¿Sería capaz Florentino Pérez de dar una segunda oportunidad a José Mourinho a los mandos del equipo blanco? Alguien que fue capaz de decir, en una entrevista por televisión, que los vecinos de la costa de Tarragona y Castellón “se asustaron por nada” al sentir los temblores de tierra causados por la inyección de gas perpetrada por ACS, es capaz de dar una segunda oportunidad al mismísimo Charles Manson.

Me ha asaltado este pensamiento al leer las declaraciones de Mourinho en las que deslizaba que esperaba ver al Madrid, a estas alturas de competición, muy por encima del Barça. A lo que el italiano de la ceja alta le he contestado, de forma bastante atinada, que al menos este año todavía tienen opciones de ganar la Liga, no como el año pasado.

¿Está aprovechando el portugués las aguas revueltas del madridismo para volver a reivindicarse? ¿Tendrá el valor suficiente como para mostrarse como solución, cuando en realidad es causa de muchos de los males que aquejan a la casa blanca?

Tomen por ejemplo el caso del actual debate por el puesto de portero: ¿Quién sembró la semilla de la discordia entre Íker Casillas y Florentino Pérez? Ahora, a quien le ha tocado recoger los frutos (amargos) es a Ancelotti, que no puede gestionar un vestuario plagado de minas. Es solamente un ejemplo de en qué estado han dejado el pasto las herraduras del portugués.

No creo haber sido el primero en decir que Mou es uno de los ejemplares más tóxicos de los que pueblan el ya de por si viciado rebaño del fútbol español. Pero no dejemos que un solo capullo nos impida ver el ramo completo: alguien fue a buscarle, le pagó mucho dinero y le amparó en cada una de sus villanías. Alguien lo definió como el mejor entrenador del mundo, le brindó las llaves de la tan sagrada institución madridista para que la convirtiera en su cortijo, y le permitió pisotear el nombre de jugadores que lo han sido todo en el club.

No hay nada más falso que un gran empresario hablando de valores. Pérez ha inculcado al madridismo los mismos principios éticos que rigen el consejo de administración de una gran corporación, a saber: lo único que importa son los resultados; los hombres son piezas susceptibles de ser sustituidas en cuanto dejan de cumplir la función que se les ha asignado y el debate interno no es más que ruido molesto que compromete los designios del director de orquesta.

Así es el Madrid de Florentino. Y Mou, en este contexto, no ha sido más que un eficiente capataz. Un sicario aventajado que el terrateniente podría volver a necesitar si el gallinero se le alborota.

En respuesta a mi último post, en el que contraponía la movilización social en Cataluña con la abulia de la ciudadanía en la capital del reino, recibo este comentario:

“Carles esta vez no puedo estar más en desacuerdo.
Vamos a ver: que cimientes toda una entrada en la patética tertulia deportiva local madrileña de ondacero, resultará inevitablemente en el colapso total del comentario. Y es precisamente por eso. Los tertulianos periodistas de local de Madrid de ondacero son esbirros florentinistas, sin más criterio que el de servir al ser superior y de una mediocridad alarmante para las escuelas de periodismo de donde se han escapado. Pero de ahí a glosar la rebeldía del Barsa (por cierto tengo entendido que Franco recibió la medalla de honor del club en agradecimiento por las recalificaciones para construir el palau blaugrana) y por extensión de los catalanes frente al poder establecido comparándolas con el histórico conformismo castellano hay más de tres pueblos. Sirvan como recordatorio del nada conformista pueblo castellano los siguientes eventos: comuneros contra Carlos I, motín de esquilache, motín de Mostoles contra Napoleón…, o el último en Burgos. Gamonal.
Saludos compañero”

Carlos! Por lo menos te tengo que dar gracias por leerme. Conociéndote, me conmueve que albergues siquiera la esperanza de estar de acuerdo conmigo en algo…

Es verdad que no se puede sustentar todo el razonamiento en lo que digan los esbirros de Florentino Pérez. De hecho, no se puede sustentar en nada que se escuche en ningún medio capitalino,porque el ser superior tiene secuaces en todas partes. Digamos que el comentario del periodista actuó como detonante, no como cimiento de todo el artículo. Como base del razonamiento podría valer cualquiera de estos hechos: que después de gastarse lo que se ha gastado la actual junta del Real Madrid y habiendo ganado el año pasado…¿nada?… Don Florentino se presente a las elecciones sin contrincante. Que el presidente reforme sin oposición los Estatutos para encorsetar todavía más la ya anquilosada vida democrática del club. O bien que nadie en el Madrid, entorno, y prensa “libre” capitalina, haya preguntado de donde viene el pastizal que costó Bale. Sólo Piqué preguntó, y le cayó la del pulpo.

Para rebatir que el Barça fuese un club antifranquista, entresacas de su historia el episodio de la medalla de oro al caudillo. En su libro de memorias, el ex presidente barcelonista Agustí Montal, que presidía la junta del club por aquél entonces, relata cómo fueron los hechos: la peña barcelonista de Manresa, una de las de más solera, organizó un encuentro de peñas en el monasterio de Montserrat. El club decidió otorgarle a dicha peña, en reconocimiento a su iniciativa, la medalla de oro. Pero Montal recibió la llamada del Delegado Nacional de Deportes, Juan Gich, que le dijo textualmente: “Ni se os ocurra darle a nadie ninguna condecoración antes que al caudillo”. Y así fue. Así tuvo que ser.

