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20 sencillas preguntas que cualquier ciudadano español debería hacerse.

Si contestas que sí a todas, eres Albert Rivera.
Si contestas que sí a entre 15 y 20, eres un buen patriota.
Si contestas que sí a entre 10 y 15, eres sospechoso de ser federalista.
Si respondes a todas que no, cuidado: eres podemita o hasta sedicioso.

1. ¿Me preocupa más el independentismo que la independencia del poder judicial?
2. ¿Me niego ni a imaginar cómo sería mi vida en el caso de que Catalunya fuese independiente?
3. ¿Quiero a Catalunya no por lo que es sino porque forma parte de mi país?
4. ¿Considero que Catalunya es una sociedad fracturada y España es una sociedad cohesionada?
5. ¿Me gustaría que mi gobierno delegase en la justicia la respuesta a una demanda de la mitad de la sociedad española?
6. ¿Me molesta ver a niños en manifestaciones soberanistas y me encanta llevar a los míos los actos de la Hispanidad?
7. ¿Considero que el español es el idioma más universal de los que se hablan en España?
8. ¿Solamente el Tribunal Constitucional tiene la potestad de interpretar la Constitución?
9. ¿Considero que los catalanes unionistas son cosmopolitas y los independentistas son catetos?
10. ¿Es posible manipular a una sociedad para que emita en masa un voto erróneo?
11. ¿Creo que en democracia no todas las demandas son lícitas, aunque se hagan de forma pacífica?
12. ¿Pienso que los medios de información nacionales son plurales y los periféricos son claramente tendenciosos?
13. ¿Me parece de mala educación que hablen en catalán delante de mi?
14. ¿Es legítimo meter en la cárcel a un político porque pretende romper España?
15. ¿Los catalanes siempre han sido españoles y los que no lo aceptan es porque los han engañado?
16. ¿Lo que piense la mayoría de los españoles prevalecerá siempre sobre lo que piensen la mayoría de los catalanes?
17. ¿Los catalanes han tenido siempre el vicio de pedir y los españoles la virtud de decir que no?
18. ¿Los catalanes serían mucho más felices si abandonasen para siempre sus aspiraciones soberanistas?
19. ¿Prefiero dar una lección a los catalanes antes que resolver sus problemas con el resto de los españoles?
20. ¿Nunca aceptaré que Catalunya deje de ser España aunque yo no piense poner los pies allí?

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Ante la incertidumbre internacional a la que nos vemos abocados, van cobrando más y más sentido manifestaciones como la Semana Santa de Málaga. La tradición, las muestras de respeto a los símbolos y la exaltación del amor actúan cada año como una vacuna y un bálsamo contra el integrismo religioso y la instrumentalización del odio como catalizador ideológico.

Es una costumbre popular, sí. Pero las costumbres populares las moldean los grupos humanos, y no a la inversa. Civismo religioso y sociocultural frente a totalitarismo ciego. Dos formas opuestas de entender el sentimiento religioso.

Ciertamente, la primera impresión al recorrer las calles de Málaga, el Jueves Santo bajo el trono de la Zamarrilla, fue pensar: “en la calle hay menos gente que otros años”. ¿Habrá hecho mella el temor a un posible atentado jihadista?

La segunda lectura, más reposada (nueve horas dan bastante de sí), le da la vuelta al argumento: a cambio de cada ciudadano que ha preferido quedarse en casa, ¿cuántos han hecho el esfuerzo individual pero también cívico de pensar que donde hay miedo no cabe nada más, y que no podemos permitir que nadie nos dicte cómo tenemos que entender las relaciones humanas, cómo esculpir nuestros vínculos sociales, qué importancia darle a los derechos individuales y colectivos..

Ya no es sólo una cuestión de defender unos valores culturales que ha costado mucho conquistar: la igualdad entre el hombre y la mujer, la justicia social, la garantía de unos servicios públicos para evitar la exclusión social. Está en peligro mucho más.

Cuando el miedo entra en escena, sacude la misma concepción de la condición humana. Vuelve el individualismo más salvaje y se deshacen como un azucarillo los avances sociales. El único objetivo de la vida pasa a ser la salvaguarda de la propia vida, y todos lo demás matices se desmoronan y caen hacia peldaños más bajos de la escala de valores.

