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Llevar un trono de Semana Santa en Málaga es como ver un plano secuencia de las caras de sus ciudadanos. Desde tu perspectiva como portador de un varal exterior de la Zamarrilla, ves los ojos del público mirando hacia arriba, y cómo la sombra del palio de la Virgen va oscureciendo sus rostros alzados, ora en silencio, ora al son de las marchas solemnes. A nuestro paso, solamente aplausos y emoción contenida.
La devoción por la Virgen aúna barrios, sensibilidades, sexos y edades. No hay distinción: desde niños de pecho que abren los ojos sin saber todavía articular palabra y señalan la imagen coronada, hasta gente mayor que se santigua y reza. Desde las sillas de camping y la fiambrera con tortilla de la tribuna de los pobres, a los palcos de pago y los pañuelos de Cartier en la calle Larios. Algo tiene lo que llevamos a hombros que actúa de forma analgésica sobre una sociedad donde, si algo abunda, es la desigualdad. En Málaga y en Alcorcón.
En la calle Carretería dos mujeres se insultan porque una ha ocupado la primera fila cuando la otra llevaba más tiempo esperando para ver a la Virgen de cerca. Unos metros más allá, después de dar la curva de 180 grados y enfilar el pasillo de Santa Isabel, en la cuesta que lleva al puente de la Aurora, una señora llora sin dejar de mirar la imagen de la Virgen. Su hija la abraza desde atrás y la besa. Llevar el trono también es ver un plano secuencia de las emociones: desde las más bajas pasiones hasta el amor en su expresión más pura. Como la vida misma.
Y tú, con el varal hincado en el hombro, vas pensando que muy pocas ocasiones hay en la actualidad de contemplar un fresco social y emocional en estas condiciones igualitarias. En un país donde los políticos son incapaces de gestionar el fraccionamiento del parlamento no se le puede pedir a la gente que sea un dechado de responsabilidad cívica o de altruismo solidario.
Y en cambio, en el mundo del aislamiento individualista del móvil y los auriculares, hay muchos de estos ciudadanos que saben encontrar la motivación necesaria para salir a las callejuelas y apretarse al paso de los tronos. Misterios insondables y maravillosos de la Semana Santa.
Si los no creyentes también disfrutamos de la Navidad como una exaltación del amor familiar, ¿por qué no podemos vivir la Semana Santa como una celebración de la transversalidad social e ideológica?
Al fin y al cabo, no creo que el concepto de prójimo ande tan lejos del de conciudadano.

imageNo son sólo 260 hombres debajo de 4500 kg de trono. Mientras la imagen de María Santísima de la Amargura Coronada, la popular Virgen de la Zamarrilla, se mecía al compás de las marchas de Semana Santa por las calles de Málaga, en la noche del Jueves Santo, me dediqué a pensar que formábamos parte de una catarsis colectiva que iba mucho más allá de la celebración ritual católica.

No es la primera vez que lo pienso. Al fin y al cabo, ocho horas de procesión son, lo quieras o no, una clara invitación a la meditación en todos los ámbitos existenciales.

Hay un simbolismo bastante obvio en la representación de un grupo de personas arrimando el hombro para conseguir un objetivo común, repartidendo el esfuerzo de forma igualitaria, sin quejas, sin afán de protagonismo, y sin otro combustible que la pura solidaridad. Es evidente constatarlo, pero no es tan evidente experimentarlo.
Es al pasar tú mismo por esa experiencia cuando te das cuenta de las pocas ocasiones que se te ofrecen en la vida de sentir algo parecido.

No está pensada la sociedad de consumo y de la globalización para sentir que formamos parte de un todo. Formamos parte de un censo electoral, de los archivos del ministerio de Hacienda, y también quizás de algún chat de whatsap. Pero vivimos la socialización a través del individualismo más absoluto. Vivimos solos en sociedad.

Por ello no estaría de más que nos receten, aunque sea muy de vez en cuando, sentir el aliento de nuestros congéneres. Y no en el metro en hora punta, donde apenas nos miramos, sino en este tipo de tradiciones populares tan arraigadas como evocadoras.

