que sepamos generar el mismo empuje desde abajo hacia arriba que mueve el trono de la Zamarrilla, el del Cristo de los Milagros, y los de las más de 40 cofradías malagueñas.

Una fuerza colectiva en la que no caben ni lamentos ni protagonismos exacerbados, y que reclama un reparto equitativo del esfuerzo.

He tenido, por motivos que no vienen a cuento, la ocasión de asistir a un pase privado del documental “La Rosa de Fuego”, dirigido por Manuel Huerga y producido por Mediapro. El del documental siempre ha sido un género que me ha encantado. Y de hecho, es de los pocos géneros de los que se puede decir que tiene pasado, presente y futuro.

El documental en cuestión es una visión panorámica de Barcelona. Retrata su geografía física y política en el momento actual pero también en algún pasaje histórico. Está rodado en 3D tanto en la forma como en el fondo, porque no solamente ofrece una visión tridimensional de los monumentos, calles, avenidas, y locales sino que también del momento socio-político en el que nos encontramos.

Aparecen las manifestaciones soberanistas, las del 15-M, las celebraciones barcelonistas e incluso los conciertos del Fórum o del Club Super 3. Las grandes concentraciones humanas se entremezclan con pequeñas tramas particulares, como la de la chica japonesa que cambia a su novio, canoso y malhumorado, por un joven y apuesto camarero todo sonrisas. ¿Una metáfora del proceso soberanista que vive Catalunya?.

La voz en off (Serrat en castellano, Guardiola en catalán y Woody Allen en inglés, todo un tridente al estilo Neymar-Suárez-Messi) revolotea, como el propio objetivo de la cámara, entre las tres dimensiones básicas de la ciudad: su gente, sus tradiciones y sus anhelos. Las piedras, el asfalto, los edificios, las montañas y el mar no son más que el marco que realza este inmenso fresco de emociones que va y vuelve del pasado al futuro pasando por un trepidante presente.

Es un reto gigante explicar Barcelona en 100 minutos y Huerga, bajo mi opinión, lo consigue. Transmite lo más importante: la pasión que conecta a los habitantes de esta ciudad, a los que llevan generaciones felizmente anclados en ella y los que acaban de llegar.

Según la voz en off, “Barcelona tiene algo especial”, que es algo que sabemos todos los que la conocemos y amamos, aunque solo unos pocos sean capaces de convertir esta íntima convicción en palabras.

Viendo el documental me acordé muchas veces de Ciutat Morta, otro trabajo audiovisual sobre la capital catalana que ha llegado recientemente a la gran pantalla. Son dos largometrajes que nada tienen que ver ni en planteamiento inicial ni en objetivos. Pero tienen en común que pretenden proyectar una imagen de Barcelona. Y en algunos momentos, la Rosa de Fuego, aunque empezó a rodarse mucho antes, parecía una respuesta a Ciutat Morta.

El documental de Mediapro es una bocanada de aire fresco, es una inyección de ilusión. Transmite ganas de pisar la calle, de encontrarse con los barceloneses, de protestar y quejarse pero también de construir y celebrar.

Se agradece que de vez en cuando haya alguien remando para seguir avanzando y no para retroceder recordando -y amplificando de paso- las rémoras, los obstáculos y las penalidades.

No quiero decir que no deban existir trabajos audiovisuales como Ciutat Morta. Aplaudo el esfuerzo casi heróico de sus autores para conseguir rodar, montar y distribuir la película. Pero celebro también que, aparte de constatar nuestras miserias, algunos se esfuercen por hacernos ver que también se han hecho algunas cosas bien.

Me imagino que habrá personas que saldrán de ver La Rosa de Fuego diciendo que muestra un reflejo buenista de la ciudad, que le faltan referencias a los casos de violencia policial, a los desahucios de ciudadanos corrientes -y contribuyentes- y también de okupas, a los casos de corrupción que han sacudido la ciudad, al oleaje erosivo de los turistas en manada, a los ruidos en determinados barrios o al alza estratosférica del precio de la vivienda, por citar sólo algunas de nuestras consabidas sombras.