Se produce entonces un regreso a momentos históricos donde no existía otro motor social que la lucha por el poder, como un fin en sí mismo. Donde los que pretendían imponer su voluntad solamente necesitaban del miedo para hacerse respetar. No hacía falta convencer, con vencer era suficiente.

El jihadismo es la fuerza que nos quiere arrastrar de nuevo hacia ese reduccionismo máximo, a la simplificación minimalista de los equilibrios socioculturales. Todo lo que no pertenezca a la ley que no emana del Pueblo sino de su Dios es un estorbo a la aplicación de dicha ley. Y para la instauración y perpetuación de este esquema, la fuerza, el odio y el miedo son las herramientas más eficaces.

Yo veo la Semana Santa malagueña como uno de los muros de contención contra la sinrazón religiosa de los que podemos hacer gala. Repetir una liturgia año tras año, venerar las mismas imágenes en las mismas fechas y siguiendo los mismos protocolos, y hacerlo de forma alegre pero respetuosa, emotiva pero silenciosa, y expresando valores como el amor al prójimo (la empatía), la comunión (solidaridad) o la fe (desear el bien propio y ajeno), son una muestra de civilización avanzada, madura y rica en matices.

Nos conecta con lo mejor de nuestro pasado, con nuestras convicciones atávicas, con un mensaje intergeneracional de equilibrio, de seguridad, de orden frente al caos y de optimismo.

La resistencia al miedo, la voluntad y el deseo de seguir siendo lo que se era individual y colectivamente, de no perder la costumbre de verse, tocarse y apretujarse en las calles si es necesario, es un grito silencioso pero atronador de “no podréis cambiarnos”. Y yo pienso seguir gritándolo mientras pueda.

La intervención de Gerard Piqué ante los periodistas deportivos (¿o sería mejor llamarles contertulios del Chiringuito?) que cubrían el Francia-España del martes me sugiere una serie de preguntas:

  • ¿Tiene que ser Gerard quien cargue con la responsabilidad de ejercer como portavoz del barcelonismo? Algunos le agradecemos la gallardía, principalmente ante la dejación de funciones de la directiva. Pero quizás Gerard debería poder centrarse en jugar, que es para lo que le pagan. La timorata intervención posterior del vicepresidente Jordi Cardoner no cambia ni un ápice esta apreciación.
  • Los periodistas que preguntan a Piqué repetidamente por los temas “calientes” que saben que les van a proporcionar carnaza, cómo se atreven luego a contestarle en tono recriminatorio? ¿Están allí para informar o para opinar? Compañeros, si preguntáis, luego a transcribir y a callar.
  • Por mucho que salga el jefe de lo penal de la abogacía del Estado a decir misa, ¿alguien en España todavía duda de la connivencia entre el Real Madrid y los poderes fácticos del Estado? ¿Alguien duda del pacto del silencio en los medios de comunicación respecto al Florentino power?

He estado dos veces en mi vida en el palco del Bernabeu. Mis conclusiones:

  • Tienes la sensación de estar ante la concentración de poder más grande que se pueda ver en la capital de España. Mucho más que en la recepción del 12 de Octubre en el Palacio Real, donde principalmente se ven militares, periodistas, políticos, representantes diplomáticos y algún empresario de rango medio. En el Bernabeu, en cambio, se ven todos los peces gordos: presidentes de compañías del Ibex35, magistrados del Tribunal Constitucional y del Supremo, los ministros y secretarios de Estado con más tajada en los presupuestos generales, abogados del Estado, y altos funcionarios en general. En serio quieren comparar lo que sucede en ese palco con lo que sucede en el del Camp nou? ¿En serio?
  • Florentino, como buen pupilo de Santiago Bernabéu, utiliza su influencia en beneficio del Real Madrid y pone al Real Madrid al servicio de los altos poderes del Estado. Y si de paso hay algo para ACS, su empresa, pues bienvenido sea.
  • El Santiago Bernabeu tiene palcos acristalados alquilados por las grandes corporaciones de este país. Yo estuve invitado en una ocasión en el palco que tiene en exclusiva la compañía Telefónica: unas veinte plazas asistidas por dos simpáticas azafatas que te ofrecen todo tipo de bebidas alcohólicas. Cuando luego lees que Florentino ha cerrado con Telefónica  un multimillonario acuerdo de patrocinio, terminas de atar cabos. Les aseguro que todo lo que pueda decir Gerard Piqué es poco.