Quizás las procesiones de Semana Santa sean ya, fíjense lo que llega uno a pensar con el varal incrustado en el hombro, de las pocas formas que nos quedan de recordar que es imposible cualquier conquista humana sin nuestros conciudadanos.

Debajo del trono se siente el peso de las 4 toneladas y media, pero se experimenta también un empuje ligeramente superior que surge de sus portadores y que permite levantar la estructura y moverla. Esa es la formidable energía transformadora que se moviliza en un trono: no la de la gravedad, sino la que va en sentido contrario, desde abajo hacia arriba.

Esta interpretación casi marxista -con perdón- de la Semana Santa viene reforzada, en los tiempos que corren, por otras consideraciones. La resurrección y muerte de Jesús de Nazareth simboliza la regeneración que sucede a toda catarsis, la muerte asociada siempre al renacimiento en una filosofía que ve la existencia humana como una sucesión perenne de ciclos.

Me dio por pensar también debajo del trono, no sé si sería por la Alameda o ya por el empedrado de la calle Larios, que todo lo que acaba vuelve a empezar, que a cada noche le sucede un amanecer, a cada invierno una primavera, y a cada cambio una nueva realidad. Y quiero creer que, después de ocho años de invierno, nos toque ya cambiar de estación.

El nuevo ciclo no llegará -por mucho que se empeñen- porque los políticos reciten el mantra del final de la crisis. Llegaremos a él sólo a condición de que sepamos generar el mismo empuje desde abajo hacia arriba que mueve el trono de la Zamarrilla, el del Cristo de los Milagros, y los de las más de 40 cofradías malagueñas.

Una fuerza colectiva en la que no caben ni lamentos ni protagonismos exacerbados, y que reclama un reparto equitativo del esfuerzo.

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El diario El Mundo publica una información según la cual Oriol Junqueras, presidente de ERC, participó este Jueves santo en una procesión organizada por sus conciudadanos en Sant Vicenç dels Horts. Eso es noticia, y destacada. Un líder político republicano, de izquierdas e independentista en un desfile procesionario, hombro con hombro con otros ciudadanos de clase trabajadora, compartiendo unos mismos valores humanos, parece algo exótico, fuera de la lógica. Y por lo tanto merece un titular.

En la semana santa malagueña cada año una sección de la Legión desembarca el Jueves santo a mediodía, acude a la cofradía de Mena y escolta con paso marcial y cánticos belicistas una imagen de Cristo crucificado. Ello no se considera noticia, sucede todos los años y a nadie le llama la atención esa estrecha simbiosis entre lo cristiano y lo bélico, esa aparente conjunción de intereses entre el mensaje de paz y amor universal que inspira y anima el símbolo de la cruz con la apología de la guerra y el ultranacionalismo que subyacen en la liturgia militar y en el himno del Tercio, “el novio de la muerte”:

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera».

El culto al combate, la apología del heroísmo guerrero, la exaltación de la muerte para que el hombre se lance sin miedo contra el hombre, la promoción del odio al enemigo, al que no pertenece a la tribu, son principios que, aparentemente, no casarían muy bien con lo que se supone que predicó aquél que está representado en la figura que los caballeros legionarios, con gran fervor, pasean por toda la ciudad de Málaga.

Esta exótica asociación, a diferencia de lo que ocurre con Junqueras, no llama la atención a creyentes y amantes en general de la semana santa. No sólo eso, sino que además, en los últimos años, está acaparando poco a poco la proyección pública de esta fiesta popular. La visita de la Legión convulsiona la celebración pascual, condiciona todos los actos y monopoliza el interés de los medios. Para muchos españoles, la semana santa de Málaga son Antonio Banderas y el atronador redoble sobre el asfalto de las botas de los legionarios a 160 pasos por minuto. Lo aparatoso sustituye a lo esencial, lo llamativo desplaza a lo fundamental, lo noticioso transfigura la realidad y desvirtúa lo profundo.