En cambio, si para demostrar el carácter rebelde del pueblo castellano nos tenemos que remontar a los comuneros, el motín de Esquilache o el de Móstoles, creo que mi tesis sobre el talante sumiso del castellano queda definitivamente refrendada. ¡Ah, no! Me olvidaba de Gamonal. Pero… ¿no dijo el ayuntamiento de Burgos que los alborotadores venían de fuera? Serían algunos vascos o catalanes, que son unos revoltosos incansables.

Insisto: para mi, la sociedad castellana es hoy en día una masa adormilada a merced de la casta política. No hay signos de vida. No hay latido social. Gallardón deja la ciudad arruinada en manos de Ana Botella, cuya inoperancia ha quedado patente, al menos, en el desastre del Madrid Arena y en el tropezón de los Juegos Olímpicos. En la comunidad, Doña Esperanza Aguirre accedió al cargo después del tamayazo, el golpe de Estado más evidente -e impune- que se ha conocido en democracia desde el tejerazo. La presidenta, cuyo gran proyecto privatizador de la Sanidad acaba de saltar por los aires, dejó en su puesto a un señor que se olvida de declarar al fisco sus propiedades. y las encuestas siguen dando al Pp ventaja en ambos flancos. Y no seré yo quien diga que el comunero salvador vaya a ser Tomás Gómez. Si este es el Che Guevara de la meseta, la casta oligarca puede seguir dormitando placenteramente.

Como siempre, un placer debatir contigo desde las antípodas del pensamiento político. Un abrazo compañero.

Escuchaba hoy la desconexión de Onda Cero en Madrid cuando uno de los locutores ha entrado a valorar la intención de un socio del Madrid de pedir cuentas a la directiva de Florentino Pérez ante la posibilidad -¿les suena?- de que el estadio de la Castellana incorpore a su sagrado nombre una marca comercial.

El comentario del periodista me ha maravillado. Ha lamentado que el Madrid siga "el ejemplo del Barcelona, cuyos socios se sienten dueños del club". Mi pensamiento inmediato ha sido: Barcelona y Madrid, tan cerca y tan lejos. En vez de tender hacia la convergencia, tengo la sensación de que cada día nos alejamos más, porque no se pueden tener concepciones más contrastadas de cómo vivir en sociedad.

No es que la apreciación del periodista fuera ofensiva, ni mucho menos. Más bien era reveladora de una mentalidad colectiva. Que un socio pelado dé un paso adelante y pida explicaciones al presidente no debería verse como una excentricidad, una anomalía del sistema. "Los socios del Barça se sienten dueños del club" dicho así, como quien describe una característica exótica del club catalán, me parece un síntoma alarmante. ¡Es que los socios son los dueños del club!. Y, si me permiten la disgresión, la soberanía recae en nosotros los ciudadanos: ni en las leyes, ni en los tribunales ni en los parlamentos.

Parece que los madridistas -¿y los madrileños?- no se sienten con derecho a decidir, sino condenados a soportar estoicamente todo lo que emana de sus clases dirigentes, que son las que tienen el supremo encargo de marcar el camino a seguir. Antes por la gracia de Dios, y ahora por la gracia de los votos.

Parece pues que en la capital los socios y los ciudadanos estén solamente para cumplir y respetar los deseos de los representantes a los que eligen, con mayor o menor fortuna, cada cuatro años. En el caso del Real Madrid ni eso, porque se pueden contar con los dedos de una mano las veces que los socios blancos han podido escoger entre más de una opción en unas elecciones presidenciales.

No olvidemos que después de la guerra civil, las primeras elecciones a la presidencia blanca con más de un candidato fueron en 1991: 55 años sin ejercer el derecho a decidir. Y tan panchos. En cambio, en el Barça se votaba incluso en plena dictadura, y las directivas de los últimos años del franquismo se hartaron de pedir la democratización de las estructuras federativas, dicho así, con todas las palabras. Sí, el Barça era una "casa de barrets". Pero digan lo que digan, con su forma de organizarse proclamaba a los cuatro vientos su profundo antifranquismo y su ansia irrefrenable de libertad.

Será que el catalán no comparte el fatalismo castellano: tiene un espíritu rebelde, una conciencia crítica que le impide conformarse con los designios emanados de sus representantes. Y a veces esto proyecta una imagen de desunión y de conflicto interno. Pero esa es la fuerza de las sociedades con madurez democrática: la sana crítica provoca pequeñas crisis que son la forma en las que los colectivos progresan. La ausencia de debate favorece la paz social, efectivamente. Pero cuidado con la paz social, que se parece mucho a la paz de los vencedores o a la paz de los cementerios.