 

imageCuando se hablaba, al principio del procés, de que este sería largo y que nos traería malos momentos, supongo que se referían a episodios como el que estamos viviendo ahora mismo.
Escribo desde la perspectiva del que no es votante de Mas, vive alejado del día a día de la política catalana, y para más inri reside en la capital. No de la República catalana, sino del Reino de España.
Quizás es esta triple distancia la que me permite hacer determinadas reflexiones. Disculpen si las encuentran algo pueriles o inocentes: no doy para más.
Llevo días preguntándome por qué hay tanta gente que dice que no es posible un acuerdo entre Convergencia-ERC y la CUP. Recuerdo, cuando era niño, el revuelo que se armó con la legalización del partido comunista, después de cuarenta años de dictadura militar y de una guerra civil perdida. Recuerdo también que ese PCE pasó de golpe de estar en la clandestinidad (no logro borrar de mi memoria a Carrillo con peluca) a participar activamente en los llamados pactos de la Moncloa para conseguir el hoy en día tan cacareado pacto constitucional. Si Carrillo con peluca se puso de acuerdo con Suárez (todavía con rozaduras en el pecho causadas por el yugo y las flechas), por qué no pueden Mas y la CUP jugar juntos en el patio?
Recuerdo también que los hoy feroces guardianes de la constitución son herederos políticos de los que andaban montando mesas para vender llaveros con el aguilucho en la zona de la “plaza Calvo Sotelo”, armados con porras retráctiles y luchacos. Recuerdo que para ir al comedor del CEU, en la zona universitaria de Barcelona, había que pasar por un monumento horroroso, que era el tributo a los caídos de un solo bando de la contienda española.
Son retales de mi memoria que dibujan una fotografía histórica realmente inquietante. Nadie sabía por donde podían ir los tiros (en el sentido literal, los que se escucharon el 23 de febrero del 81), y desde luego eran muchos los que desconfiaban de una España que había despedido al dictador con lágrimas en los ojos y el brazo en alto. Luego resultó que, al votar la constitución, eran todos demócratas de larga tradición. Y ahora, los de las lágrimas y el brazo, o sus herederos políticos, nos dan consejos de tolerancia y de aperturismo mental. La fe del converso, supongo.
A los que se han montado hace dos días en la atalaya de los valores democráticos y constitucionales y nos observan desde los cielos, que rebusquen un poquito en el baúl de la historia. Y verán, si se quitan las gafas oscuras, que el pacto para una transición desde dentro del régimen fue posible, una vez más, gracias a las renuncias y a la generosidad de los de siempre. Y que las nacionalidades históricas tuvieron que conformarse con las migajas de un reconocimiento rayando en la tolerancia malhumorada del nacionalismo español castellaniforme.
Demos un saltito al presente. Ahora parece que el responsable de nuestros males es el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Reclamamos a los políticos que sepan hacer política, que no gobiernen desde la prepotencia sino desde el diálogo, que sepan leer con humildad los resultados electorales, que no se suban a la poltrona y quieran conservarla cueste lo que cueste. Pues a Mas creo que se le puede decir de todo menos que sea el último mohicano de la vieja política.
Ante las negociaciones con la CUP, unos ven en la actitud de Mas una intolerable bajada de pantalones frente a los radicales antisistema y los otros lo acusan de intransigencia antisocial por no querer irse a hacer maquetas con palillos a su casa. ¡Un poco de paciencia!
Es cierto: Artur Mas tomó los mandos de un coche que venía con las ruedas pinchadas y la dirección torcida. Un partido ensuciado por los casos de corrupción y que había tiznado también una acción de gobierno en la que Mas ostentó un papel destacado.
Todo esto es cierto. En ausencia -de momento- de responsabilidades penales concretas, se le podían haber pedido a Mas responsabilidades políticas por no haber detectado/denunciado los desmanes cometidos durante la administración Pujol. Pero en las urnas, que son las que depuran este tipo de responsabilidades, Mas ha sufrido una erosión continuada pero no drástica: continúa siendo el líder más votado en las autonómicas.
Como dirigente político, Mas ha pasado por todas las vicisitudes posibles: ganar en votos pero no en escaños, ganar en escaños y no poder gobernar, tener que pactar un Estatut desde la oposición y luego que lo tumben desde el Constitucional a pesar del voto mayoritario en referéndum en Catalunya, tener que rebajar las expectativas de acuerdo a un pacto fiscal, ver como una marea soberanista le pasa por encima y decidir dejarse llevar agarrado a un tronco en plan náufrago, tener que llegar a un acuerdo con su principal adversario político en una teórica Catalunya independiente (ERC), y finalmente depender de los votos de los antisistema.
Bajo su gestión hemos vivido la ruptura de CiU y la vaporización de Unió, la división y progresivo fundido a negro del PSC, y ahora la partición justo por la mitad de la CUP.
Sinceramente: creo que un político de la vieja escuela hace tiempo que se hubiera metido en una puerta giratoria o estaría dando conferencias en Boston en un inglés macarrónico. Mas es un todoterreno político. Unos podrán decir que lo que quiere es aferrarse al cargo, ostentar poder de cualquier manera. Pero visto con una cierta perspectiva: ¿es envidiable la situación de Mas? ¿Le compensará resistir el envite unionista de todos los poderes económicos, empresariales, institucionales, policiales y judiciales del estado? Y encima, ser la obsesión particular del ministro Fernández Díaz… Uf, qué pereza.
Por el mismo precio, quedémonos con lo positivo: tenemos un presidente de la Generalitat que tiene una gran cintura para afrontar las contrariedades, mucho temple y elocuencia verbal, creatividad política, increíbles recursos como negociador, pocos apriorismos ideológicos, sentido práctico a prueba de bomba, y encima siempre pone buena cara.
¿Que prefiere usted decir que es un fariseo calculador y oportunista? Bueno, tiene usted todo el derecho. De momento, la mayoría de los catalanes sigue confiando en sus capacidades políticas y eso, siendo prácticos, es lo que cuenta.