Es cierto: los militares tienen presencia en muchas de las cofradías, pero normalmente permanecen en un discreto segundo plano para no distorsionar lo que es en realidad esta celebración, una expresión de cultura y tradición profundamente arraigada de forma transversal en todos los barrios de la capital: desde la distinción y exclusividad del Limonar hasta el profundo sentir popular de la Trinidad. 160 personas de diferente extracción social y de muy diversa sensibilidad religiosa, debajo de cada trono, comparten de forma radicalmente democrática el esfuerzo para hacer posible un objetivo común: acercar los símbolos a sus conciudadanos, celebrar de forma conjunta y sin intermediarios los referentes comunes del colectivo social. Esto no es algo habitual ni corriente en nuestros días. Pero no es espectacular ni llamativo y, por lo tanto, desgraciadamente no es noticia.

Háganme caso, la semana santa malagueña no es ni Banderas ni mucho menos la Legión. Para mí, la semana santa malagueña son las cofradías de barrio que se organizan como sociedad civil, que funcionan como una red solidaria durante el año y que en estas fechas salen a la calle para reivindicar lo cotidiano: el poder del esfuerzo colectivo frente a la endeblez del individualismo, el valor del amor y la paz frente al materialismo y la guerra, la patria común de la humanidad frente al etnocentrismo ultranacionalista.

A lo mejor es una forma muy particular de verlo y no soy el más indicado para hacerse determinadas preguntas, pero… antes que novios de la muerte, ¿no preferiría Cristo a novios de la vida? Yo en las procesiones malagueñas veo a muchos más amantes de la vida que de la muerte. Pero esa es solamente la percepción personal de uno más de los muchos que, cada año, arriman el hombro para que la Virgen de la Zamarrilla salga a las calles de Málaga.

“Metemos riñones, señores, ¡y vamos a llevarla como ella se merece!”. La consigna la lanza al cielo de Málaga uno de los 240 esforzados hombres que llevan a sus hombros el trono de María Santísima de la Amargura Coronada enfocando la calle Mármoles, el tramo final de su recorrido, en la madrugá del Jueves Santo. Las piernas pesan, el hombro escuece y los pies ya ni existen bajo la presión de más de cuatro toneladas de peso.

Lo que sí resiste y crece a cada paso es la coordinación solidaria entre el nutrido grupo de hombres que hará posible, un año más, que La Zamarrilla regrese a su cofradía después de recorrer toda la ciudad, aclamada con emoción por sus conciudadanos.

Después del encierro de la Virgen y del Cristo de los Milagros, a las seis de la madrugada, algunos de los porteadores reponen fuerzas -y líquidos- en el bar El Cofrade, del popular barrio de la Trinidad. El tema, entre cańas de cerveza y bocadillos de manteca colorá, no puede ser otro que el fútbol: “al Málaga le gusta jugar el balón. El día que ganamos al Madrid ni la vieron. Pellegrini nos ha dado victorias. Pero por encima de todo, el tipo de juego que nos hace disfrutar”. Un discurso que reconozco al instante y que me hace pensar que el gusto por el deporte regido por el talento artístico, el esfuerzo creativo y la coordinación solidaria anida en la condición humana, y solo requiere de un reactivo adecuado para poder germinar.

Pellegrini fue el reactivo para el Málaga, Guardiola y Tito para el Barça. Ellos han sabido conjuntar un equipo humano y darles no únicamente una finalidad funcional. No solamente los han adoctrinado con una serie de técnicas y tácticas para llevar el balón al fondo de la portería contraria. Pellegrini, Guardiola y Tito saben dotar al conjunto de un alma colectiva, una especie de ente superior que mejora la suma de las partes, y que a la vez conecta con lo más hondo de la afición. Vencen y convencen. Y de paso conmueven.

Creo que lo que mueve las cuatro toneladas del trono de María Santísima de la Amargura no es la suma de la fuerza de sus 240 porteadores. Cuando los hombres deciden asociarse para un fin, el milagro no es sumar las individualidades. Es comprobar que existe una transfusión de energía de la parte al todo y del todo a la parte capaz de remover y aunar conciencias. Ocurre entre los hombres del trono y en los equipos de fútbol. Al final, como decía el cofrade zamarrillero, se trata de meter riñones y de llevar adelante un proyecto común “como se merece”, no de cualquier manera.