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imageCuando se hablaba, al principio del procés, de que este sería largo y que nos traería malos momentos, supongo que se referían a episodios como el que estamos viviendo ahora mismo.
Escribo desde la perspectiva del que no es votante de Mas, vive alejado del día a día de la política catalana, y para más inri reside en la capital. No de la República catalana, sino del Reino de España.
Quizás es esta triple distancia la que me permite hacer determinadas reflexiones. Disculpen si las encuentran algo pueriles o inocentes: no doy para más.
Llevo días preguntándome por qué hay tanta gente que dice que no es posible un acuerdo entre Convergencia-ERC y la CUP. Recuerdo, cuando era niño, el revuelo que se armó con la legalización del partido comunista, después de cuarenta años de dictadura militar y de una guerra civil perdida. Recuerdo también que ese PCE pasó de golpe de estar en la clandestinidad (no logro borrar de mi memoria a Carrillo con peluca) a participar activamente en los llamados pactos de la Moncloa para conseguir el hoy en día tan cacareado pacto constitucional. Si Carrillo con peluca se puso de acuerdo con Suárez (todavía con rozaduras en el pecho causadas por el yugo y las flechas), por qué no pueden Mas y la CUP jugar juntos en el patio?
Recuerdo también que los hoy feroces guardianes de la constitución son herederos políticos de los que andaban montando mesas para vender llaveros con el aguilucho en la zona de la “plaza Calvo Sotelo”, armados con porras retráctiles y luchacos. Recuerdo que para ir al comedor del CEU, en la zona universitaria de Barcelona, había que pasar por un monumento horroroso, que era el tributo a los caídos de un solo bando de la contienda española.
Son retales de mi memoria que dibujan una fotografía histórica realmente inquietante. Nadie sabía por donde podían ir los tiros (en el sentido literal, los que se escucharon el 23 de febrero del 81), y desde luego eran muchos los que desconfiaban de una España que había despedido al dictador con lágrimas en los ojos y el brazo en alto. Luego resultó que, al votar la constitución, eran todos demócratas de larga tradición. Y ahora, los de las lágrimas y el brazo, o sus herederos políticos, nos dan consejos de tolerancia y de aperturismo mental. La fe del converso, supongo.
A los que se han montado hace dos días en la atalaya de los valores democráticos y constitucionales y nos observan desde los cielos, que rebusquen un poquito en el baúl de la historia. Y verán, si se quitan las gafas oscuras, que el pacto para una transición desde dentro del régimen fue posible, una vez más, gracias a las renuncias y a la generosidad de los de siempre. Y que las nacionalidades históricas tuvieron que conformarse con las migajas de un reconocimiento rayando en la tolerancia malhumorada del nacionalismo español castellaniforme.
Demos un saltito al presente. Ahora parece que el responsable de nuestros males es el presidente de la Generalitat, Artur Mas. Reclamamos a los políticos que sepan hacer política, que no gobiernen desde la prepotencia sino desde el diálogo, que sepan leer con humildad los resultados electorales, que no se suban a la poltrona y quieran conservarla cueste lo que cueste. Pues a Mas creo que se le puede decir de todo menos que sea el último mohicano de la vieja política.
Ante las negociaciones con la CUP, unos ven en la actitud de Mas una intolerable bajada de pantalones frente a los radicales antisistema y los otros lo acusan de intransigencia antisocial por no querer irse a hacer maquetas con palillos a su casa. ¡Un poco de paciencia!
Es cierto: Artur Mas tomó los mandos de un coche que venía con las ruedas pinchadas y la dirección torcida. Un partido ensuciado por los casos de corrupción y que había tiznado también una acción de gobierno en la que Mas ostentó un papel destacado.
Todo esto es cierto. En ausencia -de momento- de responsabilidades penales concretas, se le podían haber pedido a Mas responsabilidades políticas por no haber detectado/denunciado los desmanes cometidos durante la administración Pujol. Pero en las urnas, que son las que depuran este tipo de responsabilidades, Mas ha sufrido una erosión continuada pero no drástica: continúa siendo el líder más votado en las autonómicas.
Como dirigente político, Mas ha pasado por todas las vicisitudes posibles: ganar en votos pero no en escaños, ganar en escaños y no poder gobernar, tener que pactar un Estatut desde la oposición y luego que lo tumben desde el Constitucional a pesar del voto mayoritario en referéndum en Catalunya, tener que rebajar las expectativas de acuerdo a un pacto fiscal, ver como una marea soberanista le pasa por encima y decidir dejarse llevar agarrado a un tronco en plan náufrago, tener que llegar a un acuerdo con su principal adversario político en una teórica Catalunya independiente (ERC), y finalmente depender de los votos de los antisistema.
Bajo su gestión hemos vivido la ruptura de CiU y la vaporización de Unió, la división y progresivo fundido a negro del PSC, y ahora la partición justo por la mitad de la CUP.
Sinceramente: creo que un político de la vieja escuela hace tiempo que se hubiera metido en una puerta giratoria o estaría dando conferencias en Boston en un inglés macarrónico. Mas es un todoterreno político. Unos podrán decir que lo que quiere es aferrarse al cargo, ostentar poder de cualquier manera. Pero visto con una cierta perspectiva: ¿es envidiable la situación de Mas? ¿Le compensará resistir el envite unionista de todos los poderes económicos, empresariales, institucionales, policiales y judiciales del estado? Y encima, ser la obsesión particular del ministro Fernández Díaz… Uf, qué pereza.
Por el mismo precio, quedémonos con lo positivo: tenemos un presidente de la Generalitat que tiene una gran cintura para afrontar las contrariedades, mucho temple y elocuencia verbal, creatividad política, increíbles recursos como negociador, pocos apriorismos ideológicos, sentido práctico a prueba de bomba, y encima siempre pone buena cara.
¿Que prefiere usted decir que es un fariseo calculador y oportunista? Bueno, tiene usted todo el derecho. De momento, la mayoría de los catalanes sigue confiando en sus capacidades políticas y eso, siendo prácticos, es lo que cuenta.