Con muy buena fe (¿demasiada?), colgué la semana pasada un post titulado “a mi amigo” en el que exaltaba la buena disposición de personas de mi entorno, en Madrid, para entender y atender determinadas reivindicaciones de Catalunya. Venía a decir que a lo mejor no todo estaba perdido en la relación entre Catalunya y España…

Pero esta semana un encuentro en la tercera fase me ha puesto cara a cara con otra realidad.

Fue una conversación privada durante una fiesta con una persona que todos ustedes conocen, un contertulio televisivo muy popular (dicho con toda la mala intención) que en distintas ocasiones se ha significado por tener opiniones bastante explosivas respecto a Catalunya.

La fiesta estaba empezando, así que mi interlocutor no tenía ni la excusa de un alto nivel etílico.

Por ser una conversación privada no voy a revelar el nombre de esta persona. Pero creo que para tener una visión panorámica de las opiniones que se escuchan en Madrid estos días merecía la pena reproducirla aquí.

Interlocutor – Qué, traes el pasaporte?

Yo- No, me lo están haciendo. Cuando esté listo te lo mostraré, te va a encantar.

I – ¿Ah sí? Bueno. Y en qué Liga váis a jugar, porque en la española no…

Yo – Ya, la española os la dejaremos para los del Madrid, a ver si así ganáis algo.

I – Será que no hemos ganado nada en los últimos trenta años…

Yo – Bueno, hace treinta años ganábais más que ahora.

I – Y qué crees que va a pasar el día 27?

Yo – Nada, no pasará nada. Se verá cuantos somos los que nos queremos ir, y ya está. De momento.

I – Pero qué queréis conseguir, si sois sólo 800 mil?