Admito que este blog futbolero es últimamente muy poco futbolero. Uno gusta de nadar en aguas turbulentas, y los grandes rompientes están ahora mismo en el océano político. Uno de los últimos comentarios que he recibido, en respuesta al post “Por tierra, mar y aire” es de un buen amigo y tocayo, un arquitecto madrileño con el que hemos debatido en numerosas ocasiones armados simplemente con una copa de buen Rioja o con un gintonic, que es lo más parecido a la  pipa de la paz que el hombre blanco ha inventado.

Reproduzco aquí su comentario y mi respuesta:

Carles, vengo siguiendo tu Blog de “fútbol” que como Madridista desapegado encuentro fantástico. Tus entradas políticas sobre la pasión catalana de estos tempos me parecen más discutibles. Básicamente por que no aplicas los mismos criterios objetivos que con el Barça (Potencia colonial…metrópolis…). Recuerdo que en una ocasión hace muchos años te pregunté que era España… ahí está la clave de la cuestión. Sin entrar en detalles técnico-históricos, suscribo la interpretación compartida entre otros por el Presidente de Freixenet, o el de Planeta.
Por eso, si alguna de las partes esenciales de España pretende desintegrarla “democráticamente”, como es el caso de tus correligionarios, lo realmente democrático, en mi opinión, es defender darle la voz al total de los integrantes.
No he escuchado a ninguno de estos futuros personajes históricos catalanes proponer un referéndum a nivel estatal (nacional para mi). Que por otro lado cumpliría con las leyes vigentes.
Pienso que piensan que de ese modo nunca ganaría la opción desintegradora…
Pienso que puede que se equivoquen…
Saludos cordiales

P.D. (de buen rollo Carles…el último párrafo me inquieta…)

Hola Carlos, disculpa el retraso ante todo. Motivos laborales de alcance me han impedido atender en las dos últimas semanas el blog, que como tú sabes es para mi un simple hobby a la espera de que venga una potente multinacional y me lo patrocine (espérate sentado). Hemos hablado bastantes veces del tema catalán, y creo que ambos disfrutamos bastante del desacuerdo.

Ya que me pides una definición de España, te diré que para mi es una suma de tres naciones mal cosidas bajo una misma estructura estatal gobernada en régimen de alternancia por dos partidos protodemocráticos en su funcionamiento interno y, uno de ellos, también en el externo. Esa es mi definición, discutible supongo (como todas) pero sustentada en lo que nos traen a diario, alegres, los medios de comunicación.

Desde luego, lo que no es España es lo que proclama el título primero de la Constitución, que con la misma dosis de imaginación hubiera podido definirla como un club de mus o una horchatería valenciana, que también lo hubiéramos comprado en su momento con tal de salir del oscurantismo franquista.

El titulito de marras nos lo colaron a los demócratas catalanes cuando nos pusieron encima de la mesa, en 1978, la siguiente disyuntiva: va a ser esta constitución descentralizadora o tomaros más jarabe del mismo que habéis tomado en los últimos cuarenta años. Luego resultó que la descentralización se la pasaron por el forro con la LOAPA y con un tribunal constitucional de férreas convicciones jacobinas o pseudo-franquistas, según el gobierno de turno. De las “bofetadas para todos” del franquismo, al “café para todos” de la PP-PSOE, que vendría a ser nuestro PRI particular. Algo se ganó, pero seguimos lejos, muy lejos de salir del túnel.

Pretender que catalanes y vascos se sientan a gusto en España con esta constitución es como pretender que un camello se deje poner calzoncillos. Como no sea un camello de jaco, lo llevas claro. Podemos poner a la propia ley como excusa para no cambiarla, pero no parece un argumento ni seductor ni convincente. “Oiga, no me siento a gusto con estas normas”. “Ya, pues la primera norma es que debe usted sentirse a gusto”. Y ahí seguimos encallados.

Tú dices que lo realmente democrático sería que votasen todos los españoles. Constitución en mano, probablemente. Pero hagamos una lectura de la situación no legalista, sino sociopolítica: si se hiciese un referéndum en toda España y otro en Cataluña, los resultados serían diferentes y, muy probablemente, contrapuestos. Esto indica que hay un conflicto de soberanía en ambos ámbitos nacionales, entendida la soberanía como la expresión de la voluntad popular o mayoritaria de una comunidad. La gran mayoría de los españoles opina diferente de la gran mayoría de los catalanes.

Y ahora: con un conflicto de esta naturaleza sobre la mesa, ¿vamos a aplicar una solución basada en la imposición o en el diálogo? ¿Tiene derecho la mayoría del pueblo español a imponer su ley a la mayoría del pueblo catalán? Habrá quien, desde una exótica interpretación de la democracias, opine que sí. De hecho, así ha funcionado la cosa hasta ahora, igual bajo dictaduras militares como en los cortos espacios democráticos de los que hemos disfrutado en los últimos 300 años.

Lo que ha cambiado es que la mayoría del pueblo catalán ha llegado a la conclusión, vía observación empírica, de que esta convivencia bajo el mismo techo no va a progresar nunca hacia una relación constructiva. El interés de uno pasa por la negación del otro. Es lo que en terapia de pareja se conoce como relación tóxica: solamente puede evolucionar a peor. Y llegados a esta convicción, la única puerta válida es la de salida.

