He tenido, por motivos que no vienen a cuento, la ocasión de asistir a un pase privado del documental “La Rosa de Fuego”, dirigido por Manuel Huerga y producido por Mediapro. El del documental siempre ha sido un género que me ha encantado. Y de hecho, es de los pocos géneros de los que se puede decir que tiene pasado, presente y futuro.

El documental en cuestión es una visión panorámica de Barcelona. Retrata su geografía física y política en el momento actual pero también en algún pasaje histórico. Está rodado en 3D tanto en la forma como en el fondo, porque no solamente ofrece una visión tridimensional de los monumentos, calles, avenidas, y locales sino que también del momento socio-político en el que nos encontramos.

Aparecen las manifestaciones soberanistas, las del 15-M, las celebraciones barcelonistas e incluso los conciertos del Fórum o del Club Super 3. Las grandes concentraciones humanas se entremezclan con pequeñas tramas particulares, como la de la chica japonesa que cambia a su novio, canoso y malhumorado, por un joven y apuesto camarero todo sonrisas. ¿Una metáfora del proceso soberanista que vive Catalunya?.

La voz en off (Serrat en castellano, Guardiola en catalán y Woody Allen en inglés, todo un tridente al estilo Neymar-Suárez-Messi) revolotea, como el propio objetivo de la cámara, entre las tres dimensiones básicas de la ciudad: su gente, sus tradiciones y sus anhelos. Las piedras, el asfalto, los edificios, las montañas y el mar no son más que el marco que realza este inmenso fresco de emociones que va y vuelve del pasado al futuro pasando por un trepidante presente.

Es un reto gigante explicar Barcelona en 100 minutos y Huerga, bajo mi opinión, lo consigue. Transmite lo más importante: la pasión que conecta a los habitantes de esta ciudad, a los que llevan generaciones felizmente anclados en ella y los que acaban de llegar.

Según la voz en off, “Barcelona tiene algo especial”, que es algo que sabemos todos los que la conocemos y amamos, aunque solo unos pocos sean capaces de convertir esta íntima convicción en palabras.

Viendo el documental me acordé muchas veces de Ciutat Morta, otro trabajo audiovisual sobre la capital catalana que ha llegado recientemente a la gran pantalla. Son dos largometrajes que nada tienen que ver ni en planteamiento inicial ni en objetivos. Pero tienen en común que pretenden proyectar una imagen de Barcelona. Y en algunos momentos, la Rosa de Fuego, aunque empezó a rodarse mucho antes, parecía una respuesta a Ciutat Morta.

El documental de Mediapro es una bocanada de aire fresco, es una inyección de ilusión. Transmite ganas de pisar la calle, de encontrarse con los barceloneses, de protestar y quejarse pero también de construir y celebrar.

Se agradece que de vez en cuando haya alguien remando para seguir avanzando y no para retroceder recordando -y amplificando de paso- las rémoras, los obstáculos y las penalidades.

No quiero decir que no deban existir trabajos audiovisuales como Ciutat Morta. Aplaudo el esfuerzo casi heróico de sus autores para conseguir rodar, montar y distribuir la película. Pero celebro también que, aparte de constatar nuestras miserias, algunos se esfuercen por hacernos ver que también se han hecho algunas cosas bien.

Me imagino que habrá personas que saldrán de ver La Rosa de Fuego diciendo que muestra un reflejo buenista de la ciudad, que le faltan referencias a los casos de violencia policial, a los desahucios de ciudadanos corrientes -y contribuyentes- y también de okupas, a los casos de corrupción que han sacudido la ciudad, al oleaje erosivo de los turistas en manada, a los ruidos en determinados barrios o al alza estratosférica del precio de la vivienda, por citar sólo algunas de nuestras consabidas sombras.

Pero yo, qué quieren que les diga, antes que torturarme con una visión de Barcelona que parece sacada de un cuadro de la época negra de Goya, prefiero reconciliarme por fin con ella. Agradezco a Huerga y a Mediapro dos cosas: que sigan invirtiendo en documentales por un lado, y por el otro que favorezcan una mirada positiva, aunque sea una sola, sobre esta ciudad.

Las declaraciones de Bartomeu sobre la presunta existencia de una mano negra contra el FCBarcelona son de las que hacen daño de verdad a la imagen del club y, de paso, a la de Catalunya y sus legítimas aspiraciones políticas.