Yo – ¡Ah, que tú nos has contado ya! Espérate al 27 por la noche, hombre…

I – Pero a ver, vosotros ¿qué queréis? ¿Qué pedís?

Yo – Una relación de tú a tú con el Estado, por de pronto.

I – Eso no puede ser, porque no estáis solos en España.

Yo – Claro, pues por eso nos queremos ir.

I – Ya, pero para conseguir eso, hay que estar dispuesto a morir y matar. ¿Vás a morir y matar?

Yo – No, amigo. No va a haber ni un solo tiro, sólo un movimiento pacífico y popular.

I – No tan pacífico. ¿Tu crees que yo puedo pasearme por Barcelona sin temor a que me agredan?

Yo – Tú no puedes ni pasearte por Madrid tranquilamente, con las cosas que has dicho por la tele. ¿Tú crees que si yo hubiese defendido la independencia por la tele podría pasearme tranquilamente por la Castellana?

I – Aquí estás, ¿no?

Yo – Si hombre, porque la mayoría de estos no saben lo que pienso, si no igual me echan a hostias.

I – Lo único que habéis conseguido es romper Cataluña, habéis hundido a Cataluña.

Yo – Sí claro, con vuestro permiso. Estáis muy locos si creéis que amenazando vais a conseguir acojonarnos ya. Mandad los tanques, que se van a comer una buena mierda (aqui ya el tono dejó de ser de compadreo).

I – Siempre estáis con los tanques.

Yo – Claro coño, ¿no me decías que querías morir y matar? ¿Pues cómo pensáis hacerlo? ¿A pellizcos?

I – Vaís de pacíficos y no es cierto, hay mucha división y violencia en Catalunya.

Yo – Veo que conoces Catalunya a fondo.

I – No váis a conseguir nada, es imposible.

Yo – Eso lo veremos, al menos vamos a intentarlo. Y la prepotencia de gente como tú nos está ayudando bastante, la verdad.

Os aseguro que esta fue la literalidad de la conversación.

De la misma forma que la semana pasada yo albergaba algún optimismo, hoy lo veo negro.

Este domingo, hay que responderle a este señor de la mejor forma. Votando.

Las declaraciones de Bartomeu sobre la presunta existencia de una mano negra contra el FCBarcelona son de las que hacen daño de verdad a la imagen del club y, de paso, a la de Catalunya y sus legítimas aspiraciones políticas.

¿Es posible hacerlo tan mal? Dudo que fuera posible hacerlo peor. Su estrategia de comunicación (de existir) no solamente no sirve para nada sino que agrava su situación en todos los frentes: en el interno, porque ya han salido voces de sus colaboradores sensatos desmarcándose de la teoría de la conspiración. En el externo porque nadie se cree su denuncia, ni propios ni extraños. Creo que desde la época de Gaspart que los culés no sentíamos tanta vergüenza de nuestro presidente, con alguna aportación estelar de Sandro Rosell.

Y los que vivimos en la capital, más todavía. Porque con sus teorías infantiles de monstruos en el armario y contubernios florentino-masónicos, Bartomeu también consigue quitarle credibilidad a otras demandas de Catalunya.

Fernando Ónega, que es un comentarista que dice sobre Catalunya una cosa cuando habla en Madrid y otra bien distinta cuando escribe en la Vanguardia (¿no eran los nacionalistas los del doble lenguaje?) aprovechaba esta semana la coyuntura para proclamar una de sus preguntas favoritas: “por qué tienen los catalanes esa irreflenable pulsión victimista?”.

Una vez más, las fuerzas centralizadoras se apoyan en la impericia de algunos conciudadanos nuestros para lanzarnos su habitual letanía de reproches. Esta vez, con toda la razón si focalizasen en Bartomeu. Pero ya sabemos que ellos aprovechan para darle al botón del riego por aspersión.

¿Qué pretendías, Bartomeu? ¿Tener munición para presentarte a la reelección? Corrijo: a la elección, porque hasta ahora las urnas solamente las has visto desde lejos. Pues que sepas que esa pólvora está mojada: el socio blaugrana quiero pensar que ha dejado atrás ya el discurso del lamento perdedor.