Te causa zozobra también que utilice palabras como “metrópolis” o “potencia colonial”. Esto tiene una explicación que me reservaba para ulteriores entregas pero que aprovecho para apuntar aquí. Tengo la impresión, a la vista de lo que sucede en nuestro bucólico y apacible continente, de que asistimos a un segundo proceso de descolonización. En el siglo XX las potencias coloniales fueron perdiendo sus territorios “de ultramar”, y parece que en el siglo XXI van a perder –han empezado ya de hecho- las de fronteras hacia adentro. Y como no, los británicos están siendo pioneros en darse cuenta y buscar soluciones que mitiguen los efectos descolonizadores. Y España, mientras tanto, en la pura inopia. ¿Te suena de algo?

La demanda de democracia directa y la globalización casan muy mal con los Estados-nación en Europa, que es un puzle de pueblos y naciones cuyas fronteras no siempre –casi nunca- coinciden con las administrativas. Cuanto más se resisten los Estados a borrar sus viejas fronteras, con más fuerza crecen las reales: las fronteras que marcan las voluntades ciudadanas, no las leyes anquilosadas.

Compañero, no sé si esto te inquieta, pero no es más que la evolución natural de una sociedad avanzada que piensa y, por tanto, se rebela. Esto ya ha empezado y no lo parará ni el tato.

tata

De verdad que hay veces que el barcelonismo, visto desde la distancia, alcanza el paroxismo más absoluto. Perder un partido arroja al club y elementos aledaños dentro de una espiral de autocontemplación y ombliguismo, a la vez que vierte gasolina sobre el fuego de la guerra interna. ¿Les suena la canción?

Lo peor de todo es que en los programas deportivos aparecen como hongos los especialistas que diseccionan el juego del equipo para desarrollar una amplia panoplia de teorías. Teorías que sabemos positivamente que cambiarán de semana en semana en función del último resultado.

O el Barça no da para tanto o hay demasiados programas deportivos. Pero lo que está claro es que no se puede sacar tanto zumo de este limón sin dejarlo liofilizado. Por favor, levantemos al equipo del diván o acabarán todos más locos que Alves en una montaña rusa.

¿El seguidor del Barça se merece este infierno? ¿El histerismo del entorno es fruto de la personalidad colectiva del culé, o es al revés? ¿Fue primero el huevo o la gallina? La pregunta parece una tontería, pero no lo es tanto a la luz de lo que, según mi modesta opinión, tenemos que plantearnos ahora.

La cuestión es que si apelamos a la memoria histórica, y tampoco hace falta retroceder mucho en el tiempo, creo que todos los barcelonistas coincidiremos que no hay necesidad de retomar antiguas sendas. Yo todavía tengo pesadillas con lo de la final de Sevilla frente al Steaua y el motín del Hesperia, las lágrimas de Núñez y los aspavientos de Gaspar sólo en el palco con toda la grada agitando un océano de pañuelos empapados en lágrimas. No, más de eso no, por favor.

No puede ser que con Rijkaard y con Pep no hayamos aprendido nada. No puede ser que todavía no hayamos extirpado el gen autodestructivo del adn blaugrana. Me resisto a pensar que por una mala racha (o dos) vayamos a replantearnos el ser o no ser.

Desde mi humilde opinión de culé que vive en Madrid, hay que dejar trabajar al Tata y aligerar la presión sobre el equipo, que bastante tendrán ya con su propio reconcome por la imagen que dieron en Holanda. Tomar el relevo de Pep y de un entrenador enfermo es una papeleta objetivamente muy complicada, y bastante bien se están apañando. Sin florituras técnicas, sin adornos de cara a la galería, pero con no poca épica (¡y buenos resultados!). Si no nos gusta el derrotero que toma el equipo, lo mejor es tomar nota y adoptar decisiones cuando toca, es decir al final de la temporada. Mientras tanto, este continuo akelarre técnico-táctico actuará como un yunque sobre las aspiraciones del equipo.

Nos hemos hartado de decir que lo de Pep no se repetiría. Aceptémoslo de una vez por todas, y demostremos la madurez suficiente para, sin olvidar las gestas pasadas, entablar una nueva etapa con amplitud de miras.

Y aparquemos las viejas rencillas internas porque, si no, esto del fútbol deja de tener gracia y pasa a ser una mierda más a añadir a las otras mierdas del panorama actual.

vargas llosa

La buena noticia es que el aparato del Estado se toma en serio la “amenaza separatista”. La mala noticia es que hasta el momento habrá desplegado solamente un 20 por ciento de su potencial para contenerla.

El Estado reacciona con reflejos paquidérmicos, pero ello no debe confundir a nadie: el estruendo de su pisada retumbará en nuestros oídos y pondrá a prueba la firmeza de la voluntad de todos y cada uno de los independentistas de este país.

No nos creamos el discurso de los que nos prometen un sendero de negociación civilizada. España no ha basado nunca su fuerza en la capacidad de diálogo y el razonamiento. Sus armas han sido siempre las entrañas y la fuerza bruta.