¿Es posible hacerlo tan mal? Dudo que fuera posible hacerlo peor. Su estrategia de comunicación (de existir) no solamente no sirve para nada sino que agrava su situación en todos los frentes: en el interno, porque ya han salido voces de sus colaboradores sensatos desmarcándose de la teoría de la conspiración. En el externo porque nadie se cree su denuncia, ni propios ni extraños. Creo que desde la época de Gaspart que los culés no sentíamos tanta vergüenza de nuestro presidente, con alguna aportación estelar de Sandro Rosell.

Y los que vivimos en la capital, más todavía. Porque con sus teorías infantiles de monstruos en el armario y contubernios florentino-masónicos, Bartomeu también consigue quitarle credibilidad a otras demandas de Catalunya.

Fernando Ónega, que es un comentarista que dice sobre Catalunya una cosa cuando habla en Madrid y otra bien distinta cuando escribe en la Vanguardia (¿no eran los nacionalistas los del doble lenguaje?) aprovechaba esta semana la coyuntura para proclamar una de sus preguntas favoritas: “por qué tienen los catalanes esa irreflenable pulsión victimista?”.

Una vez más, las fuerzas centralizadoras se apoyan en la impericia de algunos conciudadanos nuestros para lanzarnos su habitual letanía de reproches. Esta vez, con toda la razón si focalizasen en Bartomeu. Pero ya sabemos que ellos aprovechan para darle al botón del riego por aspersión.

¿Qué pretendías, Bartomeu? ¿Tener munición para presentarte a la reelección? Corrijo: a la elección, porque hasta ahora las urnas solamente las has visto desde lejos. Pues que sepas que esa pólvora está mojada: el socio blaugrana quiero pensar que ha dejado atrás ya el discurso del lamento perdedor.

Lo teníamos claro cuando el victimismo venía de la meseta en forma de teorías del villarato. Y lo tenemos claro ahora que vienen del barrio de Les Corts envuelto en una estelada más falsa que un duro de dos caras. Bartomeu con la estelada es tan creíble como Florentino con la hoz y el martillo. No cuela.

Da la cara, Bartomeu. Deja las banderas que hasta ahora has ignorado, y defiéndete tú solito. Las épocas del lloriqueo han terminado. El Barça ya no es un club perdedor. Y si tú lo eres, deja paso al futuro y márchate.

Un importante empresario catalán, Josep Lluís Bonet (Freixenet), ha salido a la palestra para decir que Cataluña debería permanecer para siempre en España. Y, en un brindis simbólico con él, Duran i Lleida ha negado el carácter plebiscitario a las próximas elecciones autonómicas.

Sabemos que Bonet y Duran consideran que sería desastroso para Catalunya convertirse en un Estado más de la Unión Europea. El presidente de Freixenet dice más. Se pregunta: “Este país, en su conjunto, ¿cuando ha estado mejor que ahora?”.

Es totalmente legítimo estar en contra de la independencia, faltaría más. Un gran empresario nunca deseará que se altere el marco administrativo en el que se desenvuelve. Los intereses económicos y comerciales siempre han sido enemigos de las transformaciones sociales. Eso nos lo sabemos. Y hasta se puede comprender. Para eso se inventó la democracia, para que los intereses de unos pocos empresarios no pesen más que los anhelos de las mayorías sociales.

Lo que se echa en falta en las declaraciones del señor Bonet es una mínima atención a lo que puede estar demandando una parte nada desdeñable del país en el que su empresa ha nacido y crecido exponencialmente. Cierto es que las grandes empresas catalanas aplaudieron y sostuvieron a la dictadura franquista. No esperemos ahora que enarbolen, entusiastas, la estelada. Pero después de 35 años de vivir en democracia era de esperar que hubiesen cultivado un poquito más su sensibilidad hacia las demandas de la calle.

Duran Lleida dijo que se iba pero parece que antes nos quiere deleitar con algunos “bises” de final de actuación. Y uno de ellos será poner todas las zancadillas que pueda al proceso soberanista. Considera que, tal como se van a plantear, las elecciones autonómicas no podrán servir para que los catalanes se manifiesten sobre si quieren permanecer o no dentro del estado español.

He escuchado atentamente si después de esta negación Duran nos ofrecía una receta milagrosa, una propuesta en positivo. Pero… ¡qué chasco! Artur Mas, al menos, propuso la transferencia de competencias, el referéndum no vinculante, el proceso consultivo y ahora las autonómicas plebiscitarias. Así que Duran pierde por un rotundo 4 a 0 y debería activar cuanto antes sus anunciados planes de repliegue.