Lo teníamos claro cuando el victimismo venía de la meseta en forma de teorías del villarato. Y lo tenemos claro ahora que vienen del barrio de Les Corts envuelto en una estelada más falsa que un duro de dos caras. Bartomeu con la estelada es tan creíble como Florentino con la hoz y el martillo. No cuela.

Da la cara, Bartomeu. Deja las banderas que hasta ahora has ignorado, y defiéndete tú solito. Las épocas del lloriqueo han terminado. El Barça ya no es un club perdedor. Y si tú lo eres, deja paso al futuro y márchate.

Un importante empresario catalán, Josep Lluís Bonet (Freixenet), ha salido a la palestra para decir que Cataluña debería permanecer para siempre en España. Y, en un brindis simbólico con él, Duran i Lleida ha negado el carácter plebiscitario a las próximas elecciones autonómicas.

Sabemos que Bonet y Duran consideran que sería desastroso para Catalunya convertirse en un Estado más de la Unión Europea. El presidente de Freixenet dice más. Se pregunta: “Este país, en su conjunto, ¿cuando ha estado mejor que ahora?”.

Es totalmente legítimo estar en contra de la independencia, faltaría más. Un gran empresario nunca deseará que se altere el marco administrativo en el que se desenvuelve. Los intereses económicos y comerciales siempre han sido enemigos de las transformaciones sociales. Eso nos lo sabemos. Y hasta se puede comprender. Para eso se inventó la democracia, para que los intereses de unos pocos empresarios no pesen más que los anhelos de las mayorías sociales.

Lo que se echa en falta en las declaraciones del señor Bonet es una mínima atención a lo que puede estar demandando una parte nada desdeñable del país en el que su empresa ha nacido y crecido exponencialmente. Cierto es que las grandes empresas catalanas aplaudieron y sostuvieron a la dictadura franquista. No esperemos ahora que enarbolen, entusiastas, la estelada. Pero después de 35 años de vivir en democracia era de esperar que hubiesen cultivado un poquito más su sensibilidad hacia las demandas de la calle.

Duran Lleida dijo que se iba pero parece que antes nos quiere deleitar con algunos “bises” de final de actuación. Y uno de ellos será poner todas las zancadillas que pueda al proceso soberanista. Considera que, tal como se van a plantear, las elecciones autonómicas no podrán servir para que los catalanes se manifiesten sobre si quieren permanecer o no dentro del estado español.

He escuchado atentamente si después de esta negación Duran nos ofrecía una receta milagrosa, una propuesta en positivo. Pero… ¡qué chasco! Artur Mas, al menos, propuso la transferencia de competencias, el referéndum no vinculante, el proceso consultivo y ahora las autonómicas plebiscitarias. Así que Duran pierde por un rotundo 4 a 0 y debería activar cuanto antes sus anunciados planes de repliegue.

Tanto Duran como Bonet deberían pensar que no solamente están dando la espalda a la opción independentista, sino a todos aquellos electores y clientes, respectivamente, que piden votar con garantías y que su voto tenga consecuencias en la realidad. Es decir, que piden ejercer la democracia.

La derecha catalana y los grandes empresarios supieron vivir (bien) bajo una dictadura militar. Seguro que encontrarán la manera de hacerlo, algún día, bajo una república nueva nacida de la voluntad popular.

El debate político en Cataluña ha pasado de ser un apacible estanque de aguas templadas a un torrente jalonado de cataratas, rápidos turbulentos, y alguna inoportuna roca en mitad de la corriente. En los años ochenta y noventa, los periodistas de política catalana eran como aburridos arqueólogos que tenían que entresacar pacientemente el titular de la más bien anodina actualidad diaria. El cronista del Parlament, de hecho, tenía que acudir a su trabajo armado de crucigramas y sudokus para no perecer de inacción.

Hoy en día, esto ha cambiado. No hay mucha diferencia entre Jesús Calleja, el alpinista de Cuatro, y un periodista especializado en política catalana: no hay día sin sobresalto, reto inalcanzable u obstáculo que salvar. ¿Y los contertulios? indiana Jones a su lado, un oficinista con manguitos.