Vargas Llosa ha aportado esta semana su visión del tema, que entronca perfectamente con la receta que propone tradicionalmente la metrópolis: “el nacionalismo pacífico no existe, hay que combatirlo sin complejos como al otro”. Es decir: da igual que en Cataluña haya habido un grupo terrorista o no, hay que aplastar sus demandas con la misma determinación, porque la razón no está de su parte. Como en las cruzadas: tiene derecho a matar aquél que tiene a Dios de su lado.

Que tengamos muy claro aquello a lo que nos enfrentamos. Vivir en Madrid permite tener una perspectiva muy clara de lo que está en juego: España no puede permitirse perder a Cataluña. Ni desde el punto de vista económico –que no es el más importante, a pesar de todo- ni desde el punto de vista simbólico. Lo ha dicho Vidal Quadras: “España sin Cataluña sería un cuerpo mutilado”.

Tenemos derecho a pedir lo que pedimos. España es un estado miembro de la UE y ya no puede lanzar al ejército contra una parte de su pueblo. Todo esto es cierto. Pero no es menos cierto que nos hemos propuesto dejar a un Estado sin su principal motor económico. Un Estado decadente, en crisis y sin autoestima. Pero capaz de dar todavía mucha guerra.

La respuesta a nuestras demandas no será ni razonada, ni democrática ni pacífica. Será por tierra, mar y aire. Aznar, Vargas Llosa, Vidal Quadras, desde un lado, y Rubalcaba, Bono y Corcuera desde el otro son solamente la artillería que allana el camino previo a la ofensiva.

Si alguien pensó que esto sería fácil, que se desengañe. Darle la puntilla a una vieja potencia colonial no se hará solamente con razones.

Uno de los efectos benéficos que va a tener el proceso soberanista en Catalunya va a a ser que a muchos, por fin, les va a caer la máscara. Y en algún caso, incluso los pantalones.

El derecho a decidir no admite medias tintas: estás a favor o en contra. Crees que Catalunya es sujeto político o crees que es una simple región. Crees que ser español merece pagar el precio que pagamos -no sólo económico-, o no.

Alguien que va a enseñarnos sus cartas al respecto, este mismo fin de semana, es Pere Navarro, el contorsionista de Terrassa. Y no moverá ficha en la dirección que le señalaría su progenitor, precisamente, sino en la contraria.

El motivo de crítica no es el fondo de su postura: tiene el PSC todo el derecho a ser una simple franquicia del PSOE, faltaría más. Puede incluso renunciar a ser un partido independiente, y pasar a ser una federación socialista más, como la de Madrid, por ejemplo. Ya sabrán entonces qué hacer los que les votaron en las últimas elecciones, cuando incluyeron el derecho a decidir en su programa electoral. Que hagan caso a Bono y a Corcuera, que han demostrado siempre saber lo que le conviene a Catalunya (para hacer exactamente lo contrario).

Navarro, pues, tiene todo el derecho a defender una Catalunya española. Lo que no entiendo tanto es el proceso que les ha llevado hasta aquí y su tradicional política sinuosa y oportunista. Ellos han acusado con razón a CiU de hacer “la puta i la ramoneta”, pero ellos, con perdón, han sido la más puta y la más ramoneta: en su relación con el país (ahora tiene derecho a decidir, ahora no porque se deja llevar por el mesiánico Mas) y en su relación con el socialismo español (que si tendamos la mano a la España fraternal, y ahora votemos en contra de lo que dice el grupo socialista).

Pero parece que este fin de semana, por fin, Navarro nos dirá lo que piensan en realidad. Y no será por un proceso de democracia interna, pactando con sus corrientes internas, o sometiendo a votación las distintas fórmulas políticas posibles. No, será con la amenaza previa de acallar las voces críticas para siempre, formulada por un tal Balmón, un tipo inquietante con maneras de pistolero salido de la semana trágica. Viva el debate interno. Y viva Stalin, también.

El giro, que no será tal porque nunca han conseguido esconder sus auténticas intenciones con respecto al derecho a decidir, se produce después de un pacto con Rubalcaba: el PSOE le da su apoyo a Navarro, retira su amenaza de crear una federación en Catalunya, pero el PSC renuncia para siempre al derecho a decidir. Previsible, ¿no? Dicho de otra manera: someter el debate sobre el interés general del país (¿cuando votar?) al mantenimiento de la “botigueta” política. No le toquéis el chiringuito que es su modus vivendi. Pequeño, ramplón y servil, pero el único espacio que le permite seguir existiendo como marioneta política. A navarro le han mostrado en qué pequeño patio trasero tiene derecho a estar, y él, feliz y contento, lamerá la mano de su dueño moviendo el rabito,

Por suerte en Catalunya a los recaderos del centro, por mucho disfraz “catalanista i d’esquerres” que lleven, ya hemos aprendido a identificarlos. Sólo deseo que los hasta hoy electores del PSC recuerden qué les ha prometido Navarro y qué ha terminado haciendo. Que lo incluyan en la ya larga lista de políticos que, una y otra vez, son capaces de pasarse el mandato electoral por el arco de triunfo y que prefieren correr a bajarse los pantalones antes que defender sus compromisos.

canal 9

Tal y como está mi profesión, pronto tendremos que taparnos los ojos con una banda negra cuando salgamos por televisión y admitir, avergonzados, que somos periodistas. Madre mía qué temporada más negra para el gremio.
Todo empezó con la presentadora de Intereconomía Carmen Baños que, después de leer un paso a video manifestó, sin saber que tenía el micro abierto, su “total disconformidad” con lo que acababa de leer. Y te preguntas inocentemente: “¿y por qué lo lees?”. Y aún más: “y una vez que todos sabemos ya que no compartes lo que lees, ¿por qué no dimites?”. Será que para algunos compañeros lo de la objetividad y el código deontológico son solamente molestas consideraciones segundarias en comparación con lo principal: seguir percibiendo puntualmente la nómina.