Pero yo, qué quieren que les diga, antes que torturarme con una visión de Barcelona que parece sacada de un cuadro de la época negra de Goya, prefiero reconciliarme por fin con ella. Agradezco a Huerga y a Mediapro dos cosas: que sigan invirtiendo en documentales por un lado, y por el otro que favorezcan una mirada positiva, aunque sea una sola, sobre esta ciudad.

vargas llosa

La buena noticia es que el aparato del Estado se toma en serio la “amenaza separatista”. La mala noticia es que hasta el momento habrá desplegado solamente un 20 por ciento de su potencial para contenerla.

El Estado reacciona con reflejos paquidérmicos, pero ello no debe confundir a nadie: el estruendo de su pisada retumbará en nuestros oídos y pondrá a prueba la firmeza de la voluntad de todos y cada uno de los independentistas de este país.

No nos creamos el discurso de los que nos prometen un sendero de negociación civilizada. España no ha basado nunca su fuerza en la capacidad de diálogo y el razonamiento. Sus armas han sido siempre las entrañas y la fuerza bruta.

Vargas Llosa ha aportado esta semana su visión del tema, que entronca perfectamente con la receta que propone tradicionalmente la metrópolis: “el nacionalismo pacífico no existe, hay que combatirlo sin complejos como al otro”. Es decir: da igual que en Cataluña haya habido un grupo terrorista o no, hay que aplastar sus demandas con la misma determinación, porque la razón no está de su parte. Como en las cruzadas: tiene derecho a matar aquél que tiene a Dios de su lado.

Que tengamos muy claro aquello a lo que nos enfrentamos. Vivir en Madrid permite tener una perspectiva muy clara de lo que está en juego: España no puede permitirse perder a Cataluña. Ni desde el punto de vista económico –que no es el más importante, a pesar de todo- ni desde el punto de vista simbólico. Lo ha dicho Vidal Quadras: “España sin Cataluña sería un cuerpo mutilado”.

Tenemos derecho a pedir lo que pedimos. España es un estado miembro de la UE y ya no puede lanzar al ejército contra una parte de su pueblo. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que nos hemos propuesto dejar a un Estado sin su principal motor económico. Un Estado decadente, en crisis y sin autoestima. Pero capaz de dar todavía mucha guerra.

La respuesta a nuestras demandas no será ni razonada, ni democrática ni pacífica. Será por tierra, mar y aire. Aznar, Vargas Llosa, Vidal Quadras, desde un lado, y Rubalcaba, Bono y Corcuera desde el otro son solamente la artillería que allana el camino previo a la ofensiva.

Si alguien pensó que esto sería fácil, que se desengañe. Darle la puntilla a una vieja potencia colonial no se hará solamente con razones.

Uno de los efectos benéficos que va a tener el proceso soberanista en Catalunya va a a ser que a muchos, por fin, les va a caer la máscara. Y en algún caso, incluso los pantalones.

El derecho a decidir no admite medias tintas: estás a favor o en contra. Crees que Catalunya es sujeto político o crees que es una simple región. Crees que ser español merece pagar el precio que pagamos -no sólo económico-, o no.

Alguien que va a enseñarnos sus cartas al respecto, este mismo fin de semana, es Pere Navarro, el contorsionista de Terrassa. Y no moverá ficha en la dirección que le señalaría su progenitor, precisamente, sino en la contraria.

El motivo de crítica no es el fondo de su postura: tiene el PSC todo el derecho a ser una simple franquicia del PSOE, faltaría más. Puede incluso renunciar a ser un partido independiente, y pasar a ser una federación socialista más, como la de Madrid, por ejemplo. Ya sabrán entonces qué hacer los que les votaron en las últimas elecciones, cuando incluyeron el derecho a decidir en su programa electoral. Que hagan caso a Bono y a Corcuera, que han demostrado siempre saber lo que le conviene a Catalunya (para hacer exactamente lo contrario).