Tanto Duran como Bonet deberían pensar que no solamente están dando la espalda a la opción independentista, sino a todos aquellos electores y clientes, respectivamente, que piden votar con garantías y que su voto tenga consecuencias en la realidad. Es decir, que piden ejercer la democracia.

La derecha catalana y los grandes empresarios supieron vivir (bien) bajo una dictadura militar. Seguro que encontrarán la manera de hacerlo, algún día, bajo una república nueva nacida de la voluntad popular.

El debate político en Cataluña ha pasado de ser un apacible estanque de aguas templadas a un torrente jalonado de cataratas, rápidos turbulentos, y alguna inoportuna roca en mitad de la corriente. En los años ochenta y noventa, los periodistas de política catalana eran como aburridos arqueólogos que tenían que entresacar pacientemente el titular de la más bien anodina actualidad diaria. El cronista del Parlament, de hecho, tenía que acudir a su trabajo armado de crucigramas y sudokus para no perecer de inacción.

Hoy en día, esto ha cambiado. No hay mucha diferencia entre Jesús Calleja, el alpinista de Cuatro, y un periodista especializado en política catalana: no hay día sin sobresalto, reto inalcanzable u obstáculo que salvar. ¿Y los contertulios? indiana Jones a su lado, un oficinista con manguitos.

Lo último en esta alocada carrera informativa es detectar el más insignificante indicio de crispación política en Cataluña. Ya los sustantivos empleados pierden su sentido original: Miguel Ángel Rodríguez, el Nerón de las ondas, proclamó esta semana que lo del bofetón a Pere Navarro fue un acto de terrorismo. No sé lo que fueron los asesinatos de ETA entonces. O a lo mejor es que a MAR le aterrorizan más las urnas que las armas, que todo podría ser.

Amaneces un día en tu casa envuelto en una aparente paz social cuando… ¡cuidado!: en los titulares de la radio advierten de que han arrojado pintura en una sede del Partido Popular. Ah no, que es en Barajas y es el duodécimo-quinto ataque en pocos meses. Pero entonces no tiene nada que ver con el desafío soberanista. Tranquilos, no es un acto de terrorismo. Será simple violencia de los antisistema o crispación auspiciada por los perriflautas de Ada Colau. Habrá que preguntarlo a MAR o a Marhuenda, que son los que controlan este tipo de matices semánticos.

¿Y yo, que cuando voy a Cataluña lo que veo es un debate sereno? Un poco machacón y obsesivo, pero muy cívico todo. Casi demasiado, porque con tanta movilización coreografiada, manifestación unitaria y acto simbólico lo nuestro empieza a parecer un parque temático de la reivindicación. En Cataluña pueden pasar muchas cosas, pero no un estallido social: no es estético. Estamos en un punto en el que hasta las revoluciones tienen que ser de “diseny”, las banderas tienen que combinar y los eslóganes ser de una depurada corrección política. ¡Nos han cambiado a los milicianos anarquistas por monitores de “esplai”!

Total, que antes moriremos de un ataque de estética que de un alboroto. Así ha sido siempre y así continuará siendo Cataluña.

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El diario El Mundo publica una información según la cual Oriol Junqueras, presidente de ERC, participó este Jueves santo en una procesión organizada por sus conciudadanos en Sant Vicenç dels Horts. Eso es noticia, y destacada. Un líder político republicano, de izquierdas e independentista en un desfile procesionario, hombro con hombro con otros ciudadanos de clase trabajadora, compartiendo unos mismos valores humanos, parece algo exótico, fuera de la lógica. Y por lo tanto merece un titular.

En la semana santa malagueña cada año una sección de la Legión desembarca el Jueves santo a mediodía, acude a la cofradía de Mena y escolta con paso marcial y cánticos belicistas una imagen de Cristo crucificado. Ello no se considera noticia, sucede todos los años y a nadie le llama la atención esa estrecha simbiosis entre lo cristiano y lo bélico, esa aparente conjunción de intereses entre el mensaje de paz y amor universal que inspira y anima el símbolo de la cruz con la apología de la guerra y el ultranacionalismo que subyacen en la liturgia militar y en el himno del Tercio, “el novio de la muerte”:

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera».

El culto al combate, la apología del heroísmo guerrero, la exaltación de la muerte para que el hombre se lance sin miedo contra el hombre, la promoción del odio al enemigo, al que no pertenece a la tribu, son principios que, aparentemente, no casarían muy bien con lo que se supone que predicó aquél que está representado en la figura que los caballeros legionarios, con gran fervor, pasean por toda la ciudad de Málaga.