Destacaban en titulares los informativos de la Sexta -cadena perteneciente por cierto a una empresa editorial con sede social en Barcelona- que “todavía Artur Mas no ha pedido perdón” por el desplante a Soraya Sáenz de Santamaría en un acto con empresarios en Barcelona. Y espero que Antonio García Farreras y sus servicios informativos se tengan que esperar sentados.

El derecho a decidir que esgrimen la gran mayoría de los catalanes parece ser que obtendrá como única respuesta el derecho a avasallar del gobierno central. Nunca en 36 años desde la restauración de la Generalitat un vicepresidente del gobierno había presidido un acto en Catalunya en presencia del presidente catalán. Ni cuando Maria Teresa Fernández de la Vega visitó Barcelona estando Zapatero, a la sazón presidente del gobierno, de visita oficial fuera de España. Pero claro, ha llegado la hora de marcar paquete, y el Estado siempre ha tenido las de ganar, hasta el momento, en este tipo de demostraciones testosterónicas.

Catalunya ha sido una tierra poco prolífica en puñetazos sobre la mesa. Necesitamos más entreno, y pequeñas escaramuzas como la del jueves no nos vienen nada mal para marcar el terreno y las normas del juego. Hay que ir cogiéndole el punto a la política internacional, por lo que pueda pasar. Y en política internacional son tan importantes los discursos como los gestos simbólicos. El protocolo no es una liturgia caprichosa. Es un código de conducta pensado para evitar pisar el callo del vecino. Y saltárselo no es una simple anécdota, es una clara declaración de intenciones. En el caso que nos ocupa, un claro acto de vasallaje. Por eso Mas, según mi opinión, ha hecho bien en reclamar respeto institucional. No hacia su persona, sino hacia todo lo que representa.

Por todo ello me alegró comprobar que Alejo Vidal-Quadras, que culebreaba en una de las pocas cadenas pseudo clandestinas de la ultraderecha en la que le dan voz, se recreaba en insultar a Mas, llamándole “patán” y “provinciano”. Me imagino que es muy duro estar defenestrado y desahuciado por propios y extraño. Pero no pude evitar pensar que lo más cercano a un patán que estaba viendo en aquél momento era el propio Vidal-Quadras, incapaz de dominar sus más bajas pasiones cada vez que se refiere a cualquier catalán que no sea nacionalista español. Hasta Juan Carlos Girauta, que no sería precisamente un maulet, le reconvino en la misma tertulia jurásica recordándole que solamente el presidente del gobierno y los miembros de la familia real pasan por delante de Mas en orden de protocolo en Catalunya.