Navarro, pues, tiene todo el derecho a defender una Catalunya española. Lo que no entiendo tanto es el proceso que les ha llevado hasta aquí y su tradicional política sinuosa y oportunista. Ellos han acusado con razón a CiU de hacer “la puta i la ramoneta”, pero ellos, con perdón, han sido la más puta y la más ramoneta: en su relación con el país (ahora tiene derecho a decidir, ahora no porque se deja llevar por el mesiánico Mas) y en su relación con el socialismo español (que si tendamos la mano a la España fraternal, y ahora votemos en contra de lo que dice el grupo socialista).

Pero parece que este fin de semana, por fin, Navarro nos dirá lo que piensan en realidad. Y no será por un proceso de democracia interna, pactando con sus corrientes internas, o sometiendo a votación las distintas fórmulas políticas posibles. No, será con la amenaza previa de acallar las voces críticas para siempre, formulada por un tal Balmón, un tipo inquietante con maneras de pistolero salido de la semana trágica. Viva el debate interno. Y viva Stalin, también.

El giro, que no será tal porque nunca han conseguido esconder sus auténticas intenciones con respecto al derecho a decidir, se produce después de un pacto con Rubalcaba: el PSOE le da su apoyo a Navarro, retira su amenaza de crear una federación en Catalunya, pero el PSC renuncia para siempre al derecho a decidir. Previsible, ¿no? Dicho de otra manera: someter el debate sobre el interés general del país (¿cuando votar?) al mantenimiento de la “botigueta” política. No le toquéis el chiringuito que es su modus vivendi. Pequeño, ramplón y servil, pero el único espacio que le permite seguir existiendo como marioneta política. A navarro le han mostrado en qué pequeño patio trasero tiene derecho a estar, y él, feliz y contento, lamerá la mano de su dueño moviendo el rabito,

Por suerte en Catalunya a los recaderos del centro, por mucho disfraz “catalanista i d’esquerres” que lleven, ya hemos aprendido a identificarlos. Sólo deseo que los hasta hoy electores del PSC recuerden qué les ha prometido Navarro y qué ha terminado haciendo. Que lo incluyan en la ya larga lista de políticos que, una y otra vez, son capaces de pasarse el mandato electoral por el arco de triunfo y que prefieren correr a bajarse los pantalones antes que defender sus compromisos.

godó

Prestemos mucha atención a los sectores que, desde Catalunya, han iniciado una ofensiva mediática en favor de un un giro moderador del proceso soberanista. Como si la oleada cívica que vivimos en Catalunya, la fuerza tranquila de la calle expresada pacífica y democráticamente, precisase de moderación alguna. Dice Enric Juliana en La Vanguardia que “hay gente que tiene miedo de una inteligente moderación catalana”. Y yo le respondería que más preocupante me parece la gente que, como él, tienen miedo de escuchar lo que pide la calle. Porque lo que demuestra ser es un demócrata de salón, un déspota ilustrado con manguitos, apartado del ruido callejero y encerrado en su sala de operaciones conspiradoras.

Veamos quien está detrás de este dribling táctico, porque a lo mejor sus intereses reales están muy alejados de aquello que aseguran defender. ¿A qué aspiran realmente los de la tercera vía y qué influencia real tienen sobre Artur Mas y Oriol Junqueras?

Desde el famoso editorial de La Vanguardia en demanda de moderación en Catalunya, es evidente que el grupo Godó de comunicación ha iniciado una deriva que pretende apostar por una tercera vía que divida prematuramente el bloque soberanista. En algún momento esta fractura tenía que ocurrir, ya que no todos los partidarios del derecho a decidir iban a votar que sí en un referéndum por la independencia. La pregunta es: ¿por qué abrir ahora este debate, cuando todavía no hemos llegado al momento de votar?