Esta exótica asociación, a diferencia de lo que ocurre con Junqueras, no llama la atención a creyentes y amantes en general de la semana santa. No sólo eso, sino que además, en los últimos años, está acaparando poco a poco la proyección pública de esta fiesta popular. La visita de la Legión convulsiona la celebración pascual, condiciona todos los actos y monopoliza el interés de los medios. Para muchos españoles, la semana santa de Málaga son Antonio Banderas y el atronador redoble sobre el asfalto de las botas de los legionarios a 160 pasos por minuto. Lo aparatoso sustituye a lo esencial, lo llamativo desplaza a lo fundamental, lo noticioso transfigura la realidad y desvirtúa lo profundo.

Es cierto: los militares tienen presencia en muchas de las cofradías, pero normalmente permanecen en un discreto segundo plano para no distorsionar lo que es en realidad esta celebración, una expresión de cultura y tradición profundamente arraigada de forma transversal en todos los barrios de la capital: desde la distinción y exclusividad del Limonar hasta el profundo sentir popular de la Trinidad. 160 personas de diferente extracción social y de muy diversa sensibilidad religiosa, debajo de cada trono, comparten de forma radicalmente democrática el esfuerzo para hacer posible un objetivo común: acercar los símbolos a sus conciudadanos, celebrar de forma conjunta y sin intermediarios los referentes comunes del colectivo social. Esto no es algo habitual ni corriente en nuestros días. Pero no es espectacular ni llamativo y, por lo tanto, desgraciadamente no es noticia.

Háganme caso, la semana santa malagueña no es ni Banderas ni mucho menos la Legión. Para mí, la semana santa malagueña son las cofradías de barrio que se organizan como sociedad civil, que funcionan como una red solidaria durante el año y que en estas fechas salen a la calle para reivindicar lo cotidiano: el poder del esfuerzo colectivo frente a la endeblez del individualismo, el valor del amor y la paz frente al materialismo y la guerra, la patria común de la humanidad frente al etnocentrismo ultranacionalista.

A lo mejor es una forma muy particular de verlo y no soy el más indicado para hacerse determinadas preguntas, pero… antes que novios de la muerte, ¿no preferiría Cristo a novios de la vida? Yo en las procesiones malagueñas veo a muchos más amantes de la vida que de la muerte. Pero esa es solamente la percepción personal de uno más de los muchos que, cada año, arriman el hombro para que la Virgen de la Zamarrilla salga a las calles de Málaga.

¿Sería capaz Florentino Pérez de dar una segunda oportunidad a José Mourinho a los mandos del equipo blanco? Alguien que fue capaz de decir, en una entrevista por televisión, que los vecinos de la costa de Tarragona y Castellón “se asustaron por nada” al sentir los temblores de tierra causados por la inyección de gas perpetrada por ACS, es capaz de dar una segunda oportunidad al mismísimo Charles Manson.

Me ha asaltado este pensamiento al leer las declaraciones de Mourinho en las que deslizaba que esperaba ver al Madrid, a estas alturas de competición, muy por encima del Barça. A lo que el italiano de la ceja alta le he contestado, de forma bastante atinada, que al menos este año todavía tienen opciones de ganar la Liga, no como el año pasado.

¿Está aprovechando el portugués las aguas revueltas del madridismo para volver a reivindicarse? ¿Tendrá el valor suficiente como para mostrarse como solución, cuando en realidad es causa de muchos de los males que aquejan a la casa blanca?

Tomen por ejemplo el caso del actual debate por el puesto de portero: ¿Quién sembró la semilla de la discordia entre Íker Casillas y Florentino Pérez? Ahora, a quien le ha tocado recoger los frutos (amargos) es a Ancelotti, que no puede gestionar un vestuario plagado de minas. Es solamente un ejemplo de en qué estado han dejado el pasto las herraduras del portugués.

No creo haber sido el primero en decir que Mou es uno de los ejemplares más tóxicos de los que pueblan el ya de por si viciado rebaño del fútbol español. Pero no dejemos que un solo capullo nos impida ver el ramo completo: alguien fue a buscarle, le pagó mucho dinero y le amparó en cada una de sus villanías. Alguien lo definió como el mejor entrenador del mundo, le brindó las llaves de la tan sagrada institución madridista para que la convirtiera en su cortijo, y le permitió pisotear el nombre de jugadores que lo han sido todo en el club.