Pero por suerte la vida nos ofrece a menudo increíbles contrastes naturales. Justamente el jueves, cuando estuve contemplando a dichos neandertales catódicos nocturnos, había estado tomando unas cañas con dos amigos, uno madrileño y el otro sevillano. Este último ha pasado ocho ańos en Londres, trabajando en la City en una conocida financiera multinacional. No tardó en surgir el tema catalán, y su análisis me dejó pasmado: “la Constitución no sirve. Ha sido útil como herramienta para la convivencia durante un tiempo, pero viendo lo que ocurre en Catalunya está claro que ya no funciona. España no puede prescindir de Catalunya, así que tendrá que prescindir de la actual constitución y redactar una nueva que satisfaga a ambas partes”. El de Madrid, arquitecto de profesión, remachó: “es ridículo que pretendan tratar a Cataluña como si fuese la región de Murcia. Eso es empeñarse en no querer ver la realidad”. Por cierto, ambos son votantes del PP. Y solamente habían bebido dos cañas.

Aunque el aparato mediático cuaternario dispare continuamente salvas rojigualdas y aunque el gobierno Rajoy esté demostrando una descomunal incompetencia y falta de liderazgo en la gestión del tema catalán, me consuelo pensando que siempre es posible rodearse de gente que piensa con la cabeza y no con los pies. Hay muchos españoles que no nos odian, y es bueno recordarlo de vez en cuando para que modulemos también nuestras respuestas, pensando en ellos.

Entiendo que este segmento social que observa con respeto -pero en silencio- nuestras decisiones como pueblo entenderá perfectamente que actuemos en consecuencia cuando el miope de la Moncloa no nos deje otra puerta abierta que la de salida. Lo importante, concluimos los tres amigos caña en mano, será la relación que podamos establecer a posteriori, como vecinos, para que económicamente no nos hagamos pupita mútuamente. “Porque no olvidemos, dijo el de la City, que unos y otros somos el culo del culo del mundo que es Europa”. Y tiene toda la razón.

El presidente de l’Hospitalet, Miguel García, ha irrumpido con fuerza en el debate político en Catalunya. El dirigente del club del Barcelonès ha dicho en una entrevista a un portal de internet que “el señor Artur Mas es un muy mal gobernante que está haciendo un flaco favor a Cataluña. Está mintiendo descaradamente. Se pone la piel de separatista cuando no es su piel”.

Para García, la pretensión de Mas es “hacer de Cataluña su cortijo y llevarnos a las cavernas”. Y añade: “él sabe que la independencia perjudica gravemente a Cataluña, pero lo que busca es una cámara (sic) donde él sea el amo, el dueño, el señor, y gobernar los años que quiera él y su descendencia si puede ser, como un rey absolutista”.

A diferencia de todo el coro de voces que condena a los presidentes del Barça cada vez que hablan del futuro de Catalunya –aunque sea en un tono mucho más conciliador y pacífico que el que ha empleado García- hay que animar al presidente de lHospitalet a que se siga manifestando sobre esta cuestión que tanto le preocupa. Nadie debe acusarle de politizar el fútbol, ni de buscar la confrontación, ni de incendiar el clima de convivencia.

Dejemos que todo el mundo opine con libertad. No permitamos que nadie imponga el silencio bajo la acusación de utilizar el cargo para politizar el deporte. El deporte es política, como lo son el arte, la televisión, internet, y todo lo que palpita en nuestra sociedad globalizada.

El Barça ha sido la caja de resonancia de las demandas nacionales de Catalunya desde su fundación, incluso durante los periodos de dictadura. No lo será menos ahora, digan lo que digan los que pretenden circunscribir la política al ámbito estrictamente político.

No tengamos miedo de la política. La política es emitir y contrastar opiniones. Donde hay política no hay violencia ni confrontación, solamente debate. Por algo Franco le dijo a un interlocutor: “Haga como yo, no se dedique a la política”. Franco no quería debatir, solamente imponer. Como todos los que niegan a los dirigentes deportivos y jugadores del Barça el derecho a participar en el debate público sobre el futuro de su país.

Opine, señor García. Aunque esté usted lanzando duras acusaciones contra el presidente democráticamente elegido por la mayoría de los catalanes, tiene usted todo el derecho a expresarse en este sentido. Pero espero que no se sume ya más al coro de plañideras mediáticas cada vez que alguien del Barça ejerce su mismo derecho. O juguem tots, o punxem la pilota.