En cualquier negociación -y ahora estamos metidos hasta el cuello en la más decisiva en la historia de nuestro país- es de cajón que hay que mantener la cohesión hasta el último momento, y no rebajar las exigencias hasta que, eventualmente, el otro lado se mueva de forma significativa y ofrezca una salida digna, que cumpla los mínimos exigibles a estas alturas del proceso. Si se mueven. Y si no, hay que seguir hasta el final, porque nos asiste toda la razón de pedir lo que pedimos, tras 300 años de buscar la tercera vía de la convivencia peninsular como si del santo grial se tratase.
¿Por qué un grupo mediático tan importante como el grupo Godó se adelanta ahora para romper la estrategia unitaria, echar agua al vino de las reivindicaciones, e intentar cobrar ya beneficios del movimiento social soberanista como si todo fuese el fruto de una estrategia para subir un peldañito más en nuestra travesía del desierto autonomista?

Cuando el rey Juan Carlos se traslada a Barcelona en alguno de sus más o menos confesables viajes privados a Barcelona se aloja en casa del Conde de Godó. Cuando ha tenido que ofrecer alguna cena privada a personalidades extranjeras, lo ha hecho en el comedor del conde de Godó. Y cuando el monarca ha comprobado por televisión el éxito de convocatoria de la Assemblea Nacional de Catalunya, el primer teléfono que ha descolgado para vomitar su indignación ha sido el del Conde de Godó. Y está claro que tanta presión regia están causando mella en el grande de España.

La Vanguardia, un transatlántico gobernado respetando un complicado equilibrio de poderes, tiene la increíble capacidad de mudar de piel sin aparente sobresalto. Últimamente se adivina claramente, detrás de su línea editorial, el argumentario de los sectores partidarios de renunciar ya a la independencia para buscar una nueva solución de “peix al cove”. Más vale pájaro autonomista en mano que ciento independientes volando, vendrían a decirnos.

Y lo que más irrita es la forma en que lo hacen: con ese tono condescendiente y pedante, citándonos a Gramsci (“la ilusión es la mala hierba más tenaz de la conciencia colectiva. La historia enseña pero no tiene alumnos”), como aquel padre gordinflón y aburguesado que da lecciones de sentido práctico a sus atolondrados vástagos. Pero, ¿por quién nos han tomado estos señoritingos entreguistas? Son los altavoces del centralismo en Catalunya de siempre, ahora disfrazados de dialogantes y moderados.

Que no nos vendan películas: su rumbo no lo marca el “seny”, sino la monarquía española y sus fuerzas más centralizadoras a través del conde de Godó, su brazo ejecutor en Catalunya junto con el máximo mandatario del grupo Planeta. Finalmente las fuerzas vivas de la comunicación en Cataluña reorientan sus cañones del lado hacia el que siempre han apuntado, y ahora empezarán con sus disparos machacones.
¿Y Más qué dice a todo esto? A nadie se le escapa que el president juega un papel clave en el proceso de Catalunya hacia la independencia. Cuando todavía no se había producido la primera de las grandes manifestaciones soberanistas, Mas visitó Madrid para defender en el Forum Europa la propuesta de pacto fiscal con la que concurriría a la reelección. Ante la flor y nata del empresariado madrileño, entre los vetustos muros del hotel Ritz, Mas avisó de lo que venía y habló por primera vez -que yo recuerde- del concepto de transición nacional hacia lo que Catalunya quisiese ser.

Como siempre que a los políticos de la Villa y Corte les pasa por delante un elefante rosa con gorro de ducha, resultó que estaban todos mirando al tendido. Nadie se enteró de la película. Hasta un par de años después, ante la imagen de un millón y medio de catalanes en una cadena humana de 400 kilómetros, no han caído en la cuenta de que algo realmente está pasando.

Quiero decir que hasta la fecha Mas ha ido avisando, paso por paso, de un proceso que no está liderando pero si intentando gestionar como buenamente puede. No se sabe si a lomos del caballo o a rastras detrás de él. Pero lo cierto es que ha conseguido que en Madrid olviden al peor ogro conocido desde Macià y Companys, que fue el Lucifer de Cambrils, Josep Lluis Carod Rovira.