Lo último en esta alocada carrera informativa es detectar el más insignificante indicio de crispación política en Cataluña. Ya los sustantivos empleados pierden su sentido original: Miguel Ángel Rodríguez, el Nerón de las ondas, proclamó esta semana que lo del bofetón a Pere Navarro fue un acto de terrorismo. No sé lo que fueron los asesinatos de ETA entonces. O a lo mejor es que a MAR le aterrorizan más las urnas que las armas, que todo podría ser.

Amaneces un día en tu casa envuelto en una aparente paz social cuando… ¡cuidado!: en los titulares de la radio advierten de que han arrojado pintura en una sede del Partido Popular. Ah no, que es en Barajas y es el duodécimo-quinto ataque en pocos meses. Pero entonces no tiene nada que ver con el desafío soberanista. Tranquilos, no es un acto de terrorismo. Será simple violencia de los antisistema o crispación auspiciada por los perriflautas de Ada Colau. Habrá que preguntarlo a MAR o a Marhuenda, que son los que controlan este tipo de matices semánticos.

¿Y yo, que cuando voy a Cataluña lo que veo es un debate sereno? Un poco machacón y obsesivo, pero muy cívico todo. Casi demasiado, porque con tanta movilización coreografiada, manifestación unitaria y acto simbólico lo nuestro empieza a parecer un parque temático de la reivindicación. En Cataluña pueden pasar muchas cosas, pero no un estallido social: no es estético. Estamos en un punto en el que hasta las revoluciones tienen que ser de “diseny”, las banderas tienen que combinar y los eslóganes ser de una depurada corrección política. ¡Nos han cambiado a los milicianos anarquistas por monitores de “esplai”!

Total, que antes moriremos de un ataque de estética que de un alboroto. Así ha sido siempre y así continuará siendo Cataluña.

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El diario El Mundo publica una información según la cual Oriol Junqueras, presidente de ERC, participó este Jueves santo en una procesión organizada por sus conciudadanos en Sant Vicenç dels Horts. Eso es noticia, y destacada. Un líder político republicano, de izquierdas e independentista en un desfile procesionario, hombro con hombro con otros ciudadanos de clase trabajadora, compartiendo unos mismos valores humanos, parece algo exótico, fuera de la lógica. Y por lo tanto merece un titular.

En la semana santa malagueña cada año una sección de la Legión desembarca el Jueves santo a mediodía, acude a la cofradía de Mena y escolta con paso marcial y cánticos belicistas una imagen de Cristo crucificado. Ello no se considera noticia, sucede todos los años y a nadie le llama la atención esa estrecha simbiosis entre lo cristiano y lo bélico, esa aparente conjunción de intereses entre el mensaje de paz y amor universal que inspira y anima el símbolo de la cruz con la apología de la guerra y el ultranacionalismo que subyacen en la liturgia militar y en el himno del Tercio, “el novio de la muerte”:

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera».

El culto al combate, la apología del heroísmo guerrero, la exaltación de la muerte para que el hombre se lance sin miedo contra el hombre, la promoción del odio al enemigo, al que no pertenece a la tribu, son principios que, aparentemente, no casarían muy bien con lo que se supone que predicó aquél que está representado en la figura que los caballeros legionarios, con gran fervor, pasean por toda la ciudad de Málaga.

Esta exótica asociación, a diferencia de lo que ocurre con Junqueras, no llama la atención a creyentes y amantes en general de la semana santa. No sólo eso, sino que además, en los últimos años, está acaparando poco a poco la proyección pública de esta fiesta popular. La visita de la Legión convulsiona la celebración pascual, condiciona todos los actos y monopoliza el interés de los medios. Para muchos españoles, la semana santa de Málaga son Antonio Banderas y el atronador redoble sobre el asfalto de las botas de los legionarios a 160 pasos por minuto. Lo aparatoso sustituye a lo esencial, lo llamativo desplaza a lo fundamental, lo noticioso transfigura la realidad y desvirtúa lo profundo.