No hay nada más falso que un gran empresario hablando de valores. Pérez ha inculcado al madridismo los mismos principios éticos que rigen el consejo de administración de una gran corporación, a saber: lo único que importa son los resultados; los hombres son piezas susceptibles de ser sustituidas en cuanto dejan de cumplir la función que se les ha asignado y el debate interno no es más que ruido molesto que compromete los designios del director de orquesta.

Así es el Madrid de Florentino. Y Mou, en este contexto, no ha sido más que un eficiente capataz. Un sicario aventajado que el terrateniente podría volver a necesitar si el gallinero se le alborota.

En respuesta a mi último post, en el que contraponía la movilización social en Cataluña con la abulia de la ciudadanía en la capital del reino, recibo este comentario:

“Carles esta vez no puedo estar más en desacuerdo.
Vamos a ver: que cimientes toda una entrada en la patética tertulia deportiva local madrileña de ondacero, resultará inevitablemente en el colapso total del comentario. Y es precisamente por eso. Los tertulianos periodistas de local de Madrid de ondacero son esbirros florentinistas, sin más criterio que el de servir al ser superior y de una mediocridad alarmante para las escuelas de periodismo de donde se han escapado. Pero de ahí a glosar la rebeldía del Barsa (por cierto tengo entendido que Franco recibió la medalla de honor del club en agradecimiento por las recalificaciones para construir el palau blaugrana) y por extensión de los catalanes frente al poder establecido comparándolas con el histórico conformismo castellano hay más de tres pueblos. Sirvan como recordatorio del nada conformista pueblo castellano los siguientes eventos: comuneros contra Carlos I, motín de esquilache, motín de Mostoles contra Napoleón…, o el último en Burgos. Gamonal.
Saludos compañero”

Carlos! Por lo menos te tengo que dar gracias por leerme. Conociéndote, me conmueve que albergues siquiera la esperanza de estar de acuerdo conmigo en algo…

Es verdad que no se puede sustentar todo el razonamiento en lo que digan los esbirros de Florentino Pérez. De hecho, no se puede sustentar en nada que se escuche en ningún medio capitalino,porque el ser superior tiene secuaces en todas partes. Digamos que el comentario del periodista actuó como detonante, no como cimiento de todo el artículo. Como base del razonamiento podría valer cualquiera de estos hechos: que después de gastarse lo que se ha gastado la actual junta del Real Madrid y habiendo ganado el año pasado…¿nada?… Don Florentino se presente a las elecciones sin contrincante. Que el presidente reforme sin oposición los Estatutos para encorsetar todavía más la ya anquilosada vida democrática del club. O bien que nadie en el Madrid, entorno, y prensa “libre” capitalina, haya preguntado de donde viene el pastizal que costó Bale. Sólo Piqué preguntó, y le cayó la del pulpo.

Para rebatir que el Barça fuese un club antifranquista, entresacas de su historia el episodio de la medalla de oro al caudillo. En su libro de memorias, el ex presidente barcelonista Agustí Montal, que presidía la junta del club por aquél entonces, relata cómo fueron los hechos: la peña barcelonista de Manresa, una de las de más solera, organizó un encuentro de peñas en el monasterio de Montserrat. El club decidió otorgarle a dicha peña, en reconocimiento a su iniciativa, la medalla de oro. Pero Montal recibió la llamada del Delegado Nacional de Deportes, Juan Gich, que le dijo textualmente: “Ni se os ocurra darle a nadie ninguna condecoración antes que al caudillo”. Y así fue. Así tuvo que ser.

En cambio, si para demostrar el carácter rebelde del pueblo castellano nos tenemos que remontar a los comuneros, el motín de Esquilache o el de Móstoles, creo que mi tesis sobre el talante sumiso del castellano queda definitivamente refrendada. ¡Ah, no! Me olvidaba de Gamonal. Pero… ¿no dijo el ayuntamiento de Burgos que los alborotadores venían de fuera? Serían algunos vascos o catalanes, que son unos revoltosos incansables.