Algo, por cierto, bastante heroico en Intereconomía, que no paga regularmente a sus trabajadores desde hace meses. Estos incluso –y no es una exageración ni una invención- han tenido que traerse durante semanas el papel higiénico de sus casas porque su empresa no alcanzaba ni para eso. Después de acumular numerosos retrasos en los pagos, los responsables del canal convocaron recientemente a todos los trabajadores no para anunciarles que iban a saldar su deuda, sino para comunicarles un nuevo aplazamiento hasta finales de año. “Me quedo porque no tengo donde ir”, me confesó uno de ellos.

Luego pasó lo de Canal 9, un batacazo para los medios de comunicación públicos españoles. Los profesionales de la cadena, cuando se han visto de patitas en la calle, han empezado a hablar claro: manipulación informativa, coacciones para silenciar este o aquél dato incómodo, planos cerrados para disimular las calvas en las manifestaciones afines… La miseria habitual de cualquier medio sometido a un dictado político o empresarial, que son… ¿todos? Pero parece que solamente cuando uno no tiene nada que perder es cuando se ve con fuerzas para ser un periodista de raza.

En la profesión no ha sentado nada bien el cierre de Canal 9, por el impacto social que tiene dejar a más de mil familias en el paro ni por el impacto político de cercenar el derecho de los valencianos a informarse de lo que ocurre en su comunidad, en su lengua, a través de un medio público. Pero también ha incomodado entre mis compañeros la forma en la que ha reaccionado parte de la plantilla, destapando ahora todo el pastel de la manipulación, incluso en un tema tan grave como el del accidente en el metro de Valencia. “¡Antes había que hablar!”, se exclamaba esta semana en las redacciones. No en balde Canal 9 triplicó la audiencia el día en que sus trabajadores tomaron el mando y empezaron a denunciar los excesos de sus ya dimitidos jefes.

Luego he leído a Anna Grau, columnista de ABC que antiguamente fue delegada del diario AVUI aquí en Madrid. Anna carga contra la periodista de Canal 9 que ha denunciado la manipulación de su medio, y cuenta a su vez que ella ha sido manipulada en la tertulias de TV3, donde antes de salir al plató le cantaban los temas que se iban a debatir (algo tan aberrante como comer escudella i carn d’olla el dia de Navidad, por poner un caso).

Anna Grau también cuenta que dejó de colaborar con el diari Ara, con el que yo colaboro también de vez en cuando, porque le censuraron un artículo. Me he leído el artículo de la discordia. En él, Anna cuenta un desagradable episodio con una señora negra en un autobús de Nueva York cuando ella vivió allí. La conclusión del artículo viene a ser que algunos negros han adoptado las peores actitudes de los blancos racistas, y que actúan con resentimiento contra todos los blancos sin distinción. Parece ser, según ella, que en el Ara le dijeron que el lector no terminaría de entender esa opinión.

No sé qué pasó ni lo he preguntado. Conozco a Anna desde hace años, y me ha sorprendido un poco que ahora se defina en ABC como “española sin complejos”. Cuando yo la traté, siendo delegada de Avui en Madrid e incluso antes, no iba de este palo. Pero tiene todo el derecho a sentirse ahora como quiera, faltaría más.

Lo que no veo tan bien es que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ahora se sume a la oleada de opiniones que, ante la intención de Catalunya de caminar sola expresada por primera vez con voz firme, califican al soberanismo de expresión miope y pueblerina, y le atribuyen todos los males del control político de los medios de comunicación. Anna sabe que en Catalunya había tanta censura en los medios controlados por Convergencia como en los que estaban bajo el yugo del PSC, y del PP cuando éste ha estado en la Moncloa. Y si no, que le pregunte a su amiga (y mía) Esther Jaén lo que era Ràdio Barcelona de la SER o COM Ràdio en las épocas duras del socialismo catalán. No nos hagamos trampas al solitario, que aquí nos conocemos todos.

Yo he trabajado en AVUI, Catalunya Ràdio, TV3, diari Ara, La Vanguardia, El Mundo Deportivo, Telemadrid, Telecinco, Cuatro, la Sexta y Antena 3. En todos los medios ocurren cosas que pueden llevar al profesional de la información a plantearse conflictos éticos. En todos ellos –salvo en el Ara, de momento- he encontrado a jefes con más ganas de la cuenta de agradar a sus superiores. Cualquier ideología política puede ser útil a los amantes de la escalada profesional. Y eso no tiene nada que ver con el país ni con su voluntad de ser o de dejar de ser un sujeto de soberanía.