Es cierto: los militares tienen presencia en muchas de las cofradías, pero normalmente permanecen en un discreto segundo plano para no distorsionar lo que es en realidad esta celebración, una expresión de cultura y tradición profundamente arraigada de forma transversal en todos los barrios de la capital: desde la distinción y exclusividad del Limonar hasta el profundo sentir popular de la Trinidad. 160 personas de diferente extracción social y de muy diversa sensibilidad religiosa, debajo de cada trono, comparten de forma radicalmente democrática el esfuerzo para hacer posible un objetivo común: acercar los símbolos a sus conciudadanos, celebrar de forma conjunta y sin intermediarios los referentes comunes del colectivo social. Esto no es algo habitual ni corriente en nuestros días. Pero no es espectacular ni llamativo y, por lo tanto, desgraciadamente no es noticia.

Háganme caso, la semana santa malagueña no es ni Banderas ni mucho menos la Legión. Para mí, la semana santa malagueña son las cofradías de barrio que se organizan como sociedad civil, que funcionan como una red solidaria durante el año y que en estas fechas salen a la calle para reivindicar lo cotidiano: el poder del esfuerzo colectivo frente a la endeblez del individualismo, el valor del amor y la paz frente al materialismo y la guerra, la patria común de la humanidad frente al etnocentrismo ultranacionalista.

A lo mejor es una forma muy particular de verlo y no soy el más indicado para hacerse determinadas preguntas, pero… antes que novios de la muerte, ¿no preferiría Cristo a novios de la vida? Yo en las procesiones malagueñas veo a muchos más amantes de la vida que de la muerte. Pero esa es solamente la percepción personal de uno más de los muchos que, cada año, arriman el hombro para que la Virgen de la Zamarrilla salga a las calles de Málaga.

¿Sería capaz Florentino Pérez de dar una segunda oportunidad a José Mourinho a los mandos del equipo blanco? Alguien que fue capaz de decir, en una entrevista por televisión, que los vecinos de la costa de Tarragona y Castellón “se asustaron por nada” al sentir los temblores de tierra causados por la inyección de gas perpetrada por ACS, es capaz de dar una segunda oportunidad al mismísimo Charles Manson.

Me ha asaltado este pensamiento al leer las declaraciones de Mourinho en las que deslizaba que esperaba ver al Madrid, a estas alturas de competición, muy por encima del Barça. A lo que el italiano de la ceja alta le he contestado, de forma bastante atinada, que al menos este año todavía tienen opciones de ganar la Liga, no como el año pasado.

¿Está aprovechando el portugués las aguas revueltas del madridismo para volver a reivindicarse? ¿Tendrá el valor suficiente como para mostrarse como solución, cuando en realidad es causa de muchos de los males que aquejan a la casa blanca?

Tomen por ejemplo el caso del actual debate por el puesto de portero: ¿Quién sembró la semilla de la discordia entre Íker Casillas y Florentino Pérez? Ahora, a quien le ha tocado recoger los frutos (amargos) es a Ancelotti, que no puede gestionar un vestuario plagado de minas. Es solamente un ejemplo de en qué estado han dejado el pasto las herraduras del portugués.

No creo haber sido el primero en decir que Mou es uno de los ejemplares más tóxicos de los que pueblan el ya de por si viciado rebaño del fútbol español. Pero no dejemos que un solo capullo nos impida ver el ramo completo: alguien fue a buscarle, le pagó mucho dinero y le amparó en cada una de sus villanías. Alguien lo definió como el mejor entrenador del mundo, le brindó las llaves de la tan sagrada institución madridista para que la convirtiera en su cortijo, y le permitió pisotear el nombre de jugadores que lo han sido todo en el club.

No hay nada más falso que un gran empresario hablando de valores. Pérez ha inculcado al madridismo los mismos principios éticos que rigen el consejo de administración de una gran corporación, a saber: lo único que importa son los resultados; los hombres son piezas susceptibles de ser sustituidas en cuanto dejan de cumplir la función que se les ha asignado y el debate interno no es más que ruido molesto que compromete los designios del director de orquesta.

Así es el Madrid de Florentino. Y Mou, en este contexto, no ha sido más que un eficiente capataz. Un sicario aventajado que el terrateniente podría volver a necesitar si el gallinero se le alborota.