Él ha dicho que prefería inmolarse como un mártir antes que quedar como un traidor. Tiene ahora la oportunidad de demostrarlo y de ignorar los cantos de sirena de las terceras vías inexistentes y de los falaces moderadores. Mientras siga hacia adelante, caminaremos a su lado. Si no, lo dejaremos atrás. Porque tengo más fe en el millón y medio de personas que salieron a darse la mano el pasado 11 de septiembre que en todos los políticos y periodistas que han gestionado el nauseabundo autonomismo hasta la fecha de hoy. Estos ya no engañan a nadie.

rubalcaba

A ver si nos aclaramos: el problema no es que el corsé apriete, sino el querer llevar corsé. Alfredo Pérez Rubalcaba se ha sacado de la chistera una propuesta de reforma constitucional “para acercar a España a un modelo federal”. ¿Qué significa esto? ¿Un estado de las autonomías evolucionado en el que la financiación de Catalunya vuelva a quedar diluida en un sistema de régimen común? ¿Un modelo de Estado que seguirá permitiendo al gobierno central legislar a placer en cuestiones reservadas a las autonomías o los estados federados, como la educación? Un modelo de estado que seguirá sin distinguir los territorios históricos de las demarcaciones puramente administrativas? Esto no es una propuesta política, esto es el timo de tocomocho. La misma miseria de siempre pero adornada con un lacito de colores.

No sigamos desenfocando la cuestión, señores. El problema al que se enfrenta España no es la Constitución, porque como dice Miquel Roca si se hubiese hecho de ella una lectura generosa no haría falta ni tocarla. El problema es la filosofía de Estado que anima y animará la acción política de los dos partidos mayoritarios españoles. Solamente conciben un sistema unitarista de matriz castellanocéntrica en el que las autonomías o estados federados o como quieran llamarlos son divisiones puramente administrativas que se rigen todas por el mismo rasero. De Catalunya se tolerarán las especificidades culturales (¡muchas gracias!) pero nada más. Por lo demás se pretenderá que funcione, exactamente, como la región de Murcia. Eso sí, con una presión fiscal mucho más alta que Murcia y con una inversión del Estado muy inferior a la de Murcia.

La filosofía de PSOE y PP se basa en negar a Catalunya como sujeto de soberanía y como nación. Lo que hagan con la Constitución a partir de esta negación, a los catalanes, nos tiene que traer sin cuidado. Porque ni con cincuenta mil cambios lograrán satisfacer lo que pedimos. Y ya no lo mendigamos. Ahora lo exigimos.
Ni los cantos de sirena del final de la crisis nos tienen que desconcentrar ahora. No debemos caer en el error de pensar que porque empezamos a salir del túnel hay que deshacer ahora el camino recorrido. Al contrario. Si la situación económica repunta, mejor. Así, nuestra transformación en Estado libre será una aventura menos azarosa. No es un tema coyuntural el que nos mueve, ni un tema coyuntural el que nos hará parar.

Ver salir a los presos de ETA y observar los lodos que se remueven con los últimos coletazos del tema terrorista vasco debe aumentar nuestra autoestima: lo estamos haciendo bien, con un respeto escrupuloso a las normas de convivencia democrática y con unas arraigadas convicciones pacíficas. Nadie podrá arrebatarnos la razón porque tal y como defendemos nuestros argumentos, tienen una fuerza aplastante.

Al menos parece que los dirigentes políticos españoles se van dando cuenta, poquito a poco, de la magnitud de la tragedia que les ronda, de lo irreparable del mal que han causado con su ineptitud y ceguera. Lo que todavía no atinan a vislumbrar es la irreversibilidad del proceso. Y cuando se quieran dar cuenta sólo podrán ya lamentarse por no haber sabido reaccionar a tiempo. No será que no se les habrá avisado.