Insisto: para mi, la sociedad castellana es hoy en día una masa adormilada a merced de la casta política. No hay signos de vida. No hay latido social. Gallardón deja la ciudad arruinada en manos de Ana Botella, cuya inoperancia ha quedado patente, al menos, en el desastre del Madrid Arena y en el tropezón de los Juegos Olímpicos. En la comunidad, Doña Esperanza Aguirre accedió al cargo después del tamayazo, el golpe de Estado más evidente -e impune- que se ha conocido en democracia desde el tejerazo. La presidenta, cuyo gran proyecto privatizador de la Sanidad acaba de saltar por los aires, dejó en su puesto a un señor que se olvida de declarar al fisco sus propiedades. y las encuestas siguen dando al Pp ventaja en ambos flancos. Y no seré yo quien diga que el comunero salvador vaya a ser Tomás Gómez. Si este es el Che Guevara de la meseta, la casta oligarca puede seguir dormitando placenteramente.

Como siempre, un placer debatir contigo desde las antípodas del pensamiento político. Un abrazo compañero.

Escuchaba hoy la desconexión de Onda Cero en Madrid cuando uno de los locutores ha entrado a valorar la intención de un socio del Madrid de pedir cuentas a la directiva de Florentino Pérez ante la posibilidad -¿les suena?- de que el estadio de la Castellana incorpore a su sagrado nombre una marca comercial.

El comentario del periodista me ha maravillado. Ha lamentado que el Madrid siga "el ejemplo del Barcelona, cuyos socios se sienten dueños del club". Mi pensamiento inmediato ha sido: Barcelona y Madrid, tan cerca y tan lejos. En vez de tender hacia la convergencia, tengo la sensación de que cada día nos alejamos más, porque no se pueden tener concepciones más contrastadas de cómo vivir en sociedad.

No es que la apreciación del periodista fuera ofensiva, ni mucho menos. Más bien era reveladora de una mentalidad colectiva. Que un socio pelado dé un paso adelante y pida explicaciones al presidente no debería verse como una excentricidad, una anomalía del sistema. "Los socios del Barça se sienten dueños del club" dicho así, como quien describe una característica exótica del club catalán, me parece un síntoma alarmante. ¡Es que los socios son los dueños del club!. Y, si me permiten la disgresión, la soberanía recae en nosotros los ciudadanos: ni en las leyes, ni en los tribunales ni en los parlamentos.

Parece que los madridistas -¿y los madrileños?- no se sienten con derecho a decidir, sino condenados a soportar estoicamente todo lo que emana de sus clases dirigentes, que son las que tienen el supremo encargo de marcar el camino a seguir. Antes por la gracia de Dios, y ahora por la gracia de los votos.

Parece pues que en la capital los socios y los ciudadanos estén solamente para cumplir y respetar los deseos de los representantes a los que eligen, con mayor o menor fortuna, cada cuatro años. En el caso del Real Madrid ni eso, porque se pueden contar con los dedos de una mano las veces que los socios blancos han podido escoger entre más de una opción en unas elecciones presidenciales.

No olvidemos que después de la guerra civil, las primeras elecciones a la presidencia blanca con más de un candidato fueron en 1991: 55 años sin ejercer el derecho a decidir. Y tan panchos. En cambio, en el Barça se votaba incluso en plena dictadura, y las directivas de los últimos años del franquismo se hartaron de pedir la democratización de las estructuras federativas, dicho así, con todas las palabras. Sí, el Barça era una "casa de barrets". Pero digan lo que digan, con su forma de organizarse proclamaba a los cuatro vientos su profundo antifranquismo y su ansia irrefrenable de libertad.

Será que el catalán no comparte el fatalismo castellano: tiene un espíritu rebelde, una conciencia crítica que le impide conformarse con los designios emanados de sus representantes. Y a veces esto proyecta una imagen de desunión y de conflicto interno. Pero esa es la fuerza de las sociedades con madurez democrática: la sana crítica provoca pequeñas crisis que son la forma en las que los colectivos progresan. La ausencia de debate favorece la paz social, efectivamente. Pero cuidado con la paz social, que se parece mucho a la paz de los vencedores o a la paz de los cementerios.

Admito que este blog futbolero es últimamente muy poco futbolero. Uno gusta de nadar en aguas turbulentas, y los grandes rompientes están ahora mismo en el océano político. Uno de los últimos comentarios que he recibido, en respuesta al post “Por tierra, mar y aire” es de un buen amigo y tocayo, un arquitecto madrileño con el que hemos debatido en numerosas ocasiones armados simplemente con una copa de buen Rioja o con un gintonic, que es lo más parecido a la  pipa de la paz que el hombre blanco ha inventado.