Ya vale de ventajismos y de disparar contra el más débil amparados por el poderoso aparato de Estado. En este juego no es lo mismo ser soberanista que ser unionista, porque los efectivos en uno y en otro lado no son comparables. Dice Anna en su artículo que cualquier periodista con años de experiencia ha sufrido intentos de dirigismo político que han puesto a prueba su ética profesional. Algunos sucumben a la primera y otros resisten hasta el final. Pero no saquemos conclusiones generales en función del último que nos ha perjudicado, porque a lo mejor estamos haciendo un flaco favor a nuestra objetividad. Y más cuando escribes en el ABC, uno de los libelos anticatalanes que con más fiereza han atacado históricamente la convivencia en nuestro país desde la atalaya del centro y con el fuego de cobertura de todo el aparataje españolista.

Tan dañino para la objetividad es un censor como un periodista tramposo.

godó

Prestemos mucha atención a los sectores que, desde Catalunya, han iniciado una ofensiva mediática en favor de un un giro moderador del proceso soberanista. Como si la oleada cívica que vivimos en Catalunya, la fuerza tranquila de la calle expresada pacífica y democráticamente, precisase de moderación alguna. Dice Enric Juliana en La Vanguardia que “hay gente que tiene miedo de una inteligente moderación catalana”. Y yo le respondería que más preocupante me parece la gente que, como él, tienen miedo de escuchar lo que pide la calle. Porque lo que demuestra ser es un demócrata de salón, un déspota ilustrado con manguitos, apartado del ruido callejero y encerrado en su sala de operaciones conspiradoras.

Veamos quien está detrás de este dribling táctico, porque a lo mejor sus intereses reales están muy alejados de aquello que aseguran defender. ¿A qué aspiran realmente los de la tercera vía y qué influencia real tienen sobre Artur Mas y Oriol Junqueras?

Desde el famoso editorial de La Vanguardia en demanda de moderación en Catalunya, es evidente que el grupo Godó de comunicación ha iniciado una deriva que pretende apostar por una tercera vía que divida prematuramente el bloque soberanista. En algún momento esta fractura tenía que ocurrir, ya que no todos los partidarios del derecho a decidir iban a votar que sí en un referéndum por la independencia. La pregunta es: ¿por qué abrir ahora este debate, cuando todavía no hemos llegado al momento de votar?

En cualquier negociación -y ahora estamos metidos hasta el cuello en la más decisiva en la historia de nuestro país- es de cajón que hay que mantener la cohesión hasta el último momento, y no rebajar las exigencias hasta que, eventualmente, el otro lado se mueva de forma significativa y ofrezca una salida digna, que cumpla los mínimos exigibles a estas alturas del proceso. Si se mueven. Y si no, hay que seguir hasta el final, porque nos asiste toda la razón de pedir lo que pedimos, tras 300 años de buscar la tercera vía de la convivencia peninsular como si del santo grial se tratase.
¿Por qué un grupo mediático tan importante como el grupo Godó se adelanta ahora para romper la estrategia unitaria, echar agua al vino de las reivindicaciones, e intentar cobrar ya beneficios del movimiento social soberanista como si todo fuese el fruto de una estrategia para subir un peldañito más en nuestra travesía del desierto autonomista?

Cuando el rey Juan Carlos se traslada a Barcelona en alguno de sus más o menos confesables viajes privados a Barcelona se aloja en casa del Conde de Godó. Cuando ha tenido que ofrecer alguna cena privada a personalidades extranjeras, lo ha hecho en el comedor del conde de Godó. Y cuando el monarca ha comprobado por televisión el éxito de convocatoria de la Assemblea Nacional de Catalunya, el primer teléfono que ha descolgado para vomitar su indignación ha sido el del Conde de Godó. Y está claro que tanta presión regia están causando mella en el grande de España.

La Vanguardia, un transatlántico gobernado respetando un complicado equilibrio de poderes, tiene la increíble capacidad de mudar de piel sin aparente sobresalto. Últimamente se adivina claramente, detrás de su línea editorial, el argumentario de los sectores partidarios de renunciar ya a la independencia para buscar una nueva solución de “peix al cove”. Más vale pájaro autonomista en mano que ciento independientes volando, vendrían a decirnos.

Y lo que más irrita es la forma en que lo hacen: con ese tono condescendiente y pedante, citándonos a Gramsci (“la ilusión es la mala hierba más tenaz de la conciencia colectiva. La historia enseña pero no tiene alumnos”), como aquel padre gordinflón y aburguesado que da lecciones de sentido práctico a sus atolondrados vástagos. Pero, ¿por quién nos han tomado estos señoritingos entreguistas? Son los altavoces del centralismo en Catalunya de siempre, ahora disfrazados de dialogantes y moderados.