Reproduzco aquí su comentario y mi respuesta:

Carles, vengo siguiendo tu Blog de “fútbol” que como Madridista desapegado encuentro fantástico. Tus entradas políticas sobre la pasión catalana de estos tempos me parecen más discutibles. Básicamente por que no aplicas los mismos criterios objetivos que con el Barça (Potencia colonial…metrópolis…). Recuerdo que en una ocasión hace muchos años te pregunté que era España… ahí está la clave de la cuestión. Sin entrar en detalles técnico-históricos, suscribo la interpretación compartida entre otros por el Presidente de Freixenet, o el de Planeta.
Por eso, si alguna de las partes esenciales de España pretende desintegrarla “democráticamente”, como es el caso de tus correligionarios, lo realmente democrático, en mi opinión, es defender darle la voz al total de los integrantes.
No he escuchado a ninguno de estos futuros personajes históricos catalanes proponer un referéndum a nivel estatal (nacional para mi). Que por otro lado cumpliría con las leyes vigentes.
Pienso que piensan que de ese modo nunca ganaría la opción desintegradora…
Pienso que puede que se equivoquen…
Saludos cordiales

P.D. (de buen rollo Carles…el último párrafo me inquieta…)

Hola Carlos, disculpa el retraso ante todo. Motivos laborales de alcance me han impedido atender en las dos últimas semanas el blog, que como tú sabes es para mi un simple hobby a la espera de que venga una potente multinacional y me lo patrocine (espérate sentado). Hemos hablado bastantes veces del tema catalán, y creo que ambos disfrutamos bastante del desacuerdo.

Ya que me pides una definición de España, te diré que para mi es una suma de tres naciones mal cosidas bajo una misma estructura estatal gobernada en régimen de alternancia por dos partidos protodemocráticos en su funcionamiento interno y, uno de ellos, también en el externo. Esa es mi definición, discutible supongo (como todas) pero sustentada en lo que nos traen a diario, alegres, los medios de comunicación.

Desde luego, lo que no es España es lo que proclama el título primero de la Constitución, que con la misma dosis de imaginación hubiera podido definirla como un club de mus o una horchatería valenciana, que también lo hubiéramos comprado en su momento con tal de salir del oscurantismo franquista.

El titulito de marras nos lo colaron a los demócratas catalanes cuando nos pusieron encima de la mesa, en 1978, la siguiente disyuntiva: va a ser esta constitución descentralizadora o tomaros más jarabe del mismo que habéis tomado en los últimos cuarenta años. Luego resultó que la descentralización se la pasaron por el forro con la LOAPA y con un tribunal constitucional de férreas convicciones jacobinas o pseudo-franquistas, según el gobierno de turno. De las “bofetadas para todos” del franquismo, al “café para todos” de la PP-PSOE, que vendría a ser nuestro PRI particular. Algo se ganó, pero seguimos lejos, muy lejos de salir del túnel.

Pretender que catalanes y vascos se sientan a gusto en España con esta constitución es como pretender que un camello se deje poner calzoncillos. Como no sea un camello de jaco, lo llevas claro. Podemos poner a la propia ley como excusa para no cambiarla, pero no parece un argumento ni seductor ni convincente. “Oiga, no me siento a gusto con estas normas”. “Ya, pues la primera norma es que debe usted sentirse a gusto”. Y ahí seguimos encallados.

Tú dices que lo realmente democrático sería que votasen todos los españoles. Constitución en mano, probablemente. Pero hagamos una lectura de la situación no legalista, sino sociopolítica: si se hiciese un referéndum en toda España y otro en Cataluña, los resultados serían diferentes y, muy probablemente, contrapuestos. Esto indica que hay un conflicto de soberanía en ambos ámbitos nacionales, entendida la soberanía como la expresión de la voluntad popular o mayoritaria de una comunidad. La gran mayoría de los españoles opina diferente de la gran mayoría de los catalanes.

Y ahora: con un conflicto de esta naturaleza sobre la mesa, ¿vamos a aplicar una solución basada en la imposición o en el diálogo? ¿Tiene derecho la mayoría del pueblo español a imponer su ley a la mayoría del pueblo catalán? Habrá quien, desde una exótica interpretación de la democracias, opine que sí. De hecho, así ha funcionado la cosa hasta ahora, igual bajo dictaduras militares como en los cortos espacios democráticos de los que hemos disfrutado en los últimos 300 años.

Lo que ha cambiado es que la mayoría del pueblo catalán ha llegado a la conclusión, vía observación empírica, de que esta convivencia bajo el mismo techo no va a progresar nunca hacia una relación constructiva. El interés de uno pasa por la negación del otro. Es lo que en terapia de pareja se conoce como relación tóxica: solamente puede evolucionar a peor. Y llegados a esta convicción, la única puerta válida es la de salida.

Te causa zozobra también que utilice palabras como “metrópolis” o “potencia colonial”. Esto tiene una explicación que me reservaba para ulteriores entregas pero que aprovecho para apuntar aquí. Tengo la impresión, a la vista de lo que sucede en nuestro bucólico y apacible continente, de que asistimos a un segundo proceso de descolonización. En el siglo XX las potencias coloniales fueron perdiendo sus territorios “de ultramar”, y parece que en el siglo XXI van a perder –han empezado ya de hecho- las de fronteras hacia adentro. Y como no, los británicos están siendo pioneros en darse cuenta y buscar soluciones que mitiguen los efectos descolonizadores. Y España, mientras tanto, en la pura inopia. ¿Te suena de algo?

La demanda de democracia directa y la globalización casan muy mal con los Estados-nación en Europa, que es un puzle de pueblos y naciones cuyas fronteras no siempre –casi nunca- coinciden con las administrativas. Cuanto más se resisten los Estados a borrar sus viejas fronteras, con más fuerza crecen las reales: las fronteras que marcan las voluntades ciudadanas, no las leyes anquilosadas.

Compañero, no sé si esto te inquieta, pero no es más que la evolución natural de una sociedad avanzada que piensa y, por tanto, se rebela. Esto ya ha empezado y no lo parará ni el tato.

tata

De verdad que hay veces que el barcelonismo, visto desde la distancia, alcanza el paroxismo más absoluto. Perder un partido arroja al club y elementos aledaños dentro de una espiral de autocontemplación y ombliguismo, a la vez que vierte gasolina sobre el fuego de la guerra interna. ¿Les suena la canción?

Lo peor de todo es que en los programas deportivos aparecen como hongos los especialistas que diseccionan el juego del equipo para desarrollar una amplia panoplia de teorías. Teorías que sabemos positivamente que cambiarán de semana en semana en función del último resultado.

O el Barça no da para tanto o hay demasiados programas deportivos. Pero lo que está claro es que no se puede sacar tanto zumo de este limón sin dejarlo liofilizado. Por favor, levantemos al equipo del diván o acabarán todos más locos que Alves en una montaña rusa.

¿El seguidor del Barça se merece este infierno? ¿El histerismo del entorno es fruto de la personalidad colectiva del culé, o es al revés? ¿Fue primero el huevo o la gallina? La pregunta parece una tontería, pero no lo es tanto a la luz de lo que, según mi modesta opinión, tenemos que plantearnos ahora.

La cuestión es que si apelamos a la memoria histórica, y tampoco hace falta retroceder mucho en el tiempo, creo que todos los barcelonistas coincidiremos que no hay necesidad de retomar antiguas sendas. Yo todavía tengo pesadillas con lo de la final de Sevilla frente al Steaua y el motín del Hesperia, las lágrimas de Núñez y los aspavientos de Gaspar sólo en el palco con toda la grada agitando un océano de pañuelos empapados en lágrimas. No, más de eso no, por favor.

No puede ser que con Rijkaard y con Pep no hayamos aprendido nada. No puede ser que todavía no hayamos extirpado el gen autodestructivo del adn blaugrana. Me resisto a pensar que por una mala racha (o dos) vayamos a replantearnos el ser o no ser.

Desde mi humilde opinión de culé que vive en Madrid, hay que dejar trabajar al Tata y aligerar la presión sobre el equipo, que bastante tendrán ya con su propio reconcome por la imagen que dieron en Holanda. Tomar el relevo de Pep y de un entrenador enfermo es una papeleta objetivamente muy complicada, y bastante bien se están apañando. Sin florituras técnicas, sin adornos de cara a la galería, pero con no poca épica (¡y buenos resultados!). Si no nos gusta el derrotero que toma el equipo, lo mejor es tomar nota y adoptar decisiones cuando toca, es decir al final de la temporada. Mientras tanto, este continuo akelarre técnico-táctico actuará como un yunque sobre las aspiraciones del equipo.

Nos hemos hartado de decir que lo de Pep no se repetiría. Aceptémoslo de una vez por todas, y demostremos la madurez suficiente para, sin olvidar las gestas pasadas, entablar una nueva etapa con amplitud de miras.

Y aparquemos las viejas rencillas internas porque, si no, esto del fútbol deja de tener gracia y pasa a ser una mierda más a añadir a las otras mierdas del panorama actual.