Que no nos vendan películas: su rumbo no lo marca el “seny”, sino la monarquía española y sus fuerzas más centralizadoras a través del conde de Godó, su brazo ejecutor en Catalunya junto con el máximo mandatario del grupo Planeta. Finalmente las fuerzas vivas de la comunicación en Cataluña reorientan sus cañones del lado hacia el que siempre han apuntado, y ahora empezarán con sus disparos machacones.
¿Y Más qué dice a todo esto? A nadie se le escapa que el president juega un papel clave en el proceso de Catalunya hacia la independencia. Cuando todavía no se había producido la primera de las grandes manifestaciones soberanistas, Mas visitó Madrid para defender en el Forum Europa la propuesta de pacto fiscal con la que concurriría a la reelección. Ante la flor y nata del empresariado madrileño, entre los vetustos muros del hotel Ritz, Mas avisó de lo que venía y habló por primera vez -que yo recuerde- del concepto de transición nacional hacia lo que Catalunya quisiese ser.

Como siempre que a los políticos de la Villa y Corte les pasa por delante un elefante rosa con gorro de ducha, resultó que estaban todos mirando al tendido. Nadie se enteró de la película. Hasta un par de años después, ante la imagen de un millón y medio de catalanes en una cadena humana de 400 kilómetros, no han caído en la cuenta de que algo realmente está pasando.

Quiero decir que hasta la fecha Mas ha ido avisando, paso por paso, de un proceso que no está liderando pero si intentando gestionar como buenamente puede. No se sabe si a lomos del caballo o a rastras detrás de él. Pero lo cierto es que ha conseguido que en Madrid olviden al peor ogro conocido desde Macià y Companys, que fue el Lucifer de Cambrils, Josep Lluis Carod Rovira.

Él ha dicho que prefería inmolarse como un mártir antes que quedar como un traidor. Tiene ahora la oportunidad de demostrarlo y de ignorar los cantos de sirena de las terceras vías inexistentes y de los falaces moderadores. Mientras siga hacia adelante, caminaremos a su lado. Si no, lo dejaremos atrás. Porque tengo más fe en el millón y medio de personas que salieron a darse la mano el pasado 11 de septiembre que en todos los políticos y periodistas que han gestionado el nauseabundo autonomismo hasta la fecha de hoy. Estos ya no engañan a nadie.

rubalcaba

A ver si nos aclaramos: el problema no es que el corsé apriete, sino el querer llevar corsé. Alfredo Pérez Rubalcaba se ha sacado de la chistera una propuesta de reforma constitucional “para acercar a España a un modelo federal”. ¿Qué significa esto? ¿Un estado de las autonomías evolucionado en el que la financiación de Catalunya vuelva a quedar diluida en un sistema de régimen común? ¿Un modelo de Estado que seguirá permitiendo al gobierno central legislar a placer en cuestiones reservadas a las autonomías o los estados federados, como la educación? Un modelo de estado que seguirá sin distinguir los territorios históricos de las demarcaciones puramente administrativas? Esto no es una propuesta política, esto es el timo de tocomocho. La misma miseria de siempre pero adornada con un lacito de colores.

No sigamos desenfocando la cuestión, señores. El problema al que se enfrenta España no es la Constitución, porque como dice Miquel Roca si se hubiese hecho de ella una lectura generosa no haría falta ni tocarla. El problema es la filosofía de Estado que anima y animará la acción política de los dos partidos mayoritarios españoles. Solamente conciben un sistema unitarista de matriz castellanocéntrica en el que las autonomías o estados federados o como quieran llamarlos son divisiones puramente administrativas que se rigen todas por el mismo rasero. De Catalunya se tolerarán las especificidades culturales (¡muchas gracias!) pero nada más. Por lo demás se pretenderá que funcione, exactamente, como la región de Murcia. Eso sí, con una presión fiscal mucho más alta que Murcia y con una inversión del Estado muy inferior a la de Murcia.

La filosofía de PSOE y PP se basa en negar a Catalunya como sujeto de soberanía y como nación. Lo que hagan con la Constitución a partir de esta negación, a los catalanes, nos tiene que traer sin cuidado. Porque ni con cincuenta mil cambios lograrán satisfacer lo que pedimos. Y ya no lo mendigamos. Ahora lo exigimos.
Ni los cantos de sirena del final de la crisis nos tienen que desconcentrar ahora. No debemos caer en el error de pensar que porque empezamos a salir del túnel hay que deshacer ahora el camino recorrido. Al contrario. Si la situación económica repunta, mejor. Así, nuestra transformación en Estado libre será una aventura menos azarosa. No es un tema coyuntural el que nos mueve, ni un tema coyuntural el que nos hará parar.

Ver salir a los presos de ETA y observar los lodos que se remueven con los últimos coletazos del tema terrorista vasco debe aumentar nuestra autoestima: lo estamos haciendo bien, con un respeto escrupuloso a las normas de convivencia democrática y con unas arraigadas convicciones pacíficas. Nadie podrá arrebatarnos la razón porque tal y como defendemos nuestros argumentos, tienen una fuerza aplastante.

Al menos parece que los dirigentes políticos españoles se van dando cuenta, poquito a poco, de la magnitud de la tragedia que les ronda, de lo irreparable del mal que han causado con su ineptitud y ceguera. Lo que todavía no atinan a vislumbrar es la irreversibilidad del proceso. Y cuando se quieran dar cuenta sólo podrán ya lamentarse por no haber sabido reaccionar a tiempo. No será que no se les habrá